Sunday, April 8, 2007
CABALLO DE TROYA 3 (SAIDÁN) - J. J. BENÍTEZ
A Irma y Jenny
«Después de un presuroso callejeo nos adentramos en un desahogado sa-
lón en obras. A la parca luz de algunas bombillas enroscadas a las co
lum-
nas, confundidos en una atmósfera de yeso fresco y madera recién serrada,
cuatro individuos trajinaban tablones y martillos. Uno de ellos, encorvado
hacia un caldero de cemento, canturreaba una doliente melodía árab
e.
»Cerré los puños, comido por la em oción. ¿Cuál de aquellos afanosos
obreros era el depositario de lo que tanto ansiaba?
»Tras identificar a nuestro hombre, mi acompañante sorteó a los opera-
rios más próximos, saludándoles con sendas y amistosas palmadas en las
espaldas. Le vi llegar hasta el que removía la masa e, inclinándose, le susu-
rró algo al oído. Ambos se incorporaron, observándome desde la
penumbra.
La irregular iluminación le preservó de mi desatada curiosidad. Pero me
quedé quieto, tal y como había sugerido el improvisado guía.
»Digo yo que el tronar de mi corazón tuvo que ser escuchado en un am-
plio radio. Pero nadie alteró su faena.
»Concluido el breve diálogo, el que ha cía de albañil arrojó la paleta en el
mortero y, restregando las manos en los flancos del pantalón, avanzó hacia
mí.
»No pude remediarlo. Me eché a temblar. ¿Había llegado el gran momen-
to? ¿Qué podía decirle? ¿Cómo atacar tan peregrina y crí
ptica historia?»
ESPAÑA
Sí, aquél fue un momento de alta tensión. En segundos, todo que
dó olvi-
dado: las interminables jornadas de nerviosa y, a veces, irritante búsqueda;
las dilatadas horas sobre aquel papel y el refractario enigma; la soledad de
los caminos y hasta los múltiples conato s de desesperación y de intento de
abandono. Como en una pesadilla, en un abrir y cerrar de ojos, todo eso
entró en las páginas del recuerdo. Pe ro bueno será -en honor y agradeci-
miento a cuantos se han sentido atraídos por este enigma o me han alenta-
do a no desfallecer en semejante empresa- que relate, aunque sólo sea su-
cintamente, algunos de los pasos, su cesos y desventuras en que me vi
comprometido por obra y gracia del cr iptograma que cierra mi anterior li-
bro: Caballo de Troya 2.
Sin duda, aquellas personas que haya n leído el primero de los Caballos
recordarán cómo, para hacerme con el fascinante Diario del mayor nortea-
mericano, en el que se narran los once últimos días de la vida de Jesús de
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Nazaret, fue menester una casi franciscana paciencia. En aquella labor poli-
cíaca jugaron un papel decisivo un tot al de cinco enigmáticas y aparente-
mente absurdas cinco frases:
*EL CENTINELA QUE VELA ANTE LA TUMBA TE REVELARÁ EL RITUAL DE
ARLINGTON.
*LLAVE Y RITUAL CONDUCEN A BENJAMIN.
*ABRE TUS OJOS ANTE JOHN FITZGERALD KENNEDY.
*EL HERMANO DUERME EN 44-W. LA SOMBRA DEL NÍSPERO LE CUBRE
AL ATARDECER.
*PASADO Y FUTURO SON MI LEGADO.
Pues bien, como decía, el juego favo rito del mayor -los criptogramas- no
había concluido. El manuscrito aparecía bruscamente interrumpido, justo al
final de la histórica jornada del domingo 16 de abril del año 30 d
e nuestra
era, tras la primera de las misteriosas apariciones del Resucitado a sus once
íntimos. Inexplicablemente, al menos para mí, la narración quedaba seccio-
nada en el punto en que los apósto les y la «cuna» se disponían a viajar
hacia el norte: a la Galilea. Por todo final, después de una patética súplica -
«¡Dios de los cielos, dame fuerzas pa ra proseguir mi relato! »-, el mayor
remataba su Diario con este segundo y no menos inquietante enigma:
MIRA, ENVÍO Mi MENSAJERO
DELANTE DE TI, MARCOS 1.2.
HAZOR ES SU NOMBRE Y SUS ALAS TE LLEVARÁN
AL GUÍA MARCOS 6.2.0.
EL NÚMERO SECRETO DE SUS PLUMAS
ES EL NÚMERO SECRETO DEL GUÍA,
EL QUE HA DE PREPARAR TU CAMINO, MARCOS 1.2.
Como es natural, yo conocía esta supuesta clave mucho antes de que vie-
ra la luz pública, en marzo de 1986. En tonces no podía concebir el porqué
de tan dramático y exasperante final. ¿Qué había sucedido? ¿Terminaba ahí
la aventura de Jasón? Todo parecía se ñalar que no; que el Diario profundi-
zaba en las restantes apariciones del Maestro. ¿0 era sólo mi ardiente deseo
de seguir conociendo nuevos detalles sobre Jesús? Durante un tiempo, muy
a pesar mío, viví con una inseparable sensación de rabia. Casi de frustra-
ción. No me sentía con fuerzas para desplegar una segunda e incier
ta ex-
ploración del criptograma. Y poco falt ó para que, sin haberlo intentado si-
quiera, olvidara allí mismo y para siem pre este nuevo desafío. Pero está
visto que cada ser humano viene a este mundo con una o varias áreas de
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las que nada ni nadie pueden apartarle. Ni siquiera uno mismo. Y mi desti-
no, evidentemente, es salir de una aventura para meterme en otra…
El caso es que -tal y como me temía- aquel distanciamiento de la postrera
clave del mayor fue temporal. Esa «fuerza» que vive en mí se en
cargó de
disipar los iniciales sentimientos de impotencia y de desengaño, arrastrán-
dome, sutil y magistralmente, hacia lo inevitable. Y un buen día aparqué
mis otras indagaciones y pesquisas, aceptando el reto.
No sé si merece la pena redundar en ello. Mis primeras escaramuzas con
este segundo enigma fueron tan estériles como descorazonadoras. Durante
semanas no hice otra cosa que marcarlo y marearme. Ahora, con la ventaja
del tiempo transcurrido, comprendo que, en aquellos días, incurrí en dos
errores. Influido por el primero de lo s criptogramas, sospechando, incluso,
que ambos guardaban relación, luché por descubrir alguna pista que me
condujera a una nueva llave o apartado de Correos. Deseaba que el desen-
lace de este misterio pudiera materializarse en otro maravilloso mazo de fo-
lios manuscritos. Es decir, en lo que suponía la continuación del Diario del
mayor. Éstas, como digo, fueron las dos primeras y lamentables equivoca-
ciones que retrasarían mi labor.
Desde el principio hubo una frase que me trastornó: «el que ha de
prepa-
rar tu camino, MARCOS 1.2». ¿Qué demonios encerraba? ¿Cuál era ese ca-
mino? ¿0 no se trataba de un camino, tal y como yo presumía? Ahora lo veo
con nitidez. Ojalá entonces hubiera sido tan hábil como para olvidar la pre-
concebida idea de un legado, centrando mis fuerzas en otras «posibili
da-
des». Pero las cosas debían seguir su curso natural.
Ni que decir tiene que consumí dece nas de horas arañando hasta la más
nimia e inverosímil de las hipotética s combinaciones de letras, palabras y
frases. Como en el primer desafío, hice bailar los vocablos del criptograma,
buscando una secreta lectura del mismo. Me estrellé una y otra vez. Aquello
no guardaba el menor sentido. Ni en el original, en inglés, ni en castellano,
supe hilvanar una sola frase que arrojara un poco de luz a mi fatigado cere-
bro. Pensé en ocasiones que quizá me empeñaba en penetraciones tan pro-
fundas y retorcidas como inútiles. T al vez la solución se hallaba en la «su-
perficie» de¡ enigma. Pero, empecinado en tales maquinaciones, tardé mu-
cho tiempo en comprenderlo.
Recuerdo, repasando ahora mis notas, que hubo un momento en el que
llegué a tomar el verdadero camino. Prescindiendo de los tres exasperantes
«MARCOS» y de sus respectivas numer aciones, el mensaje del mayor -
aceptándolo como tal- presentaba cier ta lógica, dentro del hermetismo de
cualquier criptograma. Desde esta pers pectiva y leído de corrido, el texto
decía así:
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«Mira, envío mi mensajero delante de ti. Hazor es su nombre y sus alas
te llevarán al guía. El número secreto de sus plumas es el número secreto
del guía, el que ha de preparar tu camino. »
La más elemental deducción -digamos que leyendo «en superficie»- puso
ante mí dos «personajes» aparenteme nte distintos: el mensajero, cuyo
nombre era Hazor, y un guía. Pujando por desenmarañar las intenciones de
mi amigo, el mayor, consideré un sinfín de hipótesis. ¿Quié
n era el tal
Hazor, mensajero alado? ¿Qué significaba que lo «enviaba delante de mí»?
¿Era menester esperar a que algo o alg uien apareciera en mi presencia?
Desde el primer instante rechacé la última incógnita. Conociendo un poco el
laberíntico estilo del ex oficial de la Fuerza Aérea norteamericana, era más
que dudoso que quien se enfrentara al enigma debiera sentarse y aguardar
la misteriosa aparición del citado Ha zor.. El mayor, de nuevo, jugaba con
los símbolos. Y ése era el problema. Evidentemente, prosiguiendo c
on esa
interpretación literal, el mensajero di sponía de alas y de plumas. Pensé en
un azor, en la conocida ave de rapiña . Pero, amén de la H sobrante, la ar-
dua tarea de contar el número de plumas de estas rapaces me hizo desistir.
Consulté a expertos ornitólogos. Las respuestas -como imaginaba- fueron
desalentadoras: resultaba muy difícil, casi imposible, hallar dos azores con
el mismo número de plumas. Claro que también podía tratarse de un azor
de piedra, o de una pintura de dicha av e, enclavados en Dios sabe. qué lu-
gar del mundo. La posible pista se me antojó tan endeble como fatigosa. Y
poco a poco se disipó entre mis manos.
Fue en aquellos días de 1985 cuando, siguiendo el rastro del «mensaje-
ro», en una de las primeras consultas bibliográficas, se levantó ante mí co-
mo un presagio. «Hazor» o «Hasar» existía. Leí aquella documentación
atropelladamente. Se trataba de una remota ciudad bíblica, localizada en lo
alto de un tell o colina artificial, deno minado «Tell el-Qedah o Tell Waqqas,
entre los lagos el-Húleh y Tiberíades, al norte de Israel. Como decía, fueron
instantes de lucidez y de lógica ex citación. ¿Una ciudad bíblica llamada
Hazor? Quizá ahí estuviera la clave. Pero, desafortunadamente, al volver
sobre el enigma, mis tímidas esperanzas naufragaron. Allí se hablaba de un
mensajero, no de una ciudad. Era muy posible que. el mayor hubiera cono-
cido Hazor, pero ¿cómo asociar la hipótesis de un ser con alas y unas ruinas
arqueológicas? Mi proverbial torpeza y quizá un asfixiante sentido de la ra-
cionalidad sepultaron lo que, sin lugar a dudas, había sido una excelente in-
tuición. ¡Cuándo aprenderé a dejarme llevar por ese oculto y maravilloso
sentido!
Además, y para terminar de sofocar esta luz inicial, los tres «MARCOS» y
los números adyacentes cayeron sobre mí como otras tantas losas. Senci-
llamente, me perdí en la astuta trampa del mayor. Desde un principio,
casi
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desde la primera lectura del criptograma, varias de las frases -con el ladino
remate del Marcos 1.2 o Marcos 6.2. 0- me llevaron inexorablemente a la
Biblia. Repasé el Evangelio de Marcos y comprobé cómo parte del
capítulo
uno, versículo dos, era idéntico a lo e scrito por el mayor en la primera, se-
gunda y última líneas. El citado evangelista dice textualmente en 1,2: «Co-
mienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Conforme está escrito en
Isaías el profeta: “Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de pre-
parar tu camino.”»
En cuanto a la segunda supuesta ci ta del Nuevo Testamento (Marcos
6.2.0), la lectura de la misma sólo cont ribuyó a encharcar mi ánimo. Para
empezar, no existe tal cita. Y me explic o. No existe como Marcos 6.2.0. Sí
como Marcos 6,2. El escritor sagrado, en su capítulo seis, versículo dos, di-
ce así: «Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multi-
tud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: “¿De dónde le viene esto? y
¿qué sabiduría es esta que le ha si do dada? ¿Y esos milagros hechos por
sus manos?”»
No pude o no supe descifrar la po sible conexión entre ambos textos.
Había, además, otro pequeño-gran detalle que me sublevaba. Cons
ulté a
varios escrituristas bíblicos y todos fu eron rotundos: los dígitos de las citas
del Antiguo o Nuevo Testamento jamás se presentan separados por puntos.
Siempre por una coma y un guión o con el primero de los números -e
l co-
rrespondiente al capítulo-, en una ti pografía más acusada. El mayor había
manejado la Biblia. La conocía muy bien. ¿Cómo interpretar entonces aquel
fallo? ¿0 no era tal? En este caso, ¿qué había querido decir con esas tres ci-
fras -6.2.0- amarradas, o supuestamente amarradas, al nombre de Marcos?
Obstinado, me aventuré en el tortuoso mundo de las citas bíblicas,
bata-
llando por desvelar las posibles ramifi caciones de aquellos dos pasajes de
Marcos. Y de un texto fui saltando a otro, en una loca carrera, cada vez más
vertiginosa. Quizá fuera mi afán por encadenar las pistas -o quizá la indu-
dable «magia» del criptograma, tal y como se verá más adelan
te- lo que,
de vez en cuando, me hacía ver inso spechadas y asombrosas vinculaciones
entre muchas de las citas consultadas. Por suerte y por desgracia, a princi-
pios del año 1986 -una vez publicado Ca ballo de Troya 2-, comencé a reci-
bir decenas de cartas, informaciones y sugerencias en torno al enigma. T
o-
do aquello, durante algún tiempo, terminó por conducirme a un peli
groso y
permanente estado de excitación y nerviosismo, muy próximo a la locura.
Sin embargo, algunas de las ideas prop orcionadas por los lectores, aunque
no condujeran a la solución última y material del criptograma, apuntaron
«algo» que yacía en lo más hondo del mensaje y que, como señalaba ante-
riormente, le confiere un halo mágico . Como si no hubiera sido confeccio-
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nado por una mente humana. Como si encerrara entre sus palabras y letras
varios y preciosos tesoros> sólo dist inguibles con las «herramientas» de la
Kábala, de la Numerología o de la imag inación. Pero vayamos paso a pa-
so…
Gracias al cielo, mis incursiones en la Biblia -siempre a la caza y captura
de alguna clave segura- concluyeron a las pocas semanas y como conse-
cuencia de un cansancio total. El encadenamiento de citas, amén de las mil
posibles interpretaciones, todas ellas subjetivas, no me llevó a nada palpa-
ble o concreto. Una de estas pesquisa s -pacientemente trazada por uno de
mis lectores: Luis Astolfi, levantó, en parte, mi malparado ánimo.
Partiendo
del primero de los textos de Marcos (“), fuimos a parar a otro de Mala-
quías (1) en el que puede leerse: «He aquí que voy a enviar un mensaje-
ro, que preparará el camino delante de mí … »
A su vez, como había tenido oportuni dad de experimentar en decenas de
ejemplos precedentes, este pasaje nos catapultó a otro, también de Mala-
quías (å), aparentemente enganchado al primero: «He aquí que yo envia-
ré a Elías, el profeta, antes de que venga el día de Yavé, g
rave y terrible.»
Y de ahí, con la esperanza de que Elías pudiera significar algo en la cada
vez más intrincada tela de araña del enigma, fuimos saltando a Malaquías
(¢3), a Mateo (D 10- 14), con una nueva aportación referida a la huida
a Egipto, a Mateo (t113), a Marcos (“-13), otra vez a Malaquí
as (¡),
a Lucas (!7-76), a Juan (&-26), a Isaías (”9), etc. Paralelamente, de
Marcos (b) podía uno introducirse en textos de Mateo (T53-58) y de Lu-
cas (á630).-y así, casi, hasta el infi nito. De todas formas, Astolfi concluía
su exposición con unas frases que repr oduzco literalmente y que, como di-
go, constituían una posibilidad. Una difícil y remota posibilidad que yo había
valorado anteriormente en aquel «manicomio».
«De todo esto deduzco -decía mi amable comunicante- que Hazor está en
la sinagoga. El azor es una ave. Igno ro por qué está con H. Puede ser que
en las sinagogas (o en una en partic ular) exista la imagen simbólica del
azor, con plumas, cuyo número tiene alg o que ver con Elías o Juan el Bau-
tista. Como no conozco ninguna sinagoga próxima, me he detenido aquí
.
»La cosa sería investigar en sinago gas y buscar un azor (imagen u otra
cosa), ver si la H tiene algo que ver, contar las plumas que tengan sus alas
(supongo que serán limitadas, al ser una imagen), o ver si tiene al
gún nú-
mero simbólico asociado, y ese número enlazarlo con el guía Elías o Juan el
Bautista (que ignoro lo que puede representar). Ello preparará el camino. »
La sugerencia me inyectó ánimos. Desenterré la vieja pista y, por espacio
de algunos días, busqué afanosamente.
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Fue inútil. Ni los rabinos a quiene s pregunté, ni la Asociación para la
Amistad Hispano-Judía, ni mis amigos en Ismael supieron orientarme. Y el
asunto del azor en las sinagogas, del «guía» Elías o Juan el Bautista, fue ar-
chivado. Había que abrir nuevos senderos, nuevas posibilidades. Pero ¿cuá-
les?, ¿en qué dirección?
Algo sí había aprendido en aquel caót ico ir y venir por la Biblia, deslum-
brado por las alusiones evangélicas del mayor: éstas, casi con seguridad,
no guardaban relación alguna con la solución del criptograma. Mi c
orazón
me decía que eran un puro espejismo. Un truco. Quizá parte del juego. Y
ese firme pero subterráneo sentimie nto seguía recordándome una palabra,
una pista -«Hazor»- que yo, con idéntica obstinación, relegaba una y otra
vez. Para qué engañarme y engañar al lector. Desde un principio
, desde
que supe de la existencia de la ciudad bíblica, comprendí que debía viajar a
Israel. Pero antes, quizá por mi exacerbado espíritu analítico, traté de apu-
rar hasta la última probabilidad.
En algún momento de esta desordenada exposición -que refleja en ci
erta
medida lo atropellado y confuso de mi propia búsqueda- he hecho alusión a
la indudable «magia» contenida en el enigma. Pues bien, ésta sería otra de
las causas de mis continuos y prolongados escarceos en direcciones aparen-
temente improductivas, de cara a la re solución del criptograma, pero todas
ellas fascinantes. No me cansaré de re petirlo: el «mensaje» parece tener
vida propia. Encierra y oculta otros «mensajes» secundarios que -me cons-
ta porque obran en mi poder- han maravillado a cuantos lectores han tenido
la paciencia e instinto de descubrirlos y «trabajarlos». Una de esas sorpre-
sas llegó hasta mí de la mano de la Kábala.
Aunque siga siendo un lobo solitario en muchas de mis aventuras e inda-
gaciones, hace tiempo que comprendí que el trabajo en equipo arroja s
iem-
pre resultados altamente provechosos. De ahí que, sin titubeos, desde el
momento en que hice mío el nuevo desafío del mayor, solicitara la
opinión y
generosa ayuda de un escogido grupo de expertos en las más dispares d
is-
ciplinas. Y los kabalistas, naturalmente , aceptaron lo que, a primera vista,
sólo se presentaba como un juego.
Resultaría agotador desmenuzar aquí las asombrosas deducciones que,
uno tras otro, fueron destilando del enigma estos estudiosos de la «otra ca-
ra» de la Biblia. Sirva como una pequ eña muestra de cuanto afirmo el
arranque de una de las misivas, obra de un eminente médico -el doctor La-
rrazábal-, en respuesta a mis requerimientos.
« Lo primero que llama la atención -e scribía este magnífico investigador
de la Cábala, en relación al criptogram a- es el nombre del mensajero:
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HAZOR. ¡Qué raro pájaro!, porque en español azor no se escribe con hache.
Luego, este nombre está camuflado y quiere decir otra cosa.
»Esta forma de ocultar palabras es fr ecuente en los libros sagrados y se
resuelve mediante una operación Bamada «Gilgul”, que en hebreo significa
“trasposición” o «revolución” y que consiste en trasponer el orden de las le-
tras de la palabra para hallar su real significado. Por ejemplo: el Éxodo dice
“enviaré ante ti a Milaki (el ángel)”. Por trasposición obtenemos Mikael, el
arcángel guía y protector del pueblo hebreo.
»Así, por trasposición de la palabra HAZOR, obtenemos “Z0HAR”, que en
hebreo significa luz”. El Zohar, junto al Sepher Ietz¡rah, constituyen los dos
principales tratados de Kábala teórica, así como el Tarot y las Schemanp-
horas lo son de la Kábala práctica o aplicada.
»De forma que ya tenemos el nombre del “mensajero”; ahora vamos a
contar sus “plumas” para ver si averiguamos la naturaleza del “guía”
y del
“camino”.
»La palabra “Zohar” consta, como ves, de tres letras hebreas, que tienen
los siguientes valores numéricos: “re sch” = 200; “hé” = 5 y “zain” = 7. 0
sea, sumados, 212. Éstas serían las “plumas del hazor” y su número secre-
to (û 1 + 2), el 5. Si ahora te acue rdas de lo que te escribí en mi carta
anterior, el “cinco” constituye el núm ero secreto de Jesús. Recordarás que
te decía que Yavé era el gran nombre de cuatro letras -el “cuatro”-, mien-
tras que “Iesuhé” era el cinco”, y la gran relación que existía entre ambos
nombres. No insistiré en ello. Este “c inco”, repito, es el número secreto de
Jesús, porque su valoración numérica, correspondiente a cada letra hebrea,
arroja la suma total de “2″. Esto es lógico, al ser la manifestación de¡ Verbo
o segunda persona de la Trinidad divina. El “dos”, por tanto, sería su núme-
ro “natural”, mientras que el “cinco” sería el secreto, motivado por provenir
de su gran nombre de cinco letras…
»De este modo, las alas del “hazor” nos han llevado al guía que ha venido
a preparar nuestro camino. De este Guía no te comento nada; tú lo conoces
mejor que yo, y sabes que Él mismo es el camino…
»Pero prosigamos y veamos qué nos dice el Zohar del “camino». Para ello
vamos a utilizar un procedimiento distinto. En vez de tomar los valores nu-
méricos cabalísticos de las tres letras de la palabra, vamos a disponer, sim-
plemente, de los números de orden en que dichas letras aparecen en el al-
fabeto hebreo. Así, “resch” es la letra 20. “Hé” es la 5 y “zain” la 7. De mo-
do que 20 + 5 + 7 = 32 (que también daría “5″). Tenemos de este modo el
número principal que se desprende del contenido del análisis del Zohar: el
32. Son, precisamente, los 32 “senderos” del Sepher Ietz¡rah o Libro de la
Formación … »
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El estudio, apasionante, alcanza cota s inimaginables, sólo comprensibles
para aquellos que conocen los misterios de la Kábala. Pero no voy a exten-
derme en los «hallazgos» de mi buen amigo y consejero el doctor La
rrazá-
bal. Me encanta que el lector juegue y participe conmigo, aunque sólo sea
mínimamente, en todas y cada una de mis obras. Y ésta es otra magnífica
oportunidad para que, quien lo desee o se sienta atraído por lo oculto,
acepte el desafío y prosiga, por sí mismo, la «exploración» del enigma a
través de los insospechados senderos cabalísticos. De seguro, su sorpresa
será tan grande como la mía.
De momento, estos descubrimientos -d esde el prisma de la Kábala- me
permitieron disponer de algo más conc reto: el número secreto de las plu-
mas de Hazor, el mensajero, era el 212 . En consecuencia, el del no menos
escurridizo «guía» tenía que ser el mism o: o 212 o la suma de éstos. Pero
el asunto, lejos de clarificarse, siguió enturbiándose. Aceptando que hubiera
hallado el «número secreto», ¿cuál era el siguiente paso? El enigma decía
con claridad que «las alas de Hazor, el mensajero, me llevarían esas alas?
Por al guía». La cuestión era: ¿dónde encontrar otro lado -aunque careciese
de pruebas en contra de la deducción del médico y kabalista-, la sugerencia
de que el guía podía ser Jesús de Naza ret se me antojaba difusa. Demasia-
do espiritual. Ése no era el estilo del mayor…
Así y con todo, a pesar de la nube de dudas que empañaba mi horizonte,
no tuve más remedio que maravillarme ante el insospechado y hermético
potencial de aquellas ocho frases. ¿Cómo, de qué manera, habí
a concebido
el mayor semejante enigma? ¿Fue con sciente, en el momento de su elabo-
ración, de tan secreta y sugerente lectura kabalística?
Puestos a barajar hipótesis, hubo oc asiones en las que, sinceramente,
dudé incluso de la paternidad del ex oficial norteamericano respecto del
mensaje. Obviamente, terminaría rech azando tales pensamientos. Aquélla
era la letra de mi amigo, el mayor. Y allí había -¡tenía que haber algo oculto
que no lograba desentrañar. Y por enésima vez en aquellos meses, a la vis-
ta del estéril paso de los días, caí en otro oscuro período de desaliento. La
situación era calcada a la vivida en las semanas que precedieron a la reso-
lución del primer criptograma, Quizá, más dolorosa si cabe. Estaba perdido.
Clavado en mi alma, el enigma se transformó en un fantasma. Y viajaba
conmigo, de día y de noche. Cada letra, cada palabra, se levantaban c
omo
espesos barrotes de una cárcel. Lo ve ía, como una obsesionante alucina-
ción, en cualquiera de mis movimient6s. Pero el Destino no permite que un
ser humano languidezca o quede sepultado para siempre en la confusión. Y
por los caminos y en los momentos más insospechados se destaca una ma-
no, una voz, un amigo o una idea que te devuelve el ánimo, y, lo que es
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más importante, la esperanza. Y eso fue lo que me sucedió en plena prima-
vera de 1986.
Aquellas dos cartas fueron un revulsivo. Yo seguía recibiendo una abulta-
da correspondencia. La mayor parte de mis comunicantes -casi todos de
buena fe-, tan inquietos y deseosos de desvelar el misterio como yo mism
o,
me abrumaban con un variopinto rol de posibles pistas y soluciones. Más
adelante me referiré a algunas de las más insólitas. La cuestión es que,
como venía diciendo, dos de estas misivas hicieron el milagro de oxig
enar
mi espíritu, devolviéndome a la lucha. Una, procedente de Corrientes, en
Argentina, insistía en la necesidad de que prestara toda mi atención a la
ciudad bíblica de Hazor. Pero lo que más me emocionó de la cart
a que fir-
maba Eduardo Alfredo López fue este brevísimo párrafo: «… Estoy orando
por usted. He colgado el enigma en una bolsita de nylon en mi mano y lo he
atado en un cordón a mi muñeca. Lo lle vo orando en todas partes: en el
bus, mientras trabajo … » Quizá pued a parecer una nimiedad. Para mí, y
para mi cansado corazón, fue una descarga eléctrica.
La segunda caria llegó el 20 de abril. Procedía de Dublín. Vení
a firmada
por María-Ángel, una excelente amiga. A principios de ese año yo había vi-
sitado Irlanda y, dejándome llevar por una intuición, puse en sus manos el
enigma. Creo, si la memoria no me falla, que fue una de las escasas perso-
nas que tuvo conocimiento del mensaje del mayor antes de que apareciera
publicado en mi segundo volumen. Y, sinceramente, ante el dilatado silen-
cio de mi amiga, casi olvidé el asunt o. Mi sorpresa, al recibir su mensaje,
fue total. El arduo trabajo de investigación de la joven abría un
nuevo y
desconcertante camino, que venía a ratificar ese mágico halo del criptogra-
ma.
«Cuando me diste el enigma -decía en su carta- no sabía qué hacer con
él. Estuve a punto de no hacerle ni caso, hasta que se me ocurrió darle a
cada letra un valor numérico. Así, la “a ” valía 1, la “b” 2, etc., hasta la “z”.
(No tuve en cuenta la “ch”, ni la “rr”, ni la “w”.)
»El segundo paso fue sumar esos valo res, reduciendo siempre el resulta-
do a un solo dígito, con lo que cada frase equivalía a un númer
o concreto…
La primera sumaba ‘T’. La segunda “7″. La tercera “8″. La cuarta “6″. La
quinta “2″. La sexta “7″. La séptima “3″ y la última frase, tambié
n “3″. Es
decir, 37. 0, lo que es lo mismo, 3 + 7 = 10 = ‘T’. ¡La unidad! … »
Este descubrimiento de María-Ángel, insisto, fue providencial. Me estimu-
ló, rescatándome de las pesadas tini eblas. Y de la noche a la mañana, la
«fuerza» que vive en mí me arrastró a una febril búsqueda. ¿Estaba la clave
en los números? A partir de esos mome ntos probé todo tipo de conversio-
nes y combinaciones numéricas. Desde una visión ocultista, el hecho de que
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el criptograma sumara «UNO» era altamen te significativo. Los expertos en
Numerología y Kábala lo saben bien… Pu se el problema en manos de ma-
temáticos y especialistas en ordenadores y el «mágico» halo del enigma re-
apareció en todo su esplendor. «A quello» era desconcertante. Enloquece-
dor. El total de letras en español -contabilizando los números de las citas, o
supuestas citas bíblicas, como otras tantas letras- era de 170. En la versión
original, la inglesa, y siguiendo el mismo procedimiento, el volumen total de
dígitos o símbolos a manejar era de 184. Pues bien, teniendo en cuenta ca-
da uno de los abecedarios -español e inglés-, las combinaciones po
sibles
para cada caso resultaron espeluznantes: 29170 para el castellano y 27184
para el inglés. Los sucesivos intentos de los hábiles programadores de com-
putadoras para obtener la combinación concreta que configura el enigma,
partiendo de los mencionados parámetr os, fueron estrellándose irremisi-
blemente. El dictamen fue demoledor: cualquier ordenador de mediana ca-
pacidad necesitaría del orden de ¡trescientos años! para obtener esa combi-
nación específica, teniendo en cuenta, por supuesto, que la construcción de
la misma podría fraguarse en cualquier instante de esos tres siglos. Y la vie-
ja interrogante no se hizo esperar: ¿cómo un ser humano pudo concebir un
texto de tan diversas y simultáneas lecturas secretas? Los especialistas en
informática replicaron con la única resp uesta al alcance de la ciencia: todo
es fruto del azar. Guardé silencio. En lo más íntimo de mi ser, yo sabía que
la casualidad jugaba un insignificante papel en todo aquello. Probableme
n-
te, ninguno.
La pista de Irlanda, en suma, resultó doblemente útil. Me levantó de en-
tre mis propias cenizas y, definitivame nte, por eliminación, me situó en un
rumbo que yo había dejado atrás: Hazor. Y digo por eliminación
porque, al
fin y a la postre, todas aquellas sugest ivas posibilidades -Kábala, Numero-
logía, etc-, aunque intrigantes y dignas de estudio, no conducían a un final
como el que deseaba y necesitaba. Mi obsesión era más prosaica: ac
ertar
con una clave que pusiera en mis mano s el resto del Diario del mayor. Y
Hazor -fuera lo que fuera- se me an tojaba algo concreto, físico, tangible.
Los laboriosos estudios de Numerolog ía, además, habían situado ante mí
otra sutil información, muy del estilo de Jasón. Al manejar el texto en inglés
del criptograma, en uno de los cómputos verticales, lo vi con claridad. La
primera palabra de cada una de las ocho frases formaban una sentencia con
cierta lógica: «LOOK AHEAD HAZOR AND TO THE IS HE» (MIRA DELANTE
DE HAZOR Y A ÉL ES ÉL). Instintivamente desdoblé la construcci
ón en dos
partes: «Mira delante de Hazor y a él. Es él.» Y recordé cómo, en el primer
enigma, el mayor se había servido de este sistema para reafirmar su men-
saje: «La llave abre el pasado. » Yo había advertido la existencia de esta
forzada frase durante los primeros tant eos, cuando sometí los vocablos y
12
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dígitos del criptograma a toda suerte de saltos y permutaciones. Pero en-
tonces, ajeno al verdadero peso de Ha zor, no reparé en ello. Ahora, en
cambio, tomaba una especial dimensión. El mayor parecía insistir en la
trascendencia de dicha palabra. «Mira delante de Hazor .. » No había duda.
El objetivo era Hazor. Era menester localizarlo, situarse ante él y analizarlo.
Yo fui el primer sorprendido ante aq uella súbita e incontenible oleada de
entusiasmo y coraje. Era tan absurdo co mo paradójico. Ardía en deseos de
investigar algo que ni siquiera sabía dónde buscar.. Es cierto que existía un
hipotético indicio: las ruinas arqueológicas israelitas. Pero sólo se trataba de
eso: de un indicio. A pesar de ello, a pesa¡- de los reproches de mi sentido
común, tomé la firme decisión de viajar a Israel. En el fondo no tenía otra
alternativa: o me dejaba llevar por la intuición o perdía la batal
la.
Mi endeble memoria no me permite recordar con precisión cómo nació en
mí aquella atrevida idea. El caso es qu e, días antes de la partida, activé un
plan que -no sé si acertadamente- fue concebido como una cortina de
humo. Llamé al entonces embajador judío en Madrid y, sin rodeos, le rogué
que me concediera una entrevista. Conocía a Samuel Hadas mucho antes
de que fuera designado para este cargo y, desde nuestro primer encuentro,
reconocí en él las formas y el talante de un hombre abierto y eminentemen-
te bueno. Su ayuda en otras invest igaciones y consultas fue siempre cru-
cial. Mi ardiente imaginación intuía que aquel inminente viaje a Tierra Santa
podía «complicarse». La verdad: en aquellos momentos no me apetecía pa-
sar por otro trago como el sufrido en Washington a la hora de sacar del país
los documentos manuscritos por el mayo r. Era consciente de la eficacia de
los servicios israelíes de Información -los mejores del mundo, sin duda- y
elegí «cubrirme las espaldas», siendo yo quien tomara la inicia
tiva de anun-
ciarles cuáles eran mis propósitos. Nat uralmente -y esto formaba parte del
plan, a la hora de revelar a Hadas mis objetivos, no podía insinuar siquiera
el auténtico motivo de aquella nueva aventura: el enigma.
Y horas antes de mi salida hacia Tel Aviv, el embajador hizo un hueco en
sus ocupaciones, recibiéndome en su despacho de la calle de Velázquez, en
la capital de España. Me escuchó con gran atención y cariño, mostrándose
especialmente interesado por uno de los capítulos: una marcha, a pie, des-
de Nazaret a Belén de Judá, en un inte nto de reconstrucción del histórico
viaje de María y José, con motivo del famoso censo del emperador Augusto.
Samuel había leído algunos de mis libros, incluyendo los Caballos de Troya,
y, supongo, aceptó como inevitable que un loco aventurero como yo quisie-
ra embarcarse en semejante caminata -algo más de 170 kilómetros-, así
como en otras investigaciones relacio nadas con un posible tercer volumen
acerca de la vida de Cristo. Unas in vestigaciones de las que le hablé muy
13
Page No 14
por encima. No es que pretenda justif icarme, pero, a mi manera, le dije la
verdad. En «esas otras indagaciones» dormitaba la razón de las razones de
mi próximo periplo.
Prudentemente, y como muestra de si nceridad, le proporcioné una copia
del mapa, con la ruta a seguir desde Nazaret a Belén, por la margen d
ere-
cha del río Jordán, así como los nomb res de algunos de los hoteles en los
que calculaba podía alojarme. Deseab a que mi comportamiento, al menos
en apariencia, resultara transparente. Una vez en Israel, y volcado en la in-
vestigación, Dios diría…
Aquellas jornadas previas al viaje fuer on singularmente excitantes. Un
familiar hormigueo y nerviosismo, premonitorios siempre de cercanas aven-
turas, se instalaron en mi espíritu, no concediéndome respiro. Sabía, presa-
giaba, que «algo» muy especial me aguardaba al otro lado del Medit
errá-
neo.
Repasé una y otra vez el difuso plan de trabajo, procurando, intenciona-
damente, que la referida caminata en solitario llegara a conocimiento de
personas y círculos muy específicos. Casi sin proponérmelo, por
sí misma,
la audaz idea de repetir el viaje de los padres de Jesús a Judea fue adue-
ñándose de mi corazón, alzándose como una magnífica excusa, que desvió
cualquier otra sospecha respecto a tan repentino viaje. Y llegué, incluso, a
ilusionarme con lo que, en principio, sólo era una maniobra de distracción.
«Si fracasaba en mi auténtica misión -me dije a mí mismo-, siempre podía
quedarme el consuelo de esa otra aventura. » Tal razonamiento, a decir
verdad, no logró tranquilizarme. Mal em pezaba si, antes de partir, preten-
día engañarme y justificar el viaje co n un proyecto ajeno a lo que llevaba
entre manos. Traté de mentalizarme. Mi primer y principal deseo era resol-
ver la clave del mayor. Él, según el texto del criptograma, «enviaba un
mensajero delante de mí.- Su nombre era Hazor. Y sus alas deberían lle-
varme al guía». Esto era lo único que contaba.
Y al fin, a las 13 horas y 16 minutos del 19 de noviembre de 1986, el Air-
bus Islas Cíes, de la compañía Iberia, alcanzaba los 188 nudos por hora.
Era la velocidad límite, sin retorno, antes de lanzarse al aire. Para mí signi-
ficaba también el «no retorno»… La suerte estaba echada.
Sonreí para mis adentros. Mientras el comandante De La Torre nos levan-
taba hacia el nivel de crucero previsto -33 000 pies-, alejándonos de la cos-
ta barcelonesa, rumbo a Italia reparé en el número de aquel vuelo: el 888.
Era curioso, «188» es la equivalencia numérica del nombre de Je
sús, en
griego.
Y aunque a lo largo de mis cuarenta años he acumulado abundantes
pruebas como para no creer en la ca sualidad, la verdad es que no presté
mayor consideración a tan curiosa coin cidencia. No podía pasarme la vida
14
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sujeto a la tiranía de los números y a sus hipotéticos «mensajes» secretos.
Así que, sin más, registré el asunto en mi cuaderno de «campo», convenci-
do -eso sí- de que, cuando menos, iniciaba mi andadura con buen pie.
(¡Torpe de mí! Los fracasos no tardar ían en devolverme a la cruda realidad
… ) Pero por delante aparecían cuatro largas y apacibles horas de vuelo y
procuré aprovecharlas al máximo, dejá ndome arrastrar en un torbellino de
ideas, sueños y proyectos. Las dudas, sin embargo, agazapadas en una
de
mis gruesas carpetas de trabajo, seguían al acecho. En aquellos momentos
no podía ser de otra forma. Y al oj ear algunas de las anotaciones y canas
de los lectores de mis dos Caballos an teriores, el desasosiego me traicionó.
«¿Estaba viajando en una dirección equivocada? ¿Y si no fuer
a Israel mi lu-
gar de reunión con Hazor?»
Hice ademán de cerrar la documentación y fijar mis sentidos en Palestina.
No pude. Aquellas sugerencias habían merecido y merecían aún mi respeto.
Algunas de estas atentas misivas me hacían ver la sospechosa semejanza
entre HAZOR Y JASÓN, el nombre de «guerra» del mayor. Y me alertaban
ante la posibilidad de buscar en las selvas mayas del Yucatán, donde
mi
enigmático amigo había apurado sus últimos días.
La proposición no era descabellada. ¿Y si el «mensajero» fue
ra un símbo-
lo alado, un ídolo o, incluso, el mismísimo Laurencio Rodarte, fiel compañe-
ro del mayor hasta su muerte?
Otra de las comunicaciones -de Sant iago de los Santos, de Valencia me
dibujaba un panorama diametralmente opuesto, pero tan sugestivo como el
anterior. En una minuciosa búsqueda de la palabra Hazor, este amigo -
como sucediera con otros lectores- ha bía detectado «algo» interesante. Y
repasé su carta por enésima vez…
«… Como supongo usted sabrá -decía textualmente-, Hazor es una anti-
gua ciudad de Palestina, en Galilea. Pero lo que más retuvo mi atención fue
el hecho de que en 1959 fueran descubiertas en su término las ruinas de 21
ciudades, construidas una sobre otra. ¡Otra vez el dichoso número!
… » (El
«2l», como quizá recuerde el lector, co nstituyó una de las claves -el ritual
del centinela del cementerio norteameri cano de Arlington- a la hora de re-
solver el primer criptograma.)
«… Aquí me atasqué -proseguía De los Santos- Tardé una
semana en
comprender de qué forma las “alas” de Hazor podrían llevarme al “guía”. La
clave estaba en MARCOS 6.2.0, “porque Herodes respetaba a Juan y lo pro-
tegía”. Todo fue fácil al descubrir que la ciudad fue fortificada por el rey Sa-
lomón. Las “alas” tenían que ser las murallas, y el guía, Salomón. El “núme-
ro secreto de sus plumas”, era, ev identemente, el número de ciudades
construidas una sobre otra. Para confirmarlo tenía que descubrir “el número
secreto del guía”, lo cual fue relativamen te fácil, con la ayuda de una enci-
15
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clopedia. Salomón, además de ser el nombre del famoso rey, es un archi-
piélago de Oceanía, situado en el Pacífico, entre los 5′ y 12′ de latitud Sur y
los 154′, 40′ y 162′, 30′ de longitud Este. La parte británica del archipiélago
está administrada por un consejo ejecutivo de ocho miembros y un cons
ejo
legislativo de ¡21! ¡Curiosa coincidencia!
»Era evidente que Salomón tenía qu e decirme dónde encontrar el resto
del Diario. Y todo debía guardar relació n con el número 2 1. La única vía,
por tanto, tenía que ser su libro: los Proverbios. Pero, viendo que en dicho
libro no hay 21 capítulos, decidí concentrar mi atención en los versículos. Mi
sorpresa fue mayúscula al leer en Proverbios 1,2 1: “… desde lo alto de los
muros llama, a la entrada de las puerta s de la ciudad”. El enigma estaba
resuelto … »
Quizá se debiera a mi natural desco nfianza, o a mi no menos acusada
torpeza, pero la cuestión es que yo no lo vi tan claro. Así, y con todo, tomé
buena nota e hice mías las reflexione s e inquietudes de este esforzado lec-
tor.
En otra de las comunicaciones, las cosas se complicaban todavía más.
Hazor podía ser entendido como un antiguo instrumento musical, usado por
los hebreos. Una especie de arpa de diez cuerdas oblicuas, semejante al
kinnor y destinado a acompañar al nabe l. Y aquí surgía la posibilidad: Na-
bel, una ciudad de Túnez, a dos kilómetros del golfo de Hammamet..
.
¿Debía buscar en las ruinas de Nabel? ¿0 era en Venecia? Según este co-
municante, «San Marcos es el patron o de dicha ciudad italiana, siendo re-
presentado con un león alado. Por otra parte, Venecia se encuentra a esca-
sos kilómetros del meridiano situado a 12′ Este del de Greenwich. (R
ecor-
demos Marcos 1.2.) Y Venecia, además, dispone de un gheto judío, con una
sinagoga. (Recordemos Marcos 6.2.0: «y el sábado se puso a enseñar en la
sinagoga».)
Hubo quien apuntó otro no menos inquietante sendero: el de Egipto. En la
mitología de este país, la vaca Ha thor -¿Hazor?- podría conducirme a
Horus, una diosa con cabeza de halcón… ¿Había equivocado el r
umbo? ¿Era
en Egipto donde debía investigar? ¿Y si todo aquel enredo -como insinuaba
otro lector- obedeciera al deseo del mayor de transmitir una fecha, un nú-
mero de teléfono o una determinada combinación de una caja de seguri-
dad? Como muy bien descubría Ramón Ramos, de Canarias, entre los «jue-
gos» a que se prestaban los números del enigma, uno de ellos, por ejem-
plo, podía ser interpretado como « 12,6,2.012» (@de junio del año 2012,
en la lectura española, o 6 de diciembr e del mismo año, si consideramos la
costumbre inglesa). ¿Una fecha? ¿Y qué podía significar? Según los docu-
mentos que obraban en mi poder, el Diario -al menos la parte que yo cono-
cía- había sido concluido en abril de 1979.
16
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Resté, sumé, multipliqué e hice mil cábalas con ésta y ot
ras secuencias
numéricas. No hubo resultados o fueron tan pobres e inciertos que sólo
contribuyeron a emborronar el rompecabezas. Sólo una de las operaciones -
al sustraer 1979 de 2 012- parecía quer er decir algo: 33 años o, sumando
ambos dígitos, «6». Este número me tenía y me tiene trastornado.. Y no
me falta razón, tal y como descubriría poco después. He llegado a pensar,
dada la mágica naturaleza del criptogr ama, que quizá esa fecha -12 de ju-
nio o 6 de diciembre del año 2012- sea un momento de gran trascendencia,
aunque ignoro por qué ni para quién … Todo será cuestión de esperar y
comprobar.
Y conforme nos fuimos aproximando a Tel Aviv, digo yo que, como un
providencial milagro, este huracán de dudas se desvaneció. Y mi mente, en
blanco, olvidó la aparente tela de ar aña del enigma para dibujar un único
afán: Hazor.
Y a las 17 horas y 15 minutos (hora española), al tomar tierra en el aero-
puerto israelí de Ben Gurión, mi corazón se estremeció. Y una familiar e in-
agotable «fuerza» me hizo vibrar. Había llegado el momento de l
a verdad.
ISRAEL
La noche había caído ya sobre las lejanas luces de Tel Aviv. Crucé
despa-
cio los escasos metros que nos separa ban del edificio termina¡ del aero-
puerto, disfrutando de aquel firmamento limpio y sosegado: el mismo que,
1956 años atrás, había contemplado Jesús de Nazaret. Y noté cómo mis ro-
dillas temblaban. Israel siempre me ha fascinado. Mucho más, sin lugar a
dudas, desde que conozco el Diario del mayor.
Mi objetivo en aquella primera jornada en Tierra Santa era muy simple.
Viajar a Jerusalén, instalarme y «tomar posiciones». Había que arrancar por
algún sitio y, después de no pocas inde cisiones y de doblegar mi instinto
periodístico, consideré que lo más práctico era demorar mi exploración a las
ruinas bíblicas de Hazor. Mi genética tendencia al análisis -tan propia de los
Virgo- me dictaba otra labor previa, esencial para un buen funcionamiento
del plan. Antes de marchar al norte co nvenía estudiar, repasar y bucear en
toda la bibliografía existente sobre la cada vez más atrayente Haz
or. Es
más, en mi diario de «a bordo» aparecía, en rojo, una autorrecomendación,
tan vital como el referido chequeo a los textos y documentos arqueológicos:
«Interrogar a los especialistas. » Pero , como se verá más adelante, tal y
como suele sucederme con frecuencia, un poco meditado giro en las pes-
quisas me retrasaría sensiblemente.
En realidad, mis preocupaciones -por si no eran pocas- se vieron incre-
mentadas allí mismo, frente a la cinta transportadora de equipajes. Todo
17
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parecía discurrir con normalidad -incluyendo la siempre delicada revi
sión
de¡ pasaporte- cuando, de pronto, alguien se plantó ante mí. Recuerdo que
me hallaba absorto en la inútil tarea de adelantar mi reloj en una hora, con
el propósito de ajustarme al horario de Israel. Y digo « inútil » porque ja-
más me he llevado bien con estos artilugios electrónicos…
-Shalom! Bien venido a Israel, señor Benítez…
Levanté la vista y, perplejo, distinguí a un individuo joven, enju
to y de
aspecto nórdico. Sonreía socarronamente, divertido quizá ante mi estúpida
mueca de asombro. Hablaba un correcto castellano, con ese indeleble y ca
-
racterístico acento de los argentinos . Dijo llamarse Livie y representar a la
agencia de turismo con la que yo había tramitado mi pasaje. Se mostró ex-
quisitamente amable y servicial, interesándose de vez en cuando, y con una
habilidad muy propia de los servicios de información, por los motivos de mi
viaje, lugares que pretendía visitar, amigos o conocidos en Israel y
hasta
por las características de mi equipo fo tográfico. Aquello me puso en guar-
dia. Y decidí quitármelo de encima lo antes posible. Mis sospechas resulta-
ron casi confirmadas cuando, camino ya de la salida, Livie, espontáne
amen-
te, me confesó haber leído Caballo de Troya, haciendo generosos elogios
del libro. Era muy poco creíble que aquel judío tuviera noticias de mi traba-
jo, a no ser que figurara en el dossier que, con toda probabilidad, había sido
transmitido desde la embajada israelí en España. Por supuesto, imaginaba
que, desde mi visita a Samuel Hada s, la Inteligencia hebrea se hallaba al
corriente de mis movimientos. Lo que no alcanzaba a entender era el por-
qué de tan fulminante «recibimiento». Horas más tarde, ya en el hotel, tuve
un presentimiento.
No sé si mi locuaz amigo se percató de ello. Quiero creer que sí. El caso
es que, sumisamente, aceptó mi dese o de viajar en solitario a Jerusalén.
Mis continuas evasivas y respuestas a medias evidenciaban mi mal disimu-
lada desconfianza. Y el hombre, como digo, cedió aconsejándome -eso sí
que, «antes de poner en marcha mis investigaciones, procurara conectar
con él o con cualquiera de los organi smos oficiales del país». Estaba muy
claro. Y, devolviéndole la misma falsa sonrisa, me perdí en el tráfico de Ben
Gurión.
Una hora después, el taxista árabe me dejaba a las puertas del hotel Mo-
riah Jerusalén, al suroeste, y relativamente cerca de la Ciudad Vieja. El en-
cuentro con el supuesto agente secr eto israelí me había desconcertado.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué aquella estrecha vigilancia? A decir verdad,
sólo era un inofensivo periodista, ansi oso de recorrer Israel y de reunir in-
formación sobre un asunto tan poco comprometido como la vida de Cristo…
¿0 había algo más? Y esa noche, en la soledad de la habitación 724,
haciendo un esfuerzo por memorizar mi conversación con el embajador ju-
18
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dío en Madrid, saltó a la luz un pequeñ o detalle. Casi una nimiedad, pero
que, al mencionarlo, recuerdo que alter ó fugazmente el rostro de Hadas.
Por aquellas fechas, entre mis múltiples investigaciones, figuraba una que,
a la vista de su tenebrosidad, no dudaría en sepultar en el olvido. Me refiero
a la poco clara caída de un avión de Iber ia, el 19 de febrero de 1985, en el
monte Oíz, en el País Vasco. Jamás he dudado de la profesionalidad y peri-
cia de los pilotos, y aquel supuesto accidente, en el que fallecieron 148 per-
sonas, la verdad, movió mi insaciable curiosidad. Trabajé silenciosa y meti-
culosamente en la posible reconstrucción de los hechos, averiguando a
lgu-
nos pormenores tan extraños como alar mantes. Para resumir: según infor-
maciones confidenciales de los servicios de Inteligencia de mi país, había un
alto índice de probabilidades de que el reactor 727, Alhambra de Granada,
hubiera sido derribado por un misil tierra-aire -quizá un Sam-7 o un Strella-
disparado por la organización terrorista ETA. Pero lo que, a mi corto enten-
der, alarmó al representante diplomátic o fue el hecho de que yo supiera
que uno de los motores, aparecido a una considerable e inexplicable distan-
cia, había sido trasladado a Israel. Concretamente a una de las bases mili-
tares, con el fin de ser inspeccionado por expertos judíos en terrorismo.
En aquel noviembre de 1986 yo no tenía la menor intención de prose
guir
las pesquisas de este caso y, mucho me nos, de introducirme en la base is-
raelí. Pero los judíos, desconfiados por naturaleza, no debieron de pensarlo
así. Quizá este inoportuno comentario mío a Hadas fue la causa
de tan sutil
y, a un tiempo, férrea vigilancia. Si los hebreos sospechaban que mis
pro-
pósitos no eran del todo transparentes, las dificultades podían acentuarse. Y
así fue.
A la mañana siguiente, 20 de noviembr e, jueves, tras una noche de agi-
tada duermevela, con el corazón encogido por las sospechas, me apresuré a
poner en marcha una inmediata acción preventiva. Si mi teléfono se
hallaba
intervenido, quizá aquellos primeros pasos en Jerusalén tranquilizaran a los
hipotéticos escuchas. Seguí al pie de la letra las recomendaciones del em-
bajador, poniéndome en contacto con las personalidades e instituciones ofi-
ciales que tan gentilmente me había proporcionado. Primero con Salomó
n
Lewinsky, director de la revista Semana. Con un médico llamado Blezcof y,
muy especialmente, con el Instituto Ce ntral de Relaciones Culturales. En
este último, tanto su director doctor Moshe Liba, veterano diplomático- co-
mo la amabilísima Rachel Eldar se desvivieron por ayudarme, orientándome
y concertando un buen número de citas con destacados arqueólogos, antro-
pólogos, profesores universitarios y un largo etcétera. Todo ello, claro está,
en beneficio de unas muy saludables e interesantes investigaciones en tor-
no a la vida y época de Jesucristo, pe ro que no constituían la clave de mi
presencia en Israel. Sin embargo, por elemental prudencia, accedí encanta-
19
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do, enriqueciéndome, justo es reconocerlo, con todas ellas. Esta cadena de
reuniones y entrevistas -que se prolon garían durante toda mi estancia en
Palestina- ralentizaron, obviamente, mis principales pesquisas. Pero las cir-
cunstancias son las circunstancias y, en ocasiones, es preferible acomodar-
se a ellas, jugando las siempre insólitas cartas del Destino.
Por supuesto, aunque el «marcaje» de los funcionarios israelitas en aque-
llas dos primeras jornadas en Jerusalén fue lo suficientemente intenso y efi-
caz como para controlar la mayor parte de mis pasos, no es menos cierto
que, en ningún momento, descuidé mi verdadero objetivo: el enigma del
mayor Y entre conversación y conversación pude ingeniármelas para visitar
la Biblioteca Nacional, la del museo de Israel y otras librerías de la ciudad,
siempre en busca de una teórica biblio grafía histórica. Tales consultas no
extrañaron a los hebreos, permitiéndome así esporádicos respiros y un mí-
nimo de libertad de acción. Como es de suponer, en la siempre supuesta in-
timidad de estas bibliotecas, mi intención se volcó en Hazor. Revisé catálo-
gos, ficheros y estanterías, a la caza de cualquier libro o documento sobre
el particular. Pero la abrumadora realidad terminaría- por desarmarme. Los
estudios sobre la vieja ciudad canane a eran tan prolijos y abundantes que
hubiera necesitado varios meses para su atenta lectura. Sólo en la bibliote-
ca del museo de Israel contabilicé hast a un total de 46 fichas relacionadas
con Hazor. Para colmo, en uno de aq uellos precipitados recorridos por los
interminables y densos textos arqueo lógicos comprobé con desaliento có-
mo, en realidad, los especialistas espe culaban con la posibilidad de que
hubieran existido cinco o seis ciudad es con este mismo nombre. Una de
ellas -«Ijásór Hádattah» o «Hasor la nue va»- podía ser excluida, ya que ni
siquiera se conocía su exacta ubicac ión en la geografía hebrea. Un razona-
miento que sólo gozaba de validez en el supuesto de que el criptograma
hiciera referencia a Hazor como tal ciud ad. Pero ¿y si no era así? Despejé
como pude aquellas angustiosas dudas, aferrándome al instinto.
En cuanto a las restantes «Asor», «Hasor» y «Azor» -po
blaciones men-
cionadas también en el Antiguo Testamento- decidí apearlas temporalmente
de la investigación. Era más cómodo y positivo concentrar las fuerzas en la
Hazor más popular y más exhaustivame nte trabajada por los arqueólogos:
la del norte. Si fracasaba en el inte nto, tiempo habría de desenterrar las
restantes pistas. ¿Había mencionado la palabra «tiempo»? Yo
mismo me
respondí: mis recursos económicos, como siempre, no eran muy boyantes.
Lo del «tiempo» era un consuelo poco fiable…
Debo reconocer que mis rastreos po r la bibliografía -fruto quizá del ner-
viosismo y de las prisas- fueron de mal en peor. Muchos de los documentos
se hallaban en hebreo. otros en alemán y la mayoría en inglés. Aquello limi-
tó aún más mis posibilidades. A esta precaria realidad vino a sumarse el pe-
20
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sado lastre del que busca e indaga… a ciegas. ¿Qué era lo que debía encon-
trar en aquella montaña de libros? ¿Un «mensajero» con alas que obedecía
al nombre de Hazor? ¿Y si no tuviera nada que ver con las ruinas en cues-
tión? Pero, de no ser así, ¿dónde encaminar mis pasos?
Durante horas, mi estado de ánimo su frió toda suerte de convulsiones.
Veía pasar el tiempo y los resultados , aparentemente, brillaban por su au-
sencia. En la medida de mi capacidad y de los minutos disponibles, ojeé al-
gunos de los trabajos de Galling, Jo hanan Aharoni, Trude Dothan, Abel,
Ruth Amiran, Maass, Perrot, Moshe Pearlman, Inmanuel Dunayevsky y Yi-
gael Yadin, entre otros. Fueron dos días de frenética búsqueda. Sin embar-
go, cuando Asher Kupchik, uno de los re sponsables de la gigantesca Biblio-
teca Nacional de Israel, con el que lle gué a trabar una cierta amistad, me
anunció a primeras horas de la tarde del viernes 21 que la jornada llegaba a
su fin, mi desesperanza fue total. ¡Dios mío!, apenas si había tenido acceso
-un alocado y superficial acceso- a una decena de libros… En los archivos,
burlándose de mí, se escondía una treintena larga de volúmenes, documen-
tos, mapas y cientos de fotografías que era menester estudiar. Mi cuaderno
de «campo», sí, aparecía repleto de notas sobre la historia, sucesivas exca-
vaciones, hallazgos arqueológicos y diferentes hipótesis en torno a la agita-
da vida de las 21 ciudades que formaban el tell de Hazor. En suma, una es-
téril sucesión de datos, cifras y re spetabilísimas consideraciones técnicas
que no arrojaron un solo rayo de luz sobre mi congestionado cerebro.
La mansa lluvia y el frío de Jerusalé n serenaron un poco mi espíritu. La
inminente entrada del sábado lo paraliz aría todo en Israel. Así que, mien-
tras retornaba al hotel, procuré mentalizarme. Mi resignación, sin embargo,
se agotaría bruscamente. No soy hombre que se rinda con prontitud y,
atormentado en la penumbra de mi habi tación, decidí cambiar el rumbo de
las investigaciones. No podía aguardar hasta el domingo para reanudar las
consultas en las bibliotecas. Tenía que actuar. Y dejándome llevar por la in-
tuición, activé un nuevo plan.
No había tiempo que perder. Localicé a Rachel Eldar y le expuse mi pro-
pósito. (Por fortuna para mí, esta mujer no practicaba su religión con el fa-
natismo y ortodoxia de algunos círculos judíos que incluso se niegan a des-
colgar el teléfono durante la festivid ad del sabbath. Éste, como creo haber
mencionado, se inicia con la puesta del sol del viernes, prolongándose hasta
el siguiente ocaso. Durante esas horas, las dificultades para un extranjero
como yo podían ser continuas y casi insalvables. Muy pronto tendría ocasión
de sufrirlo.)
Desde mi primer contacto con el In stituto Central de Relaciones Cultura-
les, y por pura curiosidad científica, yo había manifestado mi deseo de co-
21
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nocer y conversar con Shelley Wasch smnn, un eminente arqueólogo, que
llevaba la responsabilidad de los trabaj os de estudio y restauración de una
embarcación descubierta en la orilla oeste del lago de Galilea. Un bote que,
según los primeros tanteos de los científicos, podía corresponder a una épo-
ca relativamente cercana a la de Jesús. Esta, como otras, fueron simples
excusas, como ya dije, para justificar mis ¡das y venidas por Israel. Y ahora
me venía de perlas para mi inmed iato objetivo. Rachel, con la admirable
eficacia de los judíos, había practicado las gestiones precisas para la culmi-
nación de dicha entrevista. Shelley se mostró conforme, invitándome a su
casa de Cesarea. Aquel súbito cambio en los planes no pareció alarmar a la
funcionaria. Era lógico que deseara aprovechar las horas muertas del
sába-
do con un asunto como aquél. Además, Cesarea se encuentra al norte
de
Jerusalén. Justo en dirección opuesta al emplazamiento de la base militar
que -se suponía- yo no podía pisar..
Gentilmente, y con una subterránea ha bilidad, Rachel intentó averiguar
cuánto tiempo pensaba quedarme en la ciudad costera de Cesarea, si di
s-
ponía de un medio de transporte y si tenía intención de alojarme en algún
hotel próximo. No supe satisfacer su curiosidad. En parte porque ni yo
mismo lo sabía, y, sobre todo, porque no estaba en mi ánimo revelarle mis
auténticas intenciones. Algo confusa, me recordó una serie de visitas pre-
vistas para los días inmediatos, «recomendándome» que le telefoneara a mi
regreso. Reconozco que soy hábil para persuadir y asumo también mi gran
pecado de incumplidor de promesas. Así que, dócilmente, le prometí cuanto
deseó. Cumplirlo o no, era harina de otro costal…
Dispuse un elemental y austero equipaje y, confiado, inicié las gesti
ones
para salir esa misma tarde hacia Cesarea. La fatalidad congeló cada uno de
mis movimientos. Casi había olvidado que era sábado. En el hotel me insi-
nuaron -como única vía para hacerme con un vehículo que contratara a un
chofer árabe. Es triste. En muchas de estas pesquisas, las mayores pérdi-
das de tiempo, de dinero y de fuerza , son desencadenadas por contratiem-
pos de esta o similar naturaleza.
En esos instantes, mientras dialogaba con aquella atractiva y severa re-
cepcionista, algunas de sus preguntas pasaron casi inadvertidas para mí.
Respondí seca y mecánicamente que no pensaba dejar el hotel y que sólo
se trataba de una excursión de fin de semana. Fue después, al marcar el te-
léfono de uno de mis amigos árabes de Jerusalén -Anthony Salman, director
de una agencia de viajes-, cuando las palabras de la hebrea resucitaron
en
mi memoria. Me estremecí. Pero, au tomáticamente, me reproché a mí
mismo tanta suspicacia. ¿Es que empezaba a ver espías por todas pa
rtes?
La cuestión quedó zanjada. Anthony me procuraría ese coche. Pero con
dos condiciones: dado lo avanzado del día, sólo podría estar listo a primera
22
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hora de la mañana del sábado y con la inexcusable obligación de contratar
a un chofer y a un guía, igualmente ár abes. Aquello me sublevó. Pero no
tenía alternativa. Y esa noche, mientras repasaba el plan, me propuse dar-
les esquinazo en el momento oportuno . No veía muy claro el porqué de
aquellas exigencias. Y mi natural desconfianza se impuso.
Los recelos -ya no sé si infundados- crecieron lo suyo cuando, en la ma-
ñana de ese sábado, 22 de noviembre, un tal Michael se presentó a mí co-
mo el guía designado por Salman. Hab ía vivido en España, hablaba caste-
llano y, durante el centenar largo de kilómetros que nos separaban de Ce-
sarea, se mostró igualmente interesado en mis actividades profesionales y,
en especial, en mi plan de trabajo para esos días. Le correspondí con la
misma amabilidad, pero sin soltar pren da sobre mis auténticos objetivos.
Tanto y tan específico interés por mi labor como periodista y escritor no era
normal. Así que, sin pensarlo dos vece s, opté por desembarazarme de mis
acompañantes antes de la caída del sol.
Tras la instructiva reunión con Wa sclismann, el arqueólogo judío-
canadiense, ordené al silencioso cond uctor que tomara la carretera de Na-
zaret. No hubo muchas preguntas. Al atacar el último repecho que dese
m-
boca en la entrañable ciudad de Jesús, les indiqué que detuvieran el auto-
móvil a las puertas del hotel Nazaret, en las afueras de la població
n. Y an-
tes de que pudieran reaccionar, me despedí de ellos, informándoles que
prescindía de sus servicios y que, si lo deseaban, podían regresar
a Jerusa-
lén. Ni siquiera me atreví a mirar atrás. Al cruzar la puerta del oscuro y ve-
tusto albergue, guía y chofer continua ban enzarzados en una airada discu-
sión, en árabe, que, naturalmente, no comprendí.
En realidad, aquélla era una vieja táctica. Siempre que emprendo una in-
vestigación -digamos que «comprometida»- tengo la precaución de reservar
habitaciones en dos o tres hoteles, simultáneamente. A veces compensa
.
La noche dominaba ya las calles de Nazaret y, muy a pesar mío, tuve que
resignarme y aguardar al nuevo día. La luz era vital para mi siguiente y
trascendental pesquisa.
Creo que, a estas alturas, estoy hecho y sobradamente dispuesto a amol-
darme a todo tipo de alojamientos. Si nceramente, después de quince años
de infatigables correrías por el mundo, entiendo que he visto y sufrido más,
incluso, de lo aconsejable. Pero la tristeza de aquel hotel nazareno no
pue-
de ser descrita. Así que, incapaz de so portarlo, me lancé a la casi desierta
ciudad. Nazaret, como tantos otros lugares santos, no es, ni remotamente,
lo que uno pueda imaginar. El turismo, la civilización y los siglos han liqui-
dado todo vestigio de la aldea que co bijó al Hijo del Hombre durante más
de veinte años. Hoy, dominada por una mayoría árabe, es sólo un lugar de
obligado y siempre vertiginoso paso de peregrinaciones de toda índole
y
23
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confesión. únicamente aquel cielo azab ache, que las desordenadas colinas
sobre las que se asienta la localidad hacen más cercano, puede estremecer
de emoción a un visitante medianamente despierto. La miríada de estrellas,
vivas entonces por el frío de Galilea, son las mismas que velaron los queha-
ceres e inquietudes de ese personaje que, como al mayor, me tiene atrapa-
do.
Mis pasos, como en ocasiones precedentes, me llevaron a la basílica de la
Anunciación. Y no por un afán de orar –cosa que debería practicar más a
menudo-, sino por saludar a algunos de los pacientes y venerables francis-
canos. A pesar del escaso tiempo transcurrido en Israel, las tensiones habí-
an sido lo suficientemente intensas como para necesitar unos gramos de
compañía. Gracias al cielo, aquel apacible rato de tertulia con los padre Ra-
fael y Uriarte resultaría doblemente útil. De un lado, como digo, llenó mi so-
ledad. Días más tarde serviría como coartada, sacándome de un serio aprie-
to… Pero no debo saltarme los acontecimientos.
La inquietud y el nerviosismo pudieron conmigo. Así que, tras otra noche
en vela, salté de la cama, esperando el amanecer. A las 5 horas y 39 minu-
tos de aquel domingo, una difusa luz naranja ascendió por detrás d
e las co-
linas, despertando a la ciudad.
Dos horas después, tras no pocos regateos, logré convencer y contratar a
uno de los taxistas. Tentado estuve de prescindir de aquellos tozudos ára-
bes y servirme del bus 431 que hace la ruta hasta Tiberiades, costeando
después por la orilla occidental del lago. Pero, según mis informaciones, es-
tos autocares públicos circulaban muy lejos de mi verdadero punto de des-
tino. No había opción. El trato fue cerra do y, tras desembolsar los seiscien-
tos dólares, Solimán Hakim, mi nuevo gu ía, se deshizo en parabienes y re-
verencias -todo ello en una caótica mezcla de inglés, italiano y árabe-, ju-
rándome por su salud que no me arrepentiría de tan sabia decisió
n.
El cielo, celeste, prometía una jornada tibia y luminosa. Me acomodé jun-
to al parlanchín Solimán y, respondiendo con monosílabos a su incontenible
verborrea, vi desaparecer a mis espaldas los últimos contrafuertes de Naza-
ret. «Éste -me animé- tiene que ser un día decisivo … »
El potente Mercedes desafiaba bien las curvas. Y en poco más de diez mi-
nutos dejó en lontananza Caná (hoy conocida por Kafr Karmá) y sus abrup-
tos y blancos despeñaderos, en dirección al cruce de Haifa-Tiberiades, en la
ruta 77. Veinte minutos después llaneábamos a toda velocidad hacia
el mar
de Galilea. Siguiendo mis instrucciones , Solimán evitó el populoso núcleo
urbano de Teverya o Tiberíades, rodeando el lago por la carretera 90. Poco
faltó para que, obedeciendo otro de mis típicos impulsos, interrumpiera el
viaje y aprovechara la ocasión presentá ndome en la Jefatura de la Policía,
en la mencionada ciudad de Tiberíades. Al exponerles mi propósito
de re-
24
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construir, en solitario, la caminata de María y José desde Nazaret a Belén
de Judá, tanto en el consulado de España en Jerusalén como el d
octor Liba
me recomendaron que -dado lo peligroso de la zona del río Jordán, fronteri-
za con Jordania- acudiera a las autoridades policiales y militares judías, con
el fin de explicarles mi proyecto y ob tener así los imprescindibles salvocon-
ductos. Pero vencí la tentación. Lo primero era lo primero…
Y, de pronto, el mar de Galilea se pr esentó a mi derecha. Aquel azul in-
móvil, pintado de verde y bruma en sus lejanas orillas, me recordó que via-
jaba por los que, un día, fueron escenarios de buena parte de la vida terre-
na del Maestro. Y una contenida emoción encendió mi espíritu. A
quellos la-
res sí conservaban toda su pureza, todo el poder y todo el magnetismo de
los campos, laderas, senderos o aguas por los que se había movido Jes
ús. Y
me prometí buscar un respiro y descend er de nuevo a las negras y pedre-
gosas «costas» de aquel mar. Necesitaba respirar su brisa. Sentir
los ligeros
pasos del Maestro y el tímido chapoteo de las olas entre los guijarros de ba-
salto.
Solimán me sacó de tan apacibles y reconfortantes pensamientos, seña-
lándome el kibbutz Ginnosar, al bord e del lago. Shelley Waschsmann, en
efecto, me había informado que la mal llamada «barca de Jesús»
-
descubierta, como ya mencioné, a pr incipios de ese año de 1986 por los
hermanos Yuval y Moshe Lufan- había sido transportada hasta un pequeño
museo, especialmente abierto y acondi cionado en el kibbutz que ahora te-
nía ante mí. Allí deberá permanecer, por espacio de siete o
nueve años,
sumergida en una solución de cera si ntética. El árabe, deseando compla-
cerme, insistió para que nos detuviéramos en la granja-hotel que constituye
el citado kibbutz, pasando a visitar el valioso bote. Una reliquia de in
esti-
mable valor arqueológico -no en vano se trata de la primera embarcación
de los tiempos de Cristo hallada en el referido Kinneret o mar de Galilea-,
pero que, desafortunadamente, los in tereses crematísticos han catalogado
ya como un nuevo motivo de peregrinación religiosa. Así se hace la
Historia.
Fui terminante. Era preciso continuar. Mi objetivo era otro y muy distinto.
El guía masculló unas ininteligibles palabras en árabe, demostrando su con-
trariedad con un bronco acelerón. Mi negativa -gracias al cielo- le m
antuvo
en silencio durante aquellos últimos 17 kilómetros. Ascendimos a buena
marcha, siempre por la ruta 90, y, tras dejar a la izquierda Rosh Pinna, la
nevada cumbre del Hermón en el ho rizonte me anunció la inminente proxi-
midad de mi destino. Y los nervios, como una premonición, se desataron en
mi estómago.
Solimán sonrió. Me indicó el lugar y redujo la velocidad. A los pocos
minutos giraba a la izquierda, abandonando la carretera general e introd
u-
25
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ciendo el vehículo en una pésima pi sta que ascendía hasta las mismísimas
puertas de aquel gigantesco «triángulo» isósceles.
Fue inevitable. Mi corazón presentía algo. Y las palmas de mis manos co-
menzaron a gotear.
Solimán, con un recuperado buen humor, me rogó que esperase en el
co-
che. Descendió con parsimonia y se encaminó al austero chamizo que
hacía
las veces de puesto de control. Un aburrido guarda nos recibió con curiosi-
dad. Las visitas no debían de ser muy frecuentes en aquel apartado ri
ncón
de Galilea. Mucho menos, la de un supu esto turista extranjero que, ade-
más, llegaba en solitario. Ignoro lo qu e hablaron, pero a juzgar por los as-
pavientos del guía y las intermitentes e incisivas miradas que me lanzara el
guarda; o fui tomado por un excéntrico millonario o por algo peor.. Satisfe-
cho el obligado ceremonial, el cetrino y espigado guarda -siempre sin qui-
tarme ojo- procedió a levantar la pequeña barrera y a franquearme
el paso.
Solimán, visiblemente satisfecho, me ex tendió los tres tickets. Acto se-
guido penetró en la explanada que se abría ante nosotros. Eran las nueve
de la mañana.
Leí los boletos sin terminar de creérme lo. En todos ellos -en el azul, el
verde y el marrón- aparecía la misma tipografía: « National
Parks Authori-
ty», y un nombre largamente acariciado: «Tell-HAZOR.»
El Mercedes se detuvo. Sentí miedo. Allí, en el lugar más insospechado de
aquella meseta, podía estar la clave del enigma. «Mira, envío mi mensajero
delante de ti, MARCOS 1.2. Hazor es su nombre y sus alas te llevarán al
guía MARCOS 6.2.0. El número secreto de sus plumas es el número secreto
del guía, el que ha de preparar tu camino, MARCOS 1.2.»
El criptograma, permanentemente in stalado en mi memoria, sonó esta
vez con un timbre especial. Me estremecí. ¿Encontraría allí
lo que tanto an-
siaba? Pero ¿qué era lo que buscaba?
El árabe me observó sin comprender . Mis dedos temblaban, y yo, con la
vista fija en el horizonte, parecía atornillado al asiento.
-¿Le ocurre algo, señor?
No recuerdo haberle contestado. Y So limán, intrigado, presionó mi brazo
izquierdo, insistiendo:
-¡Señor .. ! ¿Se encuentra bien?
-¿Cómo?… ¡Ah! Sí -balbuceé al fin, saliendo de aquella
especie de blo-
queo mental.
Hice acopio de fuerzas y, decidido, ab andoné el automóvil. Abrí mi inse-
parable bolsa de las cámaras y, busca ndo apaciguar mi excitación, dediqué
unos minutos a la revisión del equipo. El guía, curioso, me dejó hacer, pen-
diente de cada uno de mis movimientos. Colgué una de las máquinas de mi
26
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cuello y, tras comprobar el buen func ionamiento de la brújula, cinta métri-
ca, medidor de pasos y otros artilugios , me situé frente a las ruinas. ¿Por
dónde empezar? «Hazor es su nombre … » Sí, al fin estaba en Hazor. Pero
¿qué quería insinuar el mayor?
No tenía ni la más remota idea del tiempo que debería consumir en aque-
lla exploración. Así que, con el firme propósito de gozar de una entera liber-
tad de acción, hice ver a Solimán que mi visita podía alargarse y que lo más
prudente era que organizara su jorna da como creyera oportuno. Pero el
guía se negó a moverse de su sitio. Me encogí de hombros y, dándole la es-
palda, avancé hacia el corazón del tell. Por lo que llevaba leído y estudiado,
aquella pequeña colina artificial, de 40 metros de altitud en su zona más
elevada, fue construida hace más de cinco mil años, desempeñando lo largo
de su historia- un papel de gran impo rtancia estratégica en el nudo natural
de comunicaciones en que se hallaba enclavada. Por allí habían discurrido
los caminos de Damasco a Megiddo y de Sidón a Beisán. La transparencia y
luminosidad de aquel día permitían divi sar, al oeste, las tierras azules del
Líbano y, al este, las verdes laderas de las alturas de Golán. Pero mi objeti-
vo quizá se encontraba allí mismo: en aquella meseta o plataforma que, a
vista de pájaro, recordaba la figura de un descomunal y ocre trián
gulo isós-
celes, dominando una feraz campiña. A las puertas de las ruinas consulté
algunas de las notas contenidas en mi cuaderno «de campo». Las respeta-
bles dimensiones de la ciudad fortaleza me acobardaron: 470 metros de
oeste a este y 175 de norte a sur, en su parte más ancha. Hacia el oeste -
es decir, en el imaginario vértice de l triángulo- la meseta pierde altura en
sucesivas terrazas. Y todo ello sabiamente cercado por los restos de muros
y fosos. En definitiva, un apretado y monumental conglomerado de restos
arqueológicos que, según los expertos, pertenece a veintiún asentamientos
humanos y, obviamente, a otros tantos y remotos períodos de la Historia .
Demasiado para mi escasa capacidad e información…
En este singular tipo de búsqueda -lo sé por experiencia- la disciplina y el
método son de vital importancia. Conviene proceder con extrema calma, sin
despreciar detalle alguno, por muy insustancial o pueril que pueda parecer.
Y sin perder de vista tales premisas arranqué con lo que podría ca
lificar co-
mo una inicial «torna de contacto» con el lugar. El molesto handicap, no me
cansaré de insistir en ello, de no saber lo que buscaba, tensó aún más mis
sentidos. Quizá la pista de las «alas» era el único y endeble apoyo en tan
loca investigación. Y lentamente, como si una «fuerza» extrahumana hubie-
ra congelado el tiempo, empecé aquella nueva fase de mi labor.
La oblicua luz de la mañana había de spertado a un ejército de sombras,
que corrían perezosamente hacia el oe ste. Y los amarillos, ocres y blancos
del laberinto arqueológico fueron av ivándose. Tomé el estrecho sendero
27
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arenoso que rodea la meseta por el acantilado norte, con los ojos y el cora-
zón entregados a cuanto me rodeaba. Era el único visitante y ello me per-
mitía una total libertad de movimientos.
«Hazor es su nombre … »
A primera vista, aquel caótico entram ado de muros, patios, palacios se-
miderruídos, de columnatas segadas por la destrucción y los siglos, edificios
públicos sin techumbre y de los restos a medio levantar del fortín helenísti-
co, no parecía apuntar indicio o señal algunos que atraparan mi at
ención.
Eran sólo piedras. Pilares y basame ntos dormidos, importunados ahora,
aquí y allá, por el monótono crujir de la arenisca bajo mis bot
as. Aquellos
iniciales minutos de infructuosa búsqueda aceleraron mi ánimo. Debía con-
servar la calma. Y reanudé la lenta ma rcha, bordeando la fortaleza en todo
su perímetro.
« … y sus alas te llevarán al guía. »
El mensaje del mayor -¿o eran imaginaciones mías? continuaba en primer
plano, derramándose, con mi vista, en cada bloque de piedra, en cada es-
quina, en cada sombra…
Al filo de las diez horas, cuando es taba a punto de cerrar la primera gira
de inspección, unas húmedas y toscas escalinatas, ubicadas en la cara este
de la explanada y que se perdían en las entrañas de Hazor, me hicieron ti-
tubean Unos carteles amarillos, en hebreo e inglés, anunciaban la entrada a
un túnel. Y un soplo de esperanza me hizo temblar. Pero me contuve. Pri-
mero debía «peinar» la superficie de la ciudad fortaleza.
Al recalar en el punto de partida cons ulté el medidor de pasos. La aguja
marcaba 402. Aquel dato, la verdad, no revelaba gran cosa. Sumando los
dígitos, en efecto, aparecía el misterioso «6». Pero ¿de qué me servía? Ano-
té esta y otras imprecisas observacio nes y, tras inspirar profundamente,
procedí al segundo «asalto». Solimán, a lo lejos, dormitaba en el interior
del automóvil. Mentalmente dividí la fo rtaleza en tres sectores, adentrán-
dome en el primero: en el situado al norte. Olvidando toda norma, me des-
entendí de los senderillos que zigzague aban entre las ruinas, acomodándo-
me a mis propios impulsos. Salté muro s, acaricié las rugosas columnas,
trepé a las demolidas casamatas y, su doroso, busqué incluso desde lo más
elevado de las paredes del fortín. Po r fortuna, como ya señalé, Hazor se
hallaba entonces solitaria y en silencio, y el puesto de control quedaba rela-
tivamente apartado. No había riesgo , al menos de momento, de que mi
heterodoxa visita pudiera llamar la atención de los vigilantes.
«… y sus alas te llevarán al guía.>,
¿Sus alas? En mi creciente desconciert o llegué a imaginar que el mayor,
en su hipotético deambular por aq uella meseta, podría haber descubierto
algún tipo de alineamiento o de fig ura geométrica que recordaran unas
28
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alas. Siempre con la brújula en la mano-, cambié repetidas veces de posi-
ción, oteando el maremágnum de piedra. Fui incapaz de distinguir el menor
vestigio. Ni las rudimentarias calles, ni el confuso trazado de la ciudadela,
se parecían a lo que yo perseguía. A llí, las únicas «alas» eran las de mi re-
calentada imaginación. Descendí sobre el terroso pavimento, repitiendo la
exploración a lo largo del segundo y te rcer sectores. ¡Era desolador! Si el
mayor había jugado con algún símbolo, restos de cerámica o estela funera-
ria, estaba claro que debía buscar en otra dirección. Las ruinas de Hazor, al
menos lo que llevaba visto, eran sólo eso: unas ruinas desnudas, desprovis-
tas de inscripciones, estatuas o ajuare s, incapaces de arrojar un poco de
luz. Y de pronto, sentado sobre una de las piedras, mientras pugnaba por
recapitular, tuve un presentimiento. ¿Y si las fatigosas alas» per
tenecieran
a algo que había sido desenterrado en Hazor y trasladado a Dios sabe dón-
de?
Aquel flash, perturbador, me hundió en el desaliento. Y allí, humillado en
mitad de unas remotas ruinas arqueológicas, fui memorizando lo que había
visto y leído en la gruesa documentac ión bibliográfica sobre Hazor. En los
tres años de excavaciones, los arqu eólogos habían rescatado una miríada
de objetos votivos, figurillas de deidades, centenares de vasijas, escarabeos
egipcios -uno de ellos, incluso, con el nombre de Amenofis-, relieves religio-
sos, máscaras litúrgicas, óstraca, la famosa estrella circunscrita (signo de la
realeza), formidables esculturas de leones y, en fin, hasta nueve massebot
o estelas, una de ellas con dos enigmá ticas manos en actitud de plegaria.
Todo un arsenal perteneciente a 21 ciud ades y períodos distintos. Y todo
ello, si la memoria no me traicio naba, sin la menor relación con unas
«alas». Ciertamente, aún quedaba mucho por revisar. Pero & si n
o conse-
guía descubrir un solo motivo alado? ¿Y si las intenciones del criptograma
se movían en otra dirección.
Me incorporé y, golpeando el muro co n rabia, levanté los ojos al cielo,
clamando por una pista. Estaba nuevamente perdido. La «respuesta», aun-
que una vez más no supe verla en es os críticos momentos, llegó sutil y
puntual. Suspiré y, un tanto avergonzado de mi propio dramatismo, volví a
sentarme. Encendí un pitillo y, sin sa ber por qué, caí de nuevo sobre el
cuaderno de «campo». Releí las notas y, poco a poco, al tiempo que me se-
renaba, fui aproximándome a un comentario -subrayado en rojo- y que
había copiado en España de una carta procedente de Munich. Su auto
ra -M.
Klein- escribía a propósito del enigma: «… Claro que, en principio, puede
pensarse que Hazor se refiere más bien a un animal o personaje con alas.
Por eso dudo un poco de su relación con la ciudad bíblica del mismo nom-
bre. Sin embargo, pudiera ser tambié n que cualquier figurita sacada de
Hazor y ahora en un museo, tuviera algo que ver con el asunto. »
29
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Evidentemente, no supe interpretar aquel «signo». Me llamó la a
tención,
sí, la curiosa y oportuna «coincidencia» de ideas. Pero ahí quedó todo. En
ocasiones, la excesiva autoconfianza o el estúpido engreimiento desembo-
can en rotundos fracasos. Aquel desmoronamiento, sin embargo, se esfumó
a la par que el cigarrillo. Recompuse mi s fuerzas y, como si allí no hubiera
pasado nada, me alejé de la ciudadela en dirección este, dispuesto a inten-
tarlo en el misterioso túnel que viera dos horas antes.
No es que sea muy practicante de la religión en la que fui educado, pero
instintivamente, al poner el pie en el primer escalón, hice la señal de la
cruz. La boca del túnel me sobrecogió. ¿Qué me aguardaba en aquellas pro-
fundidades?
La excavación practicada por Yadin -s iempre respetuosa con los trazados
primigenios- desciende en vertical. Se trata de un enorme pozo cuadrangu-
lar de poco más de 10 metros de lado, con una sucesión de rampas escalo-
nadas, ganadas al terreno rojizo del tell por cada uno de los laterales
del
mencionado pozo.
Y muy despacio, con el corazón agitado, fui avanzando. Por mera precau-
ción, antes de tocar el primer y húmedo peldaño, dispuse el Schritte (medi-
dor de pasos), situando la aguja en el cero. La luz entraba sin dificultades
hasta el fondo de la perforación, situ ado a unos doce metros de la superfi-
cie. El silencio era completo. Consulté la brújula en cada uno de los estra-
tos, pero no advertí alteración alguna . Las paredes, cuidadosamente cepi-
lladas por los arqueólogos, no presentaban tampoco otras evidencias o
se-
ñales que no fueran las lógicamente derivadas de los trabajos de d
eses-
combro y de la humedad. De todas fo rmas, dediqué un tiempo al examen
de los diferentes corles existentes en los muros. La experiencia fue nula. En
el pozo no pude, o no supe, encontrar un solo detalle que encajara con el
criptograma. Pero faltaba una segunda galería.
Al ganar el último de los peldaños me detuve. Frente a mí se ab
ría un co-
rredor de unos cinco metros de altura , pésimamente iluminado por algunos
mortecinos y espaciados puntos de lu z amarillenta. El túnel, ciertamente
tenebroso, descendía hacia quién sabe dónde, en un brusco desnivel de 30
o 35 grados. Las paredes chorreaban humedad. Agucé el oído, intent
ando
captar algún sonido. No fue posible. Sólo mi desacompasado ritmo cardíaco
retumbaba en mi pecho. Aguardé unos segundos, procurando que mis pupi-
las se amoldaran a la oscuridad. Pero no alcancé a distinguir el fondo del
pasadizo. Fue entonces, al trastear en la bolsa del equipo fotográfico, en
busca de una inexistente linterna, cuando reparé en el cuentapasos. A la luz
del mechero, al tiempo que maldecía mi falta de previsión, procedí
a desen-
gancharlo del cinturón. La aguja se hallaba inmovilizada en 150 pasos.
30
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«¿Ciento cincuenta?», repetí en voz alta. El eco se propagó en la oscuridad.
Sentí un escalofrío. La suma de los dígitos daba «6». Otra vez el misterioso
número… ¿Cómo era posible? ¿Y si el step-pas hubiera errado? Era dudoso.
E, ilusionado con tan famélico dato, regresé por donde había bajado, conta-
bilizando los escalones.
«… El número secreto de sus plumas es el número secreto del guía. » A
la carrera, nervioso por confirmar la ci fra, fui remontando las rampas, lle-
gando a la superficie sin resuello..¡ Maldito tabaco!…
En efecto. No había error. Las esc aleras sumaban 150 peldaños. Me dejé
caer contra la barandilla que protegía el último de los vuelos de
acceso al
pozo y, mientras recuperaba el alient o, fui desgranando algunas hipótesis.
Todas, cuando menos, se me antoja ron retorcidas. ¿Es que debía asociar
las «alas» con aquellas rampas escal6 nadas? ¿Podían conducirme al guía?
¿Era el «6» el número secreto de las plumas de las alas de H
azor?
Ahora, al recordar tamañas desventuras, no puedo por menos que sonre-
ír. El mayor, casi con seguridad, hab ía visitado las ruinas de Hazor. Sin yo
saberlo, al manejar el cómputo de lo s peldaños, había acertado. Pero, ab-
sorto en el hallazgo, perdí de vista un factor, inherente al mayor y a sus
enigmas: su natural inclinación al juego del despiste…
Admitiendo la forzada tesis de que t ales rampas de tierra fueran las
«alas» del «mensajero», y de que el número secreto fuera el seis, dichas
escalinatas tenían que llevarme al «guía». Pero ¿quién o qué era el «guía»?
¿Me topaba con él en el subterráneo?
Sólo había una forma de salir de dudas.
En el fondo lo agradecí. Lo averiguado hasta ese momento en Hazor era
tan poco relevante que aquella «luz» -o cualquiera otra, por muy pobre que
hubiera sido hizo el milagro de devolverme la esperanza. Me precipité esca-
leras abajo y, ansioso por penetrar en el túnel, poco faltó para que diera
con mis huesos en tierra en uno de los resbaladizos tramos. El susto me
hizo recapacitar. Tenía que proceder co n cautela. En la boca de la segunda
galería seguían reinando el silencio y una pastosa penumbra. Encendedor
en mano caminé por el centro del túnel. La acusada pendiente resultaba in-
cómoda y, prudentemente, me hice a un lado, pegándome al chorreante e
irregular muro de la derecha. Fue una marcha lenta. Expectante. Con la
frágil llama azul-amarillenta del mecher o explorando cada centímetro cua-
drado de piedra. Cada cuatro o cinco pasos cambiaba de pared, repitiendo
la minuciosa operación de búsqueda. La abrupta bóveda del subte
rráneo
tampoco revelaba inscripción o indicio alguno.
Sentí frió. La humedad aumentaba. Súbitamente, mientras revisaba uno
de los muros a la luz del mechero, cr eí escuchar algo. Apagué la llama e,
inmóvil como una estatua, esperé. El corazón había empezado a palpitar
31
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con violencia. Pero aquel fugaz y sordo sonido -algo así como un chapoteo-
no se repitió. El fondo de pasadizo co ntinuaba en tinieblas. Era difícil preci-
sar sus perfiles y lo que pudiera albergar en lo más profundo. No voy
a
ocultarlo: una familiar sensación de miedo hizo temblar mis rodillas. Y unas
frías gotas -de sudor resbalaron por mis costados.
Peleé conmigo mismo, tratando de ra zonar. Allí, seguramente, no había
nadie. Todo era fruto de la tensión. No salí muy convencido del lance. El
instinto -más que la inteligencia- difícilmente se equivoca.
¿Qué hacía? ¿Continuaba avanzando o daba media vuelta, obede
ciendo la
lógica y natural inclinación a salir de aquel antro? -
Tragué la escasa saliva que me quedaba y, aceptando el imprevisto des
a-
fío, caminé sigilosamente, sin despeg arme del muro derecho. Esta vez lo
hice a oscuras. «Si se trataba de una falsa alarma -razoné con dificultad-,
tiempo y oportunidad habría de repasa r los paños de tierra que restaban
por explorar. »
Según mis cálculos, llevaba recorridos unos diez o quince metros,
igno-
rando cuánto faltaba para la culminación del túnel. Siguiendo una vieja tác-
tica, inspiré profundamente y repeti das veces, buscando apaciguar la fre-
cuencia cardiaca. Lo logré a medias. Estaba seguro de haber escuchado
aquel ruido. Esta idea, unida a las tini eblas y al no menos lúgubre silencio
del recinto, habían hecho saltar mis alarmas.
El piso se hacía cada vez más des lizante. Procuré aferrarme a los pedre-
gosos entrantes de la pared, no dando un solo paso sin antes tantear la so-
lidez del inclinado pavimento. Cuando había ganado veinte o veinticinco
metros, otro seco golpe llegó con niti dez. Ahora no había dudas. Era como
si una piedra, o algo contundente, topa ra con un muro. Los escalofríos me
recorrieron en oleadas. En un arranque accioné el mechero, al tiempo que
lanzaba un inseguro: «¿Quién hay ahí?»
No hubo respuesta. Pero, coincidiendo con el encendido de la llama, dos
nuevos golpeteos -más cercanos- me helaron la sangre. Ahora, y sól
o aho-
ra, rememorando la escena, se me anto ja tragicómica. En aquellos instan-
tes, consecuencia del miedo y de los nervios, en lo único que reparé fue en
una acuciante necesidad de orinar. Obviamente me contuve.
Entorné los ojos y, forzando la vista, creí distinguirá no mucha distancia
una informe mezcolanza de sombras ve rticales y horizontales. ¿Qué demo-
nios era aquello?
La curiosidad -nunca he logrado entender la extremada fuerza de tal atri-
buto- se impuso al miedo. Sin embarg o, necesité algunos segundos para
mover las piernas. Con el brazo dere cho tenso como un mástil, soportando
el doloroso contacto con el recalentado mechero, seguí aproximándome a lo
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que intuía como el final del subterráneo. El silencio, de nuevo, era total. Un
silencio cargado de presagios. Saturado por mi propio miedo.
¿Sombras estilizadas? ¿Sombras inmóviles, dibujando un incierto amasijo
de líneas (?) verticales y horizontales? ¿0 no estaban inmóviles? Estas
interrogantes me acompañaron los últi mos metros, al tiempo que -gracias
al cielo- la pobrísima radiación de mi encendedor fue rompiendo la negrura.
Me detuve. Paseé la diminuta luz a izquierda y derecha y, de improviso, re-
cibí un fétido olor. Sujeté la mano de recha con la izquierda, en un esfuerzo
por inmovilizar la llama. La candela o sciló, agitada por algún tipo de co-
rriente. A los pocos minutos descubría ante mí -a cosa de tres o cuatro me-
tros- una rudimentaria y semipodrida valla de madera, que me cerraba el
paso. Respiré con alivio. Ligeramente encorvado, todavía con los músculos
en guardia, me situé frente a los lis tones que ponían fin a aquella zona del
túnel. La barrera apenas si alcanzaba un metro de altura. Me asomé despa-
cio y, al extender el mechero, comprendí. Sencillamente, había cubierto los
treinta o treinta y cinco metros de un subterráneo que moría en una piscina
o cisterna, inundada de una agua hedi onda y verdinegra. En cuanto al en-
jambre de «sombras», no era otra cosa que un apretado bosque de pa
los y
postes que apuntalaba la techumbre del cubículo a derecha e izquierda
. No
sabía si reír o llorar. El miedo me había jugado una mala pasada. E, incom-
prensiblemente, olvidé los extraños ruidos. La calma volvió a m
í y, deseoso
de proseguir la búsqueda, dediqué un ti empo a pasear arriba y abajo de la
valla de seguridad, examinando las maderas. Todo era normal. Al otro lado
el declive del terreno concluía brusca mente. Semienterrados, distinguí cua-
tro relucientes y enormes peldaños de basalto que se hundían en la
charca.
Mi rudimentario sistema de iluminación no me permitía ver más allá de dos
o tres metros. En consecuencia, desconocía las dimensiones de la cist
erna y
lo que pudiera haber al otro lado de las primeras hileras de postes. - Era el
momento de considerar mi situación. Frente a la mugrienta valla, respiran-
do las nauseabundas emanaciones del agua estancada, fijé la vista y los
pensamientos en la negra incógnita que tenía ante mí. Busqué en la memo-
ria. La verdad es que apenas si había leído gran cosa sobre aquella parte de
las excavaciones de Hazor. Sin duda, se trataba de un antiquísimo sistema
hidráulico, ideado para el abastecimiento de una ciudad-fortaleza que, como
registra la historia, se vio sometida a diversos y prolongados asedios. Lo
asombroso es que, después de tantos siglos, el agua siguiera llenando el
fondo del subterráneo. Calculé el camino recorrido, estimando que
podía
hallarme a 25 o 30 metros de profund idad. Mi gran duda era si debía
arriesgarme a continuar la marcha, expl orando el resto del túnel. (Lo de
«marcha» era un decir, claro. La cerca de madera estaba allí por algo.) Ex-
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perimenté un incómodo desasosiego. Pero lo atribuí al cúmulo de contrarie-
dades que venía padeciendo. «¿Y si la clave del misterio estuviera más
allá?» La tiranía del criptograma se dejó sentir por enésima vez. «¿Es que
iba a tirar la toalla ante la primera seria dificultad que me cerrase el cami-
no?»
La decisión estaba casi asumida cuan do, en mitad de la oscuridad, escu-
ché un nuevo y misterioso golpe. Fue como un «plof». Prendí el encendedor
y, al momento, descubrí el fatigoso av ance de unas ondas en la superficie
de la cisterna. Algo se había precipitad o en las aguas. Y el miedo resucitó.
Elevé la llama en un intento de visualizar el techo de la galería. Quizá se
tratase de algún desprendimiento, tan habituales en túneles de esta natura-
leza. La sola idea de un derrumbe me sobrecogió. Pero, al punto, al recono-
cer el rocoso y compacto techo abovedado, rechacé la ocurrencia. Entonces,
si no era una piedra lo que acababa de agitar la piscina… El recuerdo
de és-
te y de los golpes precedentes me ac obardó. Como ya señalé, los había ol-
vidado. En un santiamén, mi imaginació n se encargó de debilitar mis esca-
sos ánimos. ¿Y si la charca -cuya pr ofundidad desconocía- ocultaba algún
animal? Discutí conmigo mismo. Eso no era razonable. ¿Qué clase de bestia
podría sobrevivir en una ciénaga así? Peores cosas había visto. Claro que
cabía también la posibilidad de que, en el extremo oculto del tú
nel… Me au-
torrebatí sin miramientos. Eso no ten ía mucho sentido. Si la galería conti-
nuaba, e incluso disponía de una seg unda entrada, ¿por qué suponer que
allí, en algún oscuro e incierto nicho del subterráneo, tenía que haber una
guarida de perros o animales asilvestr ados? Además -remaché con convic-
ción-, ese o esos supuestos perros no habrían desaparecido bajo la
s aguas.
« … y sus alas te llevarán al guía. »
¡Maldita sea! La curiosidad seguía minando mi sentido común. ¿Qué había
al otro lado de la cisterna y del andamiaje de sustentación del tú
nel? Era
menester aclararlo. Si retornaba a la su perficie sin intentarlo, jamás me lo
perdonaría. Y, lo que era peor, quizá perdiese la ocasión de despejar el
enigma.
¡Al diablo con todo! Aseguré la bolsa de las cámaras contra mi
espalda,
situando la correa en bandolera y, plen o de coraje y de una insensata in-
consciencia, salté la cerca.
El terreno, al filo de los peldaños de basalto, era fangoso. A derech
a e iz-
quierda, hundidos en el barro, se leva ntaban los primeros puntales de ma-
dera. Mi propósito era trepar por ellos y, con toda la precaución del mundo,
deslizarme sobre los travesaños hasta el final de los mismos. En aquellos
agitados instantes no vi una fórmula mejor para salvar la charca.
Mis manos se humedecieron al palpar los maderos de la izquierda. «Mal
asunto», sentencié. A la luz del mechero inspeccioné las bases. Se hallaban
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deterioradas. Era de esperar. Aquel armazón, dispuesto por los hombre
s de
Yadin, venía soportando un desgaste de treinta años. La humedad de la cis-
terna, implacable, lo había corrompido todo o casi todo. Examiné los clavos
que soldaban los palos horizontales a los verticales. La mayor parte -
corroída por el óxido- no ofrecía much a seguridad. ¿Resistirían mi peso?
Decidí verificarlo. Me apoyé con ambas manos sobre el travesaño más bajo,
situado a cosa de ochenta centímetro s del terreno, propinándole varios e
inmisericordes empellones. La estructura se resintió, crujiendo amenazado-
ra. Fue un aviso. Pero no todo terminó ahí. Amén de patinar peligrosamente
sobre la curvatura del madero, al tercer o cuarto «embate» escuché
un
nuevo «plof». Esta vez, a mi derecha y muy próximo. Me revolví frenético.
La única respuesta fue otra cansina serie de ondas circulares avanzando
hacia mis pies y el silencio. Un silenc io que secó mi garganta. El irritante
misterio de aquellos golpes empezaba a encolerizarme. Descendí hasta el
último de los escalones y, en cuclillas, acerqué la llama a las aguas. Fue in-
útil. La negrura era impenetrable. Agit é la superficie con la mano izquierda
y, al acercar los dedos a la nariz, un agudo olor a podrido me echó para
atrás. Permanecí pensativo y expectante, bregando con la oscuridad. Al po-
co, por mi izquierda, junto a uno de los postes ubicado a metro y medio,
emergieron varias burbujas. Sentí có mo los vellos de la nuca se erizaban.
No tuve valor para moverme. Aquellas burbujas, las únicas que habí
a ob-
servado desde que llegara a la ciste rna, confirmaron mis iniciales sospe-
chas. Allí abajo habitaba o se movía algo… Segundos después o
tro burbu-
jeo, más intenso, delató la presencia del supuesto animal junto a la base
del poste contiguo. Parecía alejarse hacia el interior de la charca. Temblan-
do de miedo, hecho un ovillo sobre el húmedo peldaño, fui abriendo la cre-
mallera de la bolsa, tanteando las má quinas. Si «aquello» -lo que fuera-
asomaba entre las aguas, un oportuno flashazo me permitiría fotografiarlo y
dejarlo temporalmente ciego… En caso de peligro, esa ceguera jugaría a mi
favor. Los segundos transcurrieron te nsos e interminables. Con los múscu-
los agarrotados fui paseando la vista por la ciénaga, esperando que, en
cualquier momento, la o las bestias irrum pieran en la superficie. De pronto
caí en la cuenta de que me hallaba co n medio cuerpo fuera del escalón,
prácticamente sobre las aguas. ¿Y si el responsable de las burbujas bucea-
ba hasta el filo de la piscina? La repe ntina y angustiosa idea pulverizó mi
menguado valor. Y de un salto retroced í hasta la valla. El frío sudor y el
miedo destilaban ya por los cuatro cost ados. Pero el túnel continuó en si-
lencio. Nada alteró sus aguas. Y despacio, muy despacio, fui recomponiendo
mi malparado espíritu. Los que me co nocen un poco saben que, a estas al-
turas de la vida, sólo me indigno conm igo mismo. Pues bien, ésta fue una
de esas ocasiones en la que maldije mi escasa fortaleza de ánimo.
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Guardé la cámara fotográfica y, mascu llando toda suerte de improperios
contra mí mismo, avancé hasta el an damiaje de la derecha. Se habían ter-
minado las inspecciones y el rosario de fantasías. «Aquí no hay
y no pasa
nada -fui repitiéndome mientras me asía a uno de los palos, emprendiendo
la escalada- Aquí sólo hay miedo … »
No me equivocaba en lo del miedo. En lo otro, desgraciadamente, sí.
¡Estúpido de mí! jamás aprenderé. Los primeros movimientos fueron sen-
cillos. Molestos y delicados ante lo resbaladizo de los troncos, pero de esca-
sa dificultad. El entibado moría a uno s cinco metros de la superficie de la
charca. Tanteé varios de los travesaños horizontales, eligiendo un
o de los
más gruesos. Ante la presión de mi pie, gimió levemente. Pero s
oportó el
peso. El largo madero, claveteado a los postes verticales, se hallaba a unos
dos metros sobre el nivel de la ciénag a, perdiéndose en la profundidad del
túnel. Aquella batería de postes y ta blas, al igual que la que había sido
plantada en el lateral izquierdo del subterráneo, formaba un intrincado la-
berinto de difícil acceso. Los troncos horizontales habían sido dispuestos a
medio metro uno de otro, reforzados en el interior de la masa del andamia-
je con decenas de estacas, apuntaladas en aspa. Intentar el avance por el
centro de la estructura habría sido lab orioso en extremo. Así que, en mi
afán por ganar tiempo, elegí la cara externa: desnuda y vertical sobre las
aguas. Frente a este podrido e improvisado «puente» -a cuestión de cuatro
o cinco metros- corría paralela, como digo, la estructura de la izqui
erda.
Atrapé el mechero entre los dientes y, midiendo cada paso, probando
palmo a palmo la integridad y resistencia del tronco al que me aferraba, fui
avanzando. La humedad, conforme me adentraba en el interior de la cister-
na, fue en aumento. Un moho negruzco envolvía la mayor parte de las ma-
deras, deshaciéndose entre mis dedo s y suelas. Tomé aliento y, al mirar
hacia abajo, la mancha negra de las aguas y el recuerdo de las burbujas
me
estremecieron. Si alguno de los tramos cedía, mi situación podía ser com-
prometida. Espanté tan funestos presagios y, con los cinco sentidos en cada
centímetro dé madera, reanudé la marcha.
Todo fue relativamente bien hasta que, a cinco o seis metros de la orilla,
al sortear otro de los postes, los viejos golpeteos me helaron la sangre. Pe-
gué la cara al madero y, conteniendo la respiración, escuché. Los ruidos,
ahora, eran continuos. Encadenados. Muy cercanos. Y percibí cómo todos
los vellos de mi cuerpo se erizaban a un tiempo. Tras unos segundos de in-
decisión, abrazado al poste con todas mis fuerzas, incliné la cabeza, bus-
cando la charca. La oscuridad no me facilitó las cosas. No acertaba a
com-
prender..
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De pronto, algo golpeó mi bolsa. Fue un impacto seco. Violento. Las pier-
nas se doblaron y una dolorosa lengua de fuego se propagó por mi vientre.
Clavé los dedos en la madera, aterroriza do ante la «agresión» y,,sobre to-
do, ante la idea de perder el equilibrio y caer.
¡Dios mío! ¡Algo se movía a mi espald a, pateando y arañando la bolsa de
las cámaras! Era pesado y topaba violenta y anárquicamente contra
mis ri-
ñones. El pánico bloqueó mi garganta . No podía volverme. Ignoraba lo que
se revolvía a mis espaldas y, aunque el instinto me ordenaba soltar una de
las manos y defenderme, la posibilidad de resbalar y precipitarme en las
aguas fue más poderosa. En aquellos et ernos segundos noté cómo el ani-
mal se asomaba al filo de la bolsa, de sequilibrándome. Y ciego por el páni-
co, comencé a agitarme, balanceando el equipo a derecha e izquierda con
histérica desesperación. En los primeros vaivenes, la «cosa» debió de clavar
sus garras en el cuero, resistiendo, imperturbable, las violentas oscilacio-
nes. A la quinta o sexta convulsión, la bolsa recobró su peso habitual. El
animal, sin duda, había saltado.
Al aminorar la tensión, las fuerzas cayeron en picado. Tuve que abrazar-
me al madero, temblando de pies a ca beza. Los escalofríos y aquel miedo
cerval habían hundido mis dientes en el encendedor, perforando el plá
stico.
Cerré los ojos, luchando por reprimir la agitada respiración. Pero los golpes
continuaban a mi alrededor, quebrando el silencio del túnel y mis desorde-
nados intentos de serenarme. Me se ntía impotente. Incapaz de avanzar 0
retroceder. Mi obsesión en tan dramáticos momentos era que otro u
otros
animales pudieran precipitarse sobre mi cuerpo. Evidentemente, los impac-
tos en el agua eran provocados por aquellos «invisibles» seres.
No sé cuánto tiempo permanecí afe rrado al poste, acobardado e indefen-
so. Sólo cuando los topetazos decrec ieron, haciéndose más espaciados y
distantes, la lucidez volvió a mí. Tenía que actuar. No podía atascarme en lo
alto del andamiaje, sin saber a qué atenerme y con la permanente amen
aza
de una caída en unas aguas infectadas de Dios sabe qué criaturas.
«Sí, lo primero, antes de adoptar una decisión, es iluminar mi
entorno. »
El miedo -quien lo haya padecido sabrá comprenderme- tiene estas y
otras absurdas consecuencias. Uno ha bla solo. Y yo empecé a dialogar
conmigo mismo, con la voz quebrada, en un fervoroso deseo de «sentirm
e
acompañado».
«… ¡El mechero! Claro … »
Pero el mecanismo no respondió.
«¡Dios!… ¿Qué pasa?»
Uno, dos, tres golpes a la ruedecilla dentada. Era inútil. Me abracé de
nuevo al pestilente y húmedo madero y, a tientas, abrí al máximo el paso
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del gas. Los estériles fogonazos habían recrudecido el ritmo de los golpes y
los chapoteos en la ciénaga.
« ¡Vamos, vamos! »
Al segundo o tercer intento, una larga y trepidante llamarada -al fin- bro-
tó impetuosa ante mis ojos. Y con el pulso tembloroso y desarmado, le
van-
té la candela por encima de mi cabeza , hacia los travesaños superiores. El
túnel se iluminó. Al instante, al descubrir lo que bullía sobre los palos y ma-
deros, los cabellos y toda mi piel se tensaron como agujas. El pavor y la re-
pugnancia me hicieron vomitar entre dolorosas arcadas. Pensé que iba a
desmayarme. Y en un supremo intento po r conservar el sentido, golpeé mi
frente contra el puntal…
« ¡Jesucristo! »
Aquella reacción animal me salvó mo mentáneamente. Con un agrio sa-
bor, sin poder controlar los temblore s que me sacudían como un muñeco,
me oriné de miedo. Nunca me había ocurrido. Lo confieso.
Con los ojos espantados aproximé la llama al palo horizontal que descan-
saba a medio metro de mis erizados cabellos, profiriendo un desgarrador: «
¡Fuera! … »
El aullido, más que grito, y la proximidad del fuego surtieron efecto, y de-
cenas de ratas que pululaban y se amontonaban en el entibado de la galería
treparon y huyeron en todas direcci ones, empujándose y cayendo a la cié-
naga.
Eran ratas grises. Muchas de ellas, enormes como gatos, chorreantes y
con sus repulsivos pelajes inhiestos como púas.
Entre escalofríos fui dirigiendo la llam arada arriba y abajo, a derecha e
izquierda, tratando de averiguar el número de las que se retorcían y circu-
laban veloces por los postes cercanos . Imposible calcularlo. Quizá fueran
más de un centenar.
Es curioso. El instinto de conservación tomó las riendas y, mientras agita-
ba mi amenazante brazo derecho, una ‘91 atropellada secuencia de posibles
soluciones desfiló por mi capar de allí. En cerebro. Lo más sensato era re-
troceder y es alguna ocasión había le ído algo sobre tales roedores y sabía
de su voracidad, inteligencia y capa cidad destructora. También es cierto
que raramente atacan o se enfrenta n a un enemigo superior. Pero ¿cómo
saber si aquella colonia reaccionaría así? ¿Y si estaban hambri
entas?
La enloquecida dispersión de los núc leos más próximos me tranquilizó a
medias. Estaban tan aterrorizadas como yo, aunque no podía fiarme. Algu-
nas, quizá las más viejas, fueron a refu giarse en lo más intrincado del bos-
que de palos, desapareciendo en las tinieblas. Otras, en cambio, a pruden-
cial distancia del fuego, se revolvían nerviosas, agitando sus peladas colas
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en el vacío y levantando los puntiag udos hocicos en actitud dudosa. Sus
uñas y dientes destellaban a cada movimiento, llenándome de pavor. Varias
de las ratas -no supe nunca si las má s audaces o hambrientas- se atrevie-
ron a cruzar por el poste horizontal más próximo y paralelo al que me ser-
vía de asidero. Centímetros antes de llegar a la altura de mis ojos, frenadas
por las temblorosas acometidas de la llama que sostenía entre los dedos,
daban media vuelta o se sentaban so bre sus cuartos traseros, orientando
sus sanguinolentos pabellones auditivo s hacia el anárquico ir y venir del
mechero. Desafiantes, como digo, algunas llegaban a aventurarse por el
travesaño, corriendo veloces frente a mi rostro. En una de las ocasiones,
medio enloquecido, acerté a golpear con los nudillos en el espeso pelaje de
uno de los animales. Y el fuego prendió en su vientre. La rata se revolvió y,
entre chillidos, lanzó una dentellada a la zona incendiada. El dolor la obligó
a buscar el poste vertical más cercano y, enroscando su cola en el madero,
descendió veloz hacia la charca. El siseo del fuego al contacto con el agua y
una pequeña humareda pusieron punto final al lance. Sin poder reprimir mi
angustia, estallé en un nuevo y prolon gado grito que provocaría otro preci-
pitado alejamiento de los roedores. Con asombrosa habilidad, saltando por
encima de sus congéneres, muchas de las alimañas, ayudándose siempre
de sus colas, tomaron el camino de la ciénaga, corriendo postes abajo hasta
zambullirse en sus aguas.
Algo reconfortado (?) por mi pequeñ o triunfo, deslicé la mano izquierda
por el palo vertical y, en cuclillas, in tenté iluminar la piscina. Por debajo de
mis pies, en los maderos, gracias a Di os, no distinguí ninguno de los escu-
rridizos y negros bultos. La cloaca, en cambio, parecía un hervidero. Las ra-
tas grises, resistentes nadadoras, se dirigían veloces hacia la orilla y el en-
tablado de la izquierda. ¡Dios mío! Si caía al agua podía darme por muer-
to…
Y obedeciendo al instinto de conservación, empecé a retroceder, a
la bús-
queda de tierra firme.
«Hazor es su nombre … »
Nunca lo he asimilado. ¿Cómo un hombre atemorizado puede doblegar su
natural inclinación a huir y, en cuesti ón de segundos, enfrentarse a lo que
le acobarda? Quizá ésta sea una de las maravillosas paradojas de la condi-
ción humana…
La cuestión es que, cuando apen as llevaba recorridos unos metros, la
«fuerza» que siempre me acompaña resurgió en mí. Y las frases del cripto-
grama se entremezclaron con otros no menos violentos reproches.
«… y sus alas te llevarán al guía. »
«No, no puedo abandonar .. »
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«… El número secreto de sus plumas…
«¡Sólo son ratas!»
«… el que ha de preparar tu camino. »
«¡Es preciso luchar!»
¡Maldición! Mi ánimo, muy a pesar mí o, empezaba a fortalecerse. Las ra-
tas, al menos de momento, no habían dado muestras de agresividad. Quizá
pudiera alcanzar el otro extremo del su bterráneo. Pero el miedo, tan sólido
como el deseo de ganar la cara oculta de la galería, me hizo dudar.
«¡Dios de los cielos! ¡Decídete! Si al menos tuviera algo con que defen-
derme … »
No tenía más remedio que apagar el mechero. La cápsula metálica abra-
saba. Pero la sola idea de la oscuridad, rodeado de aquel enjambre de ra-
tas, me estremeció. Recordé el cuad erno «de campo». Sí, aquello podía
servir. Sus estrechas y alargadas hojas darían un respiro al encended
or.
Arranqué varias de las páginas en blanco y, retorciéndolas, improvisé una
antorcha. Estaba decidido. Sujeté el providencial bloc a mi cintura, hun-
diéndolo en parte sobre el vientre, y, en otro arrebato, me precipité hacia el
interior del túnel. Debía actuar con celeridad. Aquella frágil «tea» no duraría
mucho. El fuego devoraba el papel y yo seguía ignorando la profundidad del
entibado. Entre escalofríos, aferrado al palo horizontal con la mano
izquier-
da y dividiendo las miradas entre el poste sobre el que caminaba, las in-
quietas ratas y el fuego, conseguí av anzar una docena de pasos. En parte
por liberar la tensión y el pánico y ta mbién para ahuyentar a los habitantes
del subterráneo, acompañé los movimientos de otros tantos y sonoros aulli-
dos que hicieron enloquecer al eco, multiplicando las carreras de las alima-
ñas y los chapoteos en la ciénaga.
Resistí la proximidad del fuego hasta que, a escasos milímetros de los de-
dos, el calor me hizo soltar la antorcha . Las tinieblas se precipitaron sobre
el lugar. Arrecié en los gritos, mientras torpemente preparaba una segunda
tea. La aparición de la lumbre no apac iguó el frenético bombeo de mi cora-
zón. Mi pecho se agitaba violentament e. Escruté los palos inmediatos. Las
ratas, cada vez más alteradas, habían dejado de huir, amontonándose con-
vulsas y chillonas a tres o cuatro metros por delante de mí. Otras retrocedí-
an, evitando los travesaños sobre lo s que me encontraba. Grité con más
fuerza, protegiendo mi cuerpo con el fuego. No entendía aquella pelig
rosa
retención y vuelta atrás de los roed ores. ¿Por qué no escapaban hacia 10
más profundo de la galería? La respue sta estaba frente a mí. Confuso y
pendiente de las ratas, no lo comprendí hasta chocar casi con ella.
En uno de los avances de la tea creí verla. Sí, ahora estoy seguro. El res-
plandor amarillento la iluminó fugazmente. Pero sólo cuando el pie izquier-
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do fue a topar con ella, el presenti miento se hizo realidad. La más decep-
cionante de las realidades.
«¡Oh, no!»
Palpé incrédulo. La rugosidad de la roca fue demoledora. Allí mismo se
secaron mis fuerzas y la última gota de esperanza. El túnel finalizaba en
una pared cementada, lisa y desnuda. Atónito, moví la tea a diestra y si-
niestra, buscando un hueco, un pasadizo, una continuación de la galería.
Imposible. Los únicos orificios eran lo s practicados por los trabajadores de
Yadin a la hora de perforar el subterráneo con los maderos de sustentación.
Unos boquetes que las ratas se habían encargado de ensanchar, acondicio-
nándolos como madrigueras. El crepitar del fuego, chamuscándome los de-
dos, me hizo reaccionar. Las brasas escaparon de mi mano y el silencio, las
tinieblas y la desolación se abatieron sobre mí. Por un instante había olvi-
dado dónde me hallaba. El sentimiento de frustración era total.
¡Qué estupidez la mía!
Ya sólo. cabía volver. Deshacer lo andado. Antes, claro, era preciso salvar
aquella veintena de metros, sobre unos maderos semipodridos, resbaladizos
e infectados de ratas…
La sensación de inutilidad fue tan profunda que -digo yo- durante los pri-
meros minutos eclipsó al miedo. Maquinalmente desgajé las postreras hojas
del cuaderno, incendiándolas. La fortuna no estaba de mi lado. Al tantear
en el pantalón, con el fin de guardar el mechero, éste se escurrió entre los
mojados dedos, cayendo a la ciénaga.
«¡Mierda!»
Fue la gota que, Colmó mi indignación. ¿Cómo iba a cruzar la
estructura
de madera? Sin la protección del fuego, la manada de roedores podí
a aba-
lanzarse sobre mí… Y un copioso sudor bañó mis sienes. Contemplé la osci-
lante llama como hipnotizado. Apenas si tenía antorcha para uno o dos mi-
nutos. Sin embargo, el galopante miedo vino a sacudirme y a sacudir mi
exhausto cerebro.
Aún quedaban hojas en el cuaderno «de campo». Pero ésas -repletas de
anotaciones- eran sagradas. Pensé en sacrificar la cazadora o la camisa…
Afortunadamente reparé en otro elemento, de más fácil y cómodo manejo.
Trasladé la tea a la mano izquierda y, sin pérdida de tiempo, me a
poderé de
uno de los rollos de película. Atrapé la cola entre los dientes y tiré del cha-
sis. Al segundo golpe, el metro y me dio de negativo quedó al descubierto,
culebreando entre las piernas.
Debía trabajar con precisión. Sin demoras. Caminé hasta el poste vertical
más cercano y, antes de que la endeble antorcha se agotara, envolví chasis
y película en las agonizantes llamas. El velado Tri-X se retorció, despren-
diendo un penetrante e intoxicante olor.
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Las ratas, desorientadas por el súbito cambio de dirección del fuego, se
apelotonaron sobre los mástiles por los
-,-que debía cruzar. Dudé. Era preciso apartarlas. Gané otro par de pasos
sobre el crujiente travesaño, hostigán dolas con el fuego y los gritos. Algu-
nas huyeron. Otras, confusas e irritada s, plantaron cara o empezaron a gi-
rar sobre sí mismas, como enloquecidas . Temiendo lo peor, eché mano del
pañuelo e, incendiándolo, lo arrojé co n los restos de la antorcha sobre las
más cercanas. El trapo y las pavesas se derramaron entre las ratas, sem-
brando la desbandada. El camino quedó libre.
Las verdiazules lenguas de fuego del film seguían su lento y trabajos
o as-
censo.
Tres, cuatro nuevos pasos.
Me hice con dos rollos más y, al tiem po que barría el madero con el in-
flamado Tri-X, vigilando a los roedores y Procurándome un mínimo d
e visi-
bilidad, fui jalando y preparando un segundo film.
Seis, siete pasos más.
Me detuve. Me faltaba el aire. Prendí la siguiente película y, cuando me
disponía a cubrir el tramo final, el poste crujió bajo mis pies, cediendo e in-
clinándose. Fue casi instantáneo. La película escapó de entre mis dedos,
hundiéndose en la ciénaga con un tramo del travesaño. Instintivamente, al
percibir el desplome del madero, me aferré al Poste superior.
«¡Jesucristo!»
No pude articular una sola palabra más. El terror anudó mi garganta. Col-
gado y balanceándome bregué por izarme hacia el salvador travesaño. Otro
siniestro crujido me descompuso. Teme roso de que se quebrara, opté por
avanzar, valiéndome de las manos y del impulso del cuerpo en el vacío. El
siguiente poste vertical no se hallaba mu y lejos. Si lograba alcanzarlo, su-
poniendo que los restantes maderos horizontales no hubieran sufrido la
misma suerte que el anterior, podría asentar de nuevo mis pies y recuperar
el pulso. Gimiendo, resoplando y reza ndo para que el húmedo poste no se
viniera abajo, fui palmeando sobre la madera, con los dedos crispados y
pringosos de moho.
«¡Dios mío, ayúdame!»
En uno de los vaivenes, mis pies tropezaron con el ansiado poste.
« ¡Ahí está!… ¡Un poco más! »
Las fuerzas flaqueaban. Tenía que llegar. Contuve el aliento y, apretando
las mandíbulas, gané un nuevo palmo. Pero inesperadamente los dedos pi-
saron una nervuda y fría pata. Creí morir. Despegué la mano derecha y, en
una reacción animal, adelantándome a un posible ataque, tensé los múscu-
los, izándome a pulso hasta tocar la base inferior del madero con el cráneo.
No sé de dónde saqué las fuerzas y el coraje. Y entre convulsiones, aullando
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de rabia y pánico, golpeé la oscuridad con el puño cerrado. Una de las des-
cargas alcanzó de lleno a la rata, arrojá ndola al vacío. Tuve el tiempo justo
de agarrarme al travesaño, que osciló peligrosamente al aflojar la
tensión.
El negro bulto cayó como un plomo, yendo a estrellarse contra mi bota
izquierda. Y ágil y precisa, hundió sus uñas en el material, ma
nteniendo el
equilibrio sobre el empeine.
«¡Oh, no!»
Lancé un alarido, pateando las tinieblas. Pero la rata, tan grande como mi
pie, resistió las embestidas. Si aq uella bestia trepaba por el pantalón no
tendría más remedio que soltarme del poste…
Un hielo acerado subió por mi column a vertebral. Podía sentir sus uñas
perforando la bota. Y noté cómo la pie rna izquierda, agotada, perdía fuer-
zas. Mi mente se negó a pensar. En segundos me había transformado en un
loco salvaje e irracional, dominado por el pavor. Me convulsioné, escupí y
pateé a la rata con la bota derecha, inundando el túnel con una catarata de
gritos y maldiciones. Medio aplastado, el animal cedió, cayendo finalmente
a las aguas. Y presa de una inenarrabl e desesperación «volé» casi hasta el
madero vertical. Y a gatas, ajeno a toda precaución, gimiendo y aullando,
me deslicé por el travesaño horizontal sin el menor sentido de la orientación
y del punto al que me dirigía.
Segundos después chocaba violentamente contra otro de los postes. Sólo
recuerdo que, conmocionado, perdí el equilibrio. Y la temida imagen de la
ciénaga me acompañó en la caída.
Puede parecer pueril. El caso es que siempre he creído en la proximid
ad
del «ángel de la guarda». Y en aquella ocasión, con más r
azón.
Fue el frío lo que me despabiló. Al recuperarme del topetazo me en
contré
boca abajo, con el rostro semihundido en el barro. Intenté incorporar
me,
pero la correa de la bolsa y un agudo dolor en la frente me retuvieron en la
misma postura.
«¿Qué había sucedido? ¿Dónde estaba?»
Moví las piernas y me asusté. Parte de mi cuerpo se hallaba sumergido en
la charca.
«¡Oh, Dios!»
Ahora lo entendía. Rememoré la escena de la rata, la enloquecida carrera
sobre el travesaño y el golpe final. La Providencia, al quite, había permitido
que cayera al borde de la ciénaga, junto a los escalones de basalto.
Me arrastré fuera del agua y, a trompicones, pasé al otro lado de la cerca.
Estaba empapado, sucio de lodo y, lo que era peor, abatido. Caminé como
un autómata, remontando la pendiente del subterráneo y no me detuve
hasta que, en el fondo del pozo, la tibia luz del día me bañó d
e pies a cabe-
za. Me deshice del equipo, contemplando mis ropas con desolación. El dolor
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seguía latiendo en mi cabeza, aunque no era lo que más me preocupaba.
Me recosté contra la pared y cerré los ojos, dejando que el sol templara mis
nervios. Poco faltó para que rompiera a llorar. Todo había sido en vano.
Había arriesgado la vida… por nada. Allí, en aquel infierno, só
lo había des-
cubierto -una vez más- mi solemne torpeza y una ¡limitada capacidad de
miedo… El enigma, el mayor y el Destino acababan de burlarse de mí. Des-
corazonado, sin ánimos para revisar siquiera las cámaras fotográficas, inicié
una cansina ascensión por aquellos m alditos e imborrables 150 peldaños.
Jamás volvería a Hazor. Jamás…
Pero la convulsa jornada no estaba concluida.
En las ruinas reinaba la paz. Una calma que yo había perdido. Bebí ansio-
so de la fresca brisa que bajaba del Hermón y, al pie de los carteles que
anunciaban el túnel, levanté los ojos ha cia el celeste de los cielos, agrade-
ciendo que, después de todo, el buen Dios y sus «intermediarios» hubieran
sido misericordiosos.
La plegaria no duró mucho. Los dígitos del reloj -marcando las 13.
30
horas- me recordaron que debía regresar. Había perdido la noción y la me-
dida del tiempo. A lo lejos, en el vé rtice del triángulo arqueológico, un gru-
po de colegiales, alborozados y parlanch ines, visitaba la ciudadela. Me es-
tremecí ante la posibilidad de que los niños penetraran en la galería y co-
metieran la travesura de saltar la v alla de madera. E irremediablemente, a
la vista de los muchachos, mis pensamientos volaron junto a mis hijos.
El Mercedes se hallaba cerrado y solitario. Solimán, aburrido quizá por las
cuatro horas y media de espera, hab ía desaparecido. Más sereno, aprove-
ché para poner en orden mis cosas. Me descalcé, examinando la bota iz-
quierda con repugnancia. El material, en efecto, aparecía perforado en dife-
rentes puntos. Me negué a recordar. Tr até de escurrir la mitad inferior de
los pantalones, pero, sin desprenderme de ellos, era casi imposible. El resto
del equipo, excepción hecha del cuaderno «de campo», no parecí
a haber
sufrido en demasía. Deposité el calzad o y los calcetines en el techo del ve-
hículo y, reclinando la espalda en uno de los muros, fui a sentarme en el
caldeado suelo de Hazor.
El hematoma de la frente empezaba a hacerse ostensible. Me contemplé
de abajo arriba y el viejo sentimiento de frustración vino a mezclarse con el
asco. Apestaba.
Sin proponérmelo, encarado al sol, caí en la tentación de analizar y justi-
preciar cuanto llevaba recorrido e investigado. El enigma continuaba virgen,
distante y sellado. No había ganado un solo paso. Al contrario. Todo estaba
consumado. Perdido. No me sentía con ganas de proseguir ¿Para qué?
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Hazor era un fracaso. Aquellos, sincer amente, fueron los minutos más de-
cepcionantes de toda mi aventura en Israel.
Estaba decidido. Retornaría a Jerusalé n y, sin más demoras, tomaría el
primer vuelo a España. Me daba por vencido. Pero el Destino, evidentemen-
te, tenía otros planes.
-¡Hombre de Dios! ¿Dónde se había metido?
La gruesa voz del guía, a mis espald as, me arrancó providencial, aunque
sólo temporalmente, de la oscuridad de tales ideas.
Al volverme, Solimán frunció el entrecejo.
-¿Qué le ha pasado?
Me incorporé, tratando en vano de disimular mi lamentable aspecto. Bo-
quiabierto, me miró de hito en hito. Y mudo por la sorpresa, señaló mis pies
desnudos, interrogándome con la mirada. Me encogí de hombros y, si
n de-
masiado entusiasmo ni detalles, insinué que había sufrido un estúpido acci-
dente en el fondo de la galería.
La cetrina tez del nazareno se dist endió, dando paso a una sonrisa de
complicidad. Sus negros ojillos chispearon. No comprendí, Y hacién
dome un
gesto con la mano, me invitó a regresar al automóvil. Me calcé en silencio
y, una vez en el interior del Merced es, el perspicaz árabe me tendió unas
mandarinas. Las devoré.
Solimán esperó unos segundos. Me observó sin el menor pudor y, cuando
lo estimó conveniente, me preguntó en tono conciliador:
-¿Qué busca usted realmente … ?
Mi esquiva mirada y el embarazoso silencio me delataron.
-Quizá yo pueda ayudarle -terció con habilidad.
Sonreí para mis adentros. ¿Cómo podía hacerlo?
-Otros, antes que usted -presionó-, también lo han intentado.
Esta vez le miré de frente.
-¿Otros?… ¿Cuándo?
Había caído en la trampa. Solimán, sati sfecho, se arrellanó en el asiento,
respondiendo con otra interminable sonrisa.
-Pero ¿de qué me habla? -repliqué en un pésimo y tardío esfuerzo por
rectificar.
Separó su mano izquierda del volante y, señalando las ruinas con e
l índi-
ce, sentenció:
-La leyenda habla de un tesoro oculto en las entrañas de Hazor.
Aquello era nuevo para mí. Le animé a continuar.
-En la época helenística, el fortín fue reconstruido, y su guar
nición, testi-
go de la batalla de Jonatán contra Deme trio. Pues bien, los supervivientes,
al parecer, enterraron el botín en algún lugar de la meseta…
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Con una sonora carcajada corté sus ex plicaciones. No pude evitarlo. Me
excusé y, negando con la cabeza, le hice ver que desconocía el asu
nto y
que, precisamente, no era un tesoro lo que perseguía. Al menos, un tesoro
de aquella naturaleza…
-¿Entonces … ?
Suspiré con desaliento. Le lancé una breve e inquisidora mirada y,
tras
unos segundos de reflexión, me dejé llevar. ¿Qué podía pe
rder?
-Tiene razón, Solimán. Busco algo…
Atento, asintió con la cabeza.
-Busco algo que no he sabido descubrir. Algo que ha pertenecido o perte-
nece a Hazor.. Algo que tiene alas…
El hombre enmudeció. Por un momento creí que me tomaba por un loco
.
-¿Alas, dice usted?
Sin esperar respuesta, se enfrascó en nuevas meditaciones. El corazón
me dio un vuelco. ¿Por qué guardaba silencio? ¿Es que había algo? Era in-
creíble. En décimas de segundo, un chispazo de esperanza volvía
a poner-
me en tensión, arrinconando mi aún caliente fracaso.
Aguardé nervioso. Pero el árabe no pestañeó. Eché mano de la cartera y,
antes de que abriera la boca, le mostré un billete de cien dólares
.
-Si me ayuda a encontrarlo -le anuncié con vehemencia-, si me dice dón-
de hallar un ídolo, una pintura, una piedra…. no sé…. algo que
presente
unas alas, esto será para usted.
Giró la cabeza lentamente. Examinó el dinero con avidez y, saltando del
coche, tartamudeó:
-¡No se mueva!… ¡Espere aquí!
Atónito, le vi correr y desaparecer en dirección al puesto de control.
Abandoné el automóvil y poco faltó para que saliera tras él. ¿Le había ofen-
dido? ¿Por qué aquella violenta reacción ? Me eché a temblar. La espera se
prolongarla durante una irritante e interminable hora. En ese tiempo tuv
e
oportunidad de fraguar toda serie de hipótesis. Lo más curioso, sin embar-
go, es que mi aparente firme propósito de abandonar la empresa se hubiera
disipado en un abrir y cerrar de ojos. Nunca he conseguido comprender mi
s
locas contradicciones…
Solimán apareció al fin por la empina da rampa de acceso a las ruinas.
Venía a la carrera. Sudoroso, jadeante y pletórico se introdujo en el Merce-
des. Le imité y, sin mediar palabra, arrancó, dirigiéndose a la zona de sali-
da. Le vi tan ensimismado que no tuve valor para interrogarle. Ardía en de-
seos de hacerlo, pero su mutismo me coartó.
Conducía de prisa. Nervioso. Cruzamos ante la garita de control como una
exhalación, sepultando al guarda en una blanca nube de polvo. El chofer,
impertérrito, desvió la mirada hacia el espejo retrovisor, esbozan
do una pí-
46
sus larguiruchos brazos entre la masa de polvo y tierra.
Minutos más tarde, Solimán abandona ba la carretera general, aparcando
frente a un moderno y funcional edificio de una planta, alejado poco má
s de
un kilómetro del tell.
-¿Y bien?
Por toda respuesta, el hermético guía alzó sus manos en dirección al edi-
ficio, exclamando:
-El museo de Hazor.
¡Santo cielo! Lo había olvidado. Esta vez fui yo quien corrí hacia las puer-
tas de cristal, dejándole plantado. ¿Cómo no había caído mucho antes? Allí,
con seguridad, me esperaba la solución al criptograma.
«Hazor es su nombre … »
Temblando de ansiedad irrumpí en el recinto. Al verme, el portero, un
hombre entrado en canas, sonrió. Ob viamente, estaba al tanto de los ma-
nejos de Solimán. Porque al hacer ademán de abonar el obligado ticket de
entrada, señaló hacia el Mercedes, reforzando su ancha sonrisa y fran-
queándome el paso.
-Comprendo -le correspondí- Gracias…
Lancé una atolondrada ojeada a mi alrededor. La planta baja, que hace
las veces de vestíbulo y recepción, apenas contenía una docena de piezas y
varias fotografías aéreas de las excavaciones.
-¡Calma! -me ordené con severidad- ¡Mucha calma!
El examen tenía que ser minucioso. Merodeé en torno a las tinas y restos
de cerámica, pero no advertí nada de parlicular.
«… y sus alas te llevarán al guía. »
Concentrado en la búsqueda, necesité unos minutos para reparar en lo
anómalo de aquella situación. El guía, incomprensiblemente, no se había
movido del coche. Le observé a través de los ventanales. No parecía tener
intención de salir del automóvil. Era muy extraño. ¿Es que todo su descu-
brimiento consistía en el traslado al museo? No, no era lógico. Podría
haberse ahorrado las carreras, conduciéndome sencilla y directamente
al
lugar. Por otra parte, si sabía algo, ¿por qué tanto mutismo? ¿
0 es que no
le interesaba la sustanciosa propina? Tentado estuve de reunirme con él e
interrogarle. La verdad es que, con las prisas y la excitación del momento,
no le había concedido la oportuni dad de explicarse. Sin embargo -
argumenté con cierto enfado- lo normal es que me hubiera seguido hasta el
edificio.
La curiosidad se impuso y, olvidando el incidente, me dirigí a las escalina-
tas que conducen a la parte superior : al museo propiamente dicho. Poco
después lamentaría este nuevo error.
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La espaciosa y única sala se hallaba de sierta. Inmóvil al pie de la escale-
ra, con el pulso acelerado, quise abarcarlo todo en un segundo.
«¡Calma!», me repetí, mientras el sentido común forcejeaba con una de-
voradora curiosidad.
«… el número secreto de sus plumas es el número secreto del g
uía. »
Presentía que la clave del enigma esta ba a mi alcance. Casi podía olfa-
tearla… ¿0 era mi ansiedad?
Aunque seguía careciendo de inform ación respecto a la naturaleza del
«mensajero Hazor», algo en mi interior me decía que, nada más verlo, lo
reconocería. Así que, de puntillas, fui asomándome a las vitrinas. Cerámica
rojiza de diferentes períodos, puntas de flecha… Nada de aquello contenía
el mensaje que necesitaba.
Fui rodeando la estancia, desechando los innumerables cántaros, escudi-
llas, telares, mesas de libaciones de basalto y las pesadas ruedas de moli-
no, utilizadas en la antigüedad para prensar el grano.
Al llegar a un grupo de estatuas, igu almente basálticas, contuve la respi-
ración. Examiné unos negros leones tu mbados, esculpidos en pesados blo-
ques prismáticos, todos ellos -como el resto del museo- extraídos en las ex-
cavaciones de Hazor. La forma de las melenas guardaba cierta semejanza
con las de un cuerpo emplumado. Pero las figuras carecían de alas. Saltaba
a la vista. Aquello no eran plumas. No obstante, obsesionado, me entretuve
en contar las que adornaban una de las monumentales cabezas. El número
-205- no me sirvió de mucho. Retrocedí un par de metros, buscando alguna
secreta «lectura» en la disposición del conjunto. Tuve que rend
irme. Mis
ánimos, sin embargo, no decayeron. Tenía que ser paciente.
Consulté mis notas.
«MIRA, ENVÍO MI MENSAJERO
DELANTE DE TI, MARCOS 1.2.»
A pesar de saberme el criptograma de memoria, a pesar de haberlo des-
compuesto y desguazado durante cientos de horas, lo intenté una vez más.
La palabra «mira» -siempre desde el hipotético punto de vista d
el autor-
podía encerrar un significado puramente literal: mirar o fijar delibe
rada-
mente la vista en un objeto. Claro que, según otra acepción del diccionario,
también quería decir «reflexión en un asunto antes de tomar una resolu-
ción». Cualquiera de ellas era válida. ¿Insinuaba el mayor q
ue debía con-
centrar mis cinco sentidos en «alg o» denominado Hazor u oriundo de
Hazor? ¿O, por el contrario, se tratab a de una advertencia o una invitación
a la meditación?
El instinto no titubeó, inclinándose por lo primero.
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Hazor tenía que ser «algo». Y «algo» sólido, visible, susceptible de ser
medido y contemplado.
«… y sus alas te llevarán al guía MARCOS 6.2.0.»
¿Alas? Ahí estaba el problema. Si aceptaba el término en su sen
tido natu-
ral, lo lógico era pensar en un ser alado. Pero ¿en cuál? ¿En un animal? ¿En
un dios? ¿En un hombre o una mujer? ¿En un símbolo?
En cambio, si me ajustaba al segundo significado -«fila o hilera»-, el di-
lema se envenenaba. Las ruinas no gu ardaban una especial simetría, ni fui
capaz de descubrir una sola hilera de piedras, columnas o senderos que
apuntara o me «llevara» al «guía». Además, si el mayor
hubiera concebido
el vocablo «alas» como «filas», ¿qué pi ntaban las «plumas» en el resto del
enigma?
Cerré el cuaderno «de campo» y, persuadido de que el «mensaj
ero» era
otra cosa -¿quién sabe si una pint ura, una moneda o una estatuilla?-, re-
anudé las pesquisas.
No era menester demasiada agilidad mental para intuir que lo que se ex-
hibe en el museo de Hazor es sólo una mínima parte de lo realmente des-
cubierto y rescatado en el tell. En la documentación consultada en Jerusalén
aparecía una legión de objetos que no figuraba en aquel modesto museo del
norte de Galilea. Esta realidad fue me rmando mi entusiasmo. A pesar de
ello me enfrenté a cada uno de los utensilios y piezas, «diseccionándolos»
milímetro a milímetro. Quizá donde má s tiempo consumí fue frente a una
tablilla rectangular, pétrea y milenaria en la que había sido practicada una
serie de incisiones horizontales y verticales. Se trataba de un juego. Eso re-
zaba la leyenda. Una especie de «rayuela» rudimentaria, con un total de 21
cuadraditos en tres hileras: una cent ral con 10, y dos laterales con 5 cada
una. La fila de la derecha presentaba un sexto cuadrado, adosado a media
altura. En cuatro de esos cuadraditos, el artífice había grabado sendas «X».
Sumé, resté y multipliqué las «cruces» de aquel galimatías, hasta que, abu-
rrido, me convencí de que tampoco guardaba una relación clara con el crip-
tograma. En un primer tanteo, al descubrir que las series de cuadrados su-
maban 2 1, me alarmé. Recordé el «ritual del cementerio de Arli
ngton», pe-
ro ahí quedó la cosa. ¿Pura coincidencia?
Desestimé igualmente una gran caracola marina, seccionada en el vé
rtice,
perforada en dos o tres puntos, y que constituía un viejo instrumento musi-
cal: el conocido shofar de la Biblia.
Tampoco los delicados escarabajos sagrados de marfil y de hueso -
repletos de inscripciones egipcias- aportaron luz a la investigación.
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En cuanto a las estatuillas de bronce , armas, collares y demás abalorios,
ni uno solo respondía a lo señalado en el enigma: ni alas, ni plum
as, ni nú-
meros secretos, ni la más remota pista o indicio.
Mi derrota era total.
Al descender al vestíbulo, la amargura y la decepción se vieron repenti-
namente eclipsadas. Solimán departía co n el portero. Una oleada de indig-
nación endureció mi rostro. Me sentí engañado. Y avancé hacia el guía, dis-
puesto a cantarle las cuarenta. El ár abe, alertado por su compañero, dio
media vuelta y, al descubrir mi irritación, fue perdiendo la sonrisa.
Pero no
me dejó hablar. Recuperó al momento su buen humor y, alzando las m
anos
en señal de paz, tomó la delantera:
-No me diga nada. Usted, señor, sufre el problema de la juventud…
Le miré desconcertado.
-Usted, amigo, es demasiado impulsivo. Usted no ha encontrado lo que
busca porque no confía en Solimán.
Y, tomándome por el brazo, me arrastró al exterior del museo.
-Venga conmigo -fue su único y seco comentario.
No rechisté. Abrió la portezuela del coche y me invitó a sentarme a su la-
do. Era asombroso. De la amargura, de cepción y enfado había saltado -en
cuestión de minutos- al desconcierto y a la expectación. Aquel individuo sa-
bía algo. Y yo, como un necio, había vuelto a malgastar un tiempo precioso.
Acababa de aprender algo importante: a no abrir la boca y a escuchar.
Sin perder la sonrisa, echó mano de una negra y mugrienta cartera, ex-
trayendo algo que, a primera vista, pa recía una tarjeta postal. Los nervios
me traicionaron. Extendí el brazo para tomarla, pero, divertido, negó con la
cabeza, devolviéndola a su lugar. Acto seguido plantó su mano derecha a
una cuarta de mi rostro, agitando sus dedos índice y pulgar. Estaba claro.
Primero exigía el dinero. Le entregué los cien dólares USA y, siguiendo con
aquel mudo pero elocuente «diálogo», le presenté la palma de mi mano de-
recha, reclamando la misteriosa tarj eta. Solimán congeló la sonrisa, repi-
tiendo el internacional y conocido códi go que simboliza el dinero. Aquello
era demasiado. Le recordé lo convenido. Intenté persuadirle de que, al me-
nos, me mostrara primero lo que ocultaba en la cartera. El astuto árabe no
mordió el anzuelo. Impasible a mis ruegos, sugerencias y argumentos, con-
tinuó silencioso, petrificado en su in domable sonrisa y sacudiendo los de-
dos, en una irreductible exigencia de nuevos dólares. Cedí, claro. Era el
precio de mi improcedente desconfianza anterior. El guía no lo había olvida-
do y ahora, seguro de sí mismo, me tenía contra las cuerdas.
No es que sienta una especial debilidad por el dinero, pero al ver volar el
segundo billete de cien dólares presentí que mi modesta economía acababa
50
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de sufrir un duro revés. «Bueno me consolé-: aún me queda el recurso de
las tarjetas de crédito … » Mi estancia en Israel podía ser l
arga y los gastos
en estas investigaciones y peripecias son siempre cuantiosos. Pero mi con-
fianza en la Divina Providencia -y, repi to, en sus «intermediarios»- es casi
suicida. Así que, como digo, accedí a sus propósitos.
-¡Buen chico!, -clamó al fin Solimán.
Abrió de nuevo la cartera y, satisfecho , me ofreció lo que, en efecto, no
era otra cosa que una reluciente y recién adquirida tarjeta postal de apenas
20 o 30 centavos de dólar.
Chasqueó el segundo billete y, desconfiado, lo levantó hacia el parabrisas,
verificando su autenticidad. Me miró curioso y complacido, estudiando mis
reacciones.
En la postal aparecían las dos caras de una antiquísima moneda: un sra-
ter de plata, acuñado probablemente en la ciudad fenicia de Tiro durante el
período persa. Es decir, en la cuarta centuria antes de Cristo.
Mi pulso se aceleró, dando por bien empleados los doscientos dólar
es.
-iDios santo! -exclamé alborozado.
-¿Era lo que buscaba? -me interrogó feliz.
No supe y no pude responderle. La emoción me tenía preso. Aquello sí
podía constituir una pista. Una valiosa pista…
Solimán esperaba que me deshiciera en preguntas. ¿Dónde, cómo, cuán-
do había localizado aquellas imágenes? Aunque en mi mente rondaban es-
tas y otras cuestiones, me limité a devorar en silencio las caras de la vieja y
deteriorada moneda. En especial, la situada a la izquierda de la postal. Y los
minutos volaron. Al fin, cortés pero firme, mi acompañante interrumpiría
mis divagaciones mentales. Atardec ía y, con razón, me preguntó cuáles
eran mis intenciones.
-Sí, claro -acerté a balbucir-. Un momento, por favor.
Retorné al museo y, postal en mano , rogué al funcionario que me mos-
trara la totalidad de las tarjetas, folletos y
documentación a la venta. No había gran cosa. Amén de la que ya poseía
-adquirida allí mismo por el árabe-, el resto del material no respondía a mis
inquietudes. En consecuencia, aquél era el único «testimonio alado» exis-
tente en el tell de Hazor. Quería, necesitaba, un máximo de seguri
dad antes
de reanudar las investigaciones.
Mientras salía al encuentro del Mercedes y de Solimán -seguramente a ra-
íz del cansancio acumulado- tomé la de cisión de zanjar nuestra visita a
Hazor. Mi cuerpo y espíritu reclamaban un poco de sosiego y una inter
mi-
nable ducha. Después, en el silencio de mi habitación en el hotel, ya vería-
mos.
51
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El guía recibió con satisfacción la or den de regresar a Nazaret. En reali-
dad, poco o nada quedaba por preguntar respecto a la oportuna postal. Ca-
recía de sentido que le Pusiera al corrien te de mi objetivo final. Así que,
salvo algunos parcos, esporádicos e intrascendentes comentarios, me ence-
rré en un mutismo total. Solimán, respetuoso, no insistiría en la historia del
tesoro ni en las cábalas que, evidentemente, me traía entre manos.
Nos despedimos entrada la noche. El buen hombre, que parecía haberme
tomado cariño, se deshizo en sabios consejos, ofreciéndome la hospitalidad
de su hogar y haciéndome prometer que le llamaría y contrataría para futu-
ras incursiones por Galilea.
El cansancio terminó doblegándome. Las emociones, sustos y derroche de
energías de aquella jornada pasaron fa ctura y, al filo de la una de la ma-
drugada, muy a pesar mío, tuve que interrumpir el análisis de la m
oneda.
En sueños, como ocurre con frecuencia, mi mente siguió trabajando y bu-
ceando, a la búsqueda de una interpretación. Fue otra noche de pes
adillas,
en las que se entrecruzaron la lejana voz del mayor -dictándome el cripto-
grama-, los angustiosos ataques de ci entos de ratas y un gigantesco búho,
planeando en silencio sobre las ruinas de Hazor.
Al alba desperté sobresaltado y con el cuerpo molido por las agujetas.
Necesité tiempo para recordar dónd e estaba. No era la primera vez que
ocurría. En otras pesquisas -fruto de las tensiones o de la poderosa dinámi-
ca de las mismas-, al despertar en la oscuridad de una habitación, mi con-
ciencia, confusa, reclama y consume unos segundos hasta ubicarse en el
lugar exacto.
Coloqué la tarjeta postal junto al espejo y, mientras me afeitaba, hice ba-
lance de lo asimilado y descubierto en la tarde-noche anterior. La verdad es
que no podía sentirme satisfecho. La cara de la moneda situada a la iz-
quierda presentaba un búho, con el cuer po casi de perfil y la cabeza direc-
tamente enfrentada al observador. Se trataba probablemente de un búho
real o «gran duque», con una larga cola y los característicos p
enachos de
plumas sobre sus respectivos pabellone s auditivos. Por detrás de la rapaz
nocturna se apreciaba una especie de báculo del que colgaba un apé
ndice
triangular. Casi con seguridad: un espantamoscas.
La efigie de la derecha, bastante más deteriorada, parecía corresponder a
una deidad mitológica: alguna suerte de tritón o dios de las aguas cabal-
gando a lomos de un caballo con cola de pez. El héroe, guerrero o divinidad
se hallaba en actitud de disparar un arco. Por debajo del caballo-pez se
apreciaba la superficie del agua y, en el extremo inferior de la moneda, un
delfín, orientado en la misma dirección del grupo superior.
Lógicamente, desde el momento en que me enfrenté a la reproducción
del stater de plata, mi atención se centró en el búho. Como ya mencioné,
52
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era el único indicio, relacionado co n Hazor, que presentaba alas y plumas.
Mejor dicho, una sola ala. La «estrígida», en escorzo, mostraba únicamente
la de la derecha. Esta circunstancia me confundió. El enigma hablaba de
«alas», en plural. Para colmo de males, esta única y solitaria ala se hallaba
muy desgastada, formando un todo uniforme y monocolor, sin el menor
rastro de plumas. A pesar de ello exam iné el resto del cuerpo, que sí lucía
un nítido y abundante plumaje. La suma final de las plumas -de las qu
e el
paso de los siglos había respetado- volvió a sorprenderme. Eran treinta y
tres. Es decir, sumando ambos dígitos, «seis». De nuevo aquel enigmático
«seis»…
Ahí morían mis hallazgos. Pero no me daba por vencido. Sin la necesaria
documentación y sin el imprescindible asesoramiento de los especialistas en
numismática, en mitología persa, fenic ia, egipcia y asiriobabilónica, era in-
útil sacar conclusiones. ¿Qué podían representar aquellos sí
mbolos? Y, muy
especialmente, ¿qué secreta interpreta ción guardaba la imagen del búho
real y del espantamoscas egipcio? ¿0 no era tal espantamoscas?
«… y sus alas te llevarán al guía. »
No debo ocultarlo. Esta frase del criptograma -tan precisa- me hizo des-
confiar. ¿Y si no fuera el stater de Tiro el «mensajero» anunci
ado por el
mayor? ¿De qué forma una sola ala podría conducirme al «guí
a»?
El caos ganaba fuerza y terreno por momentos. Tenía que reflexionar y
actuar con sagacidad. Para empezar, además de reunir un máximo de in-
formación sobre la moneda, resultaba vital la localización de la misma.
¿Dónde había sido depositada? Convenía estudiarla y estudiar su entorno y
asentamiento actual con todo rigor. Quién sabe si la ubicación o el propieta-
rio dé la milenaria pieza podían arroja r más luz, incluso, que las escenas
acuñadas en sus caras.
Por supuesto, ni en el tell de Hazor ni en Nazaret tenía muchas posibilida-
des de desenredar la nueva madeja. La mayor parte de los tesoros arqueo-
lógicos descubiertos en suelo israelita se encuentran en los magníficos mu-
seos de Jerusalén, Nueva York, París y Londres. Y la meseta de Hazor no
constituye una excepción. Había que regresar a Jerusalén y empe
zar prácti-
camente de cero.
No lo dudé más. Esa misma mañana , navegando entre la esperanza y el
desaliento, cancelé la cuenta, para acto seguido abandonar el hotel y la ciu-
dad de Nazaret. Esta vez me decidí por el servicio de autobuses interurba-
nos. Mi economía no hubiera resistido el dispendio de un taxi o de un coche
de alquiler.
Al mediodía de aquel martes empujaba la puerta giratoria del númer
o 39
de la calle Keren Hayesod en Jerusalén. Como siempre, el vestíbulo del
hotel Moriah era un bullicioso punto de encuentro de turistas de los má
s
53
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remotos confines. Y, una vez más, al sortear la pléyade de parlanchines y
eufóricos alemanes, japoneses, italianos y norteamericanos, me sentí solo y
extraño. ¡Qué ajenos eran mis objetivos a los de aquella humani
dad!
David, el único recepcionista capaz de articular algunas frases en es
pañol,
puso en mis manos varios mensajes, interesándose, curioso y solíci
to, por
el golpe que aún campaba sobre mi fren te. Agradecí el gesto, restando im-
portancia al asunto. En cuanto a las llamadas telefónicas, todas procedían
del Instituto de Relaciones Culturales. Las peripecias en Hazor habían bo-
rrado de mi mente las obligaciones co ntraídas con dicho organismo oficial
judío. La situación me incomodó. Busq ué una excusa que justificara mi si-
lencio. No era fácil. ¿Qué podía argu mentar? ¿Cómo explicar satisfactoria-
mente el hematoma de mi rostro? Aquel estricto y atosigante control empe-
zaba a irritarme. Así que, haciendo caso omiso de los mencionados mensa-
jes, me enfrasqué en la lectura de una de las guías turísticas de Jerusalén”
Lo razonable era iniciar mis nuevas indagaciones por los más sobresalientes
museos de la ciudad. Como segunda op ción tenía a los expertos en numis-
mática y, por último, a los diferentes departamentos de Arqueología y Anti-
güedades de la Universidad Hebrea y de l Servicio de Conservación del Pa-
trimonio Histórico del Gobierno de Is rael. Lo arduo y laborioso de la tarea
no me atemorizó. Estaba dispuesto a remover cielo y tierra con tal de en-
contrar el stater. Curiosamente, mi bú squeda finalizaría mucho antes de lo
previsto…
No tengo muy claro por qué, entre tantos museos, fui a elegir el Rockefe-
ller. Quizá por lo avanzado del día y su relativa proximidad al hotel donde
me alojaba. En Jerusalén, la casi totalid ad de estas instituciones cierra sus
puertas entre las cinco y las seis de la tarde. Disponía por tanto de unas
tres horas. Por otra parte, en la exte nsa relación de científicos con los que
había empezado a entrevistarme figura ba uno Joe Zías- del departamento
de Antigüedades del referido museo Rockefeller, que seguramente podría
orientarme. Todo esto, supongo, contribuyó a que, sin más demoras, mar-
cara el 278624. La fortuna me respaldó. Zías se hallaba en el museo y me
recibiría. Minutos más tarde un taxi me dejaba en el extremo de la calle Su-
leiman, frente a las murallas del vértice norte de la Ciudad Vieja. Permanecí
unos segundos ensimismado y disfrutan do del blanco azulado de aquellos
muros. Era imperdonable. En el tiempo que llevaba en la Ciudad Santa no
me había regalado un minuto de solaz.
Me encogí de hombros y, tras soport ar un minucioso registro del equipo
fotográfico, el vigilante del museo re tuvo la bolsa. Las medidas de seguri-
dad, tanto en el exterior como en el interior del palacete que sirve de sede
54
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al museo, estaban plenamente justificadas. Los tesoros allí depositados son
excepcionales.
Zías me escuchó con curiosidad, examinando las figuras de la tarje
ta pos-
tal. No pestañeó. Me observó deteni damente y, desconfiado, preguntó sin
rodeos:
-¿Por qué le interesa una pieza tan antigua?
-Es una larga historia -improvisé-. Investigo sobre el mundo mágico e ini-
ciático de las viejas civilizaciones semíticas, y ese búho, sin
duda, es una
pieza clave. Intento localizar la moneda y reunir un máximo de información
en torno a su origen y posible significado.
El científico humedeció sus labios con la punta de la lengua y, sin dema-
siado convencimiento, abandonó la abarrotada mesa del despacho, buscan-
do en una de las estanterías. Ojeó el índice de un grueso libro y, tras locali-
zar el capítulo deseado, lo abrió, retornando al sillón con idé
ntica Parsimo-
nia. Lancé una furtiva mirada sobre las páginas que retenían su atención.
Entre las cuatro ilustraciones distinguí dos que reproducían moned
as. Pero
no me atreví a moverme. Mi corazón se aceleró.
Zías, imperturbable, continuó su atenta lectura, retrocediendo dos
o tres
hojas. La tensión empezaba a lastimarme. ¿Qué había encontra
do?
Finalmente, volviendo al punto de partida, me tendió el pesado libro, invi-
tándome a que comprobara. Se tratab a de un tomo sobre mitología gene-
ral, de E Guirand, abierto por las pá ginas 106 y 107. En dicho capítulo se
hacía una exhaustiva descripción de lo s dioses y héroes mitológicos feni-
cios. Y en la citada página 106, en ef ecto, podían verse dos grabados en
blanco y negro con antiquísimas moneda s de Arvad, Biblos y Tiro. Una de
las piezas -en la ilustración ubicada en la esquina superior izquierda- me
dejó atónito. Me precipité sobre el te xto del pie de la fotografía. Su lectura
me desmoronó. Decía así: «Monedas de Arvad (arriba) y de Tiro (abajo),
con temas mitológicos. París, Biblioteca Nacional (Gabinete de Mo
nedas). »
Levanté la vista decepcionado.
-¡Dios santo! -balbuceé- ¡Está depositada en París!
El arqueólogo no pudo contener una burlona sonrisa.
Todas mis esperanzas naufragaron. La moneda se hallaba a seis mil mi-
llas de Jerusalén…
-Sí -puntualizó el judío-, ésa sí…
Le miré sin comprender. Y Zías, apunt ando con el dedo índice izquierdo
hacia el grabado en cuestión, me sugi rió que prestara mayor atención a lo
que tenía ante mí.
Caí sobre ambas caras de la moneda inferior, la de Tiro, y, efectivam
ente,
al revisarla por segunda vez, comprendí que estaba en un error. Aunque los
motivos eran gemelos a los acuñados en la de Hazor, tanto el búho como el
55
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jinete y su hipocampo gozaban de un mayor realce y algunas ligerísimas
variantes. En la de París, la cabeza del «gran duque» y el espantamoscas,
por,,ejemplo, presentaban una inclin ación más acusada hacia la izquierda
que la reflejada en la moneda del tell. No había duda. Eran diferentes. Sin
embargo, la tregua duraría poco. El científico no supo resolver la siguiente y
más importante cuestión. Consultó los catálogos del museo y,
ante mi de-
sesperación, negó con la cabeza. La pieza encontrada en las ruinas de
Hazor no se hallaba en las vitrinas ni en los depósitos del Rockefell
er.
-¿Ha probado usted en el museo de Israel?
-Lo tengo previsto -repliqué resignado.
Zías tampoco supo darme razón sobre el significado de las figuras.
Para
él, como buen profesional de la ciencia, el búho, el espantamoscas o el no
menos enigmático caballero cabalgando sobre un caballo marino, eran s
im-
ples alegorías mitológicas. Nada más. Mi insistencia fue inútil. La posible
simbología esotérica del stater quedaba relegada al mundo de la fantasía y
de los «locos» como un servidor.
A pesar del desplante agradecí su valiosa ayuda. Y el israelita, conmovido
quizá por mi terquedad a la hora de seguir buscando la moneda de Hazor,
me recomendó que acudiera a Michal Dayagi Mendels, conservador y res-
ponsable de los períodos persa y ju dío del aludido museo de Israel. Con
certeza, uno de los museos de mayor relieve del mundo. Un lugar que ja-
más olvidaré…
Dios, o sus «intermediarios», escriben recto con renglones torcidos. Sabia
máxima. Este torpe aprendiz de casi todo estaba a punto de experiment
arlo
una vez más.
Rachel, la servicial funcionaria del Instituto de Relaciones Culturales,
vol-
vió a telefonear. Sabía de mi regres o a Jerusalén y no tuve más remedio
que enfrentarme a la cruda realidad. La jornada se extinguía y, a pes
ar de
mis buenos propósitos, la siguiente fase de las investigaciones -en el museo
de Israel- tuvo que ser pospuesta. La conversación telefónica con la hebrea
sólo contribuyó a embrollar aún más mi posición. Necesita
ba libertad de
movimientos y, ante el desconcierto de la rígida y disciplinada Rachel, le
anuncié mi intención de congelar las entrevistas hasta nuevo aviso. El único
pretexto verosímil que me vino a la mente fue el de la gran marcha a
pie,
desde Nazaret a Belén. Deseaba emprende r el proyecto cuanto antes y, en
consecuencia, las reuniones pasarían a un segundo plano. Como en encuen-
tros precedentes, trató de disuadirme, alegando que una caminata de tales
proporciones exigía una preparación e infraestructura más sólidas y minu-
ciosas. No cedí un solo milímetro. Mejo r dicho, en lo único que me mostré
conforme fue en cambiar impresiones co n el doctor Liba, director del insti-
56
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tuto, y en aceptar una carta oficial de dicho organismo que, de alguna ma-
nera, respaldara mi aventura e hicier a las veces de «salvoconducto». Y a
primera hora del día siguiente cruzaba el portal número 6 de la calle Soko-
lov, recibiendo el utilísimo document o, en hebreo, de manos del propio
Moshe Liba. Un documento en el que se detallaban mis objetivos y se reca-
baba la ayuda y colaboración de las au toridades militares de las zonas por
las que tenía previsto transitar. El e scrito -yo entonces no podía imaginarlo
siquiera- resultaría providencial en de terminados momentos de la severa e
inolvidable marcha de cuatro días por la margen derecha del rió Jordán. Pe-
ro ésta es otra historia que poco o nada tiene que ver con el enigma del
mayor y que quizá algún día me anime a contar.
A partir de aquella radiante mañana del miércoles, el bus número 9 se
convertiría en un elemento familiar pa ra mí. Fueron unas jornadas plenas
de emoción, en las que, salvo contadas ocasiones, el citado autocar repre-
sentó mi único nexo de unión con la c alle y con las gentes de Jerusalén. Al
tomarlo por primera vez en la avenida Ge orge V, frente al hotel Plaza, mis
pensamientos continuaban volcados en el stater y en sus refractarias fig
u-
ras. La del búho real, sobre todo, me tenía obsesionado. ¿Por q
ué sus plu-
mas sumaban «seis»? ¿Podía ser la ansiad a pista? Como refería, los cami-
nos de la Providencia son imprevisibles. Aquella misma noche, de regreso al
hotel, me reiría de mí mismo. Pero si gamos el hilo de los curiosos sucesos
que se me avecinaban.
Yo había visitado el museo de Israel en mi anterior estancia en el país.
Los museos, lo reconozco, son una vieja debilidad. Al descender al -
suroeste de la ciudad, el espacioso complejo se abrió ante mí como un nue-
vo reto. ¿Por dónde empezar? El muse o reúne un total de veintisiete insta-
laciones, con un apretado núcleo de salas dedicado a las más heterogéneas
disciplinas: arte, prehistoria, arqueología judía y asiática, etnografía, biblio-
teca y un largo etcétera.
Era elemental. Quizá Dayagi, el curator o conservador de los períodos ju-
dío y persa, pudiera alisar mi labor. Como primera medida resultaba obliga-
do ponerlo en antecedentes y localizar la moneda. Pero, como digo, el Des-
tino tenía otros planes. Michal no se hallaba en su despacho. Y nadie supo
informarme sobre su posible vuelta al museo. Mostré la tarjeta postal
a una
de las empleadas del servicio de in formación y relaciones públicas, pero,
tan ignorante como YO sobre el partic ular, me aconsejó que consultara en
la biblioteca del centro. La sugerencia me disgustó. Aquello significaba -casi
con seguridad- una nueva e irreparabl e pérdida de tiempo y de energías.
También cabía la posibilidad de lanzarse a una ciega búsqueda d
el stater
por entre las decenas de salas y los cientos de vitrinas. Es curioso. Lo razo-
nable hubiera sido obedecer los sensat os consejos de mi informante y del
57
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sentido común, acudiendo a los bibliotecarios o a otros arqueólogos y espe-
cialistas en antigüedades. Inexplicablemente, desoyendo los argumentos de
mi conciencia, elegí lo más difícil… y atractivo: emprender la búsqueda por
mis propios medios. Esta peligrosa y supon90 que genética tendencia mía
me ha costado senos reveses. Pero en cajé el desafió. La operación podía
ser un rotundo fracaso. Lo sabía. Sin embargo, este método -como todo lo
imprevisto y misterioso- ejerce sobre mí una influencia dominadora. No he
hallado jamás nada más excitante que la aventura de lo desconocido. Y con
un entusiasmo desbordante descendí las escaleras que conducen a los s
ó-
tanos del pabellón de arqueología. No puedo explicarlo con claridad, pero
«algo» parecía llamarme desde las entrañ as del museo. ¡Bendita intuición!
¿0 no fue la intuición la que guió mis pasos? Nunca lo sabré
…
Consulté el reloj. Las diez horas. El museo cerraba las puertas a las dieci-
siete. Disponía, por tanto, de un gene roso margen, más que sobrado, para
explorar las repletas salas correspondientes a las nueve o diez centurias an-
teriores a Cristo.
«Hazor es su nombre … »
Las imágenes de la moneda y el tell de Hazor eran mis únicas pistas. Len-
ta y reposadamente abrí la investigación, con los cinco sentidos puestos en
cualquier pieza, mapa, escultura o referencia que llevara por nombre Hazor
o Tiro.
«… y sus alas te llevarán al guía. »
Las doce horas. Las estériles pesquisas empezaban a barrenar mi ánimo.
¿Y si aquel despliegue resultaba tan baldío como los anteriores? ¿
Qué segu-
ridad tenía de que la moneda de plata había sido contemplada y «utilizada»
por el mayor?
Paso a paso revisé una legión de re stos correspondientes a los períodos
del Bronce, remontándome, incluso, a centurias tan fuera de lugar como las
diecisiete y dieciocho antes de Cristo.
Dejé atrás los vestigios hallados en los estratos del primer período del
Hierro y, a eso de las trece horas, lo s acontecimientos se precipitaron. Al
pisar la sala 309 de las de arqueología, el correspondiente cuadro resumen
del segundo período israelita del Hie rro (@0 a 586 a. de J.C.) activó mis
alertas. El stater, según los arqueólogo s, había sido acuñado hacia el cua-
trocientos antes de nuestra era. Estaba, pues, muy cerca del posible objeti-
vo.
Fiel a la táctica de explorar cada sala empezando siempre por la dere
cha
de la puerta de acceso, fui paseando frente a la primera pared, revisand
o
unas diminutas estatuillas de terracota y una valiosa colección de sellos y
58
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monedas. Doblé la esquina y, al iniciar el rastreo de la segunda pared, un
nombre y una pequeña cabeza de arcilla me fulminaron. ¡Hazor!
Me precipité sobre la pieza. El rótulo explicativo hablaba de Astarte, diosa
de la fertilidad, encontrada en las ruinas del tell, de la octava centuria antes
de Cristo. «Claro -me dije a mí mismo-, esta finísima escultura de greda fue
extraída por Yadin en la excavación de l IV estrato.» ¡Atención! Sin darme
cuenta había penetrado en una sala en la que Hazor podía ocupar un lugar
prominente. No me equivocaba. En el suelo, junto a la mutilada representa-
ción de Astarte, se exhibía un ciclópeo dintel de piedra, utilizado en una de
las puertas de la ciudad-fortaleza. Te mblé de emoción. Mis sentidos se
abrieron a la par, listos para engullir el más leve de los detalles. Retrocedí
junto a la cabeza de la diosa, subyugado por sus ojos y, en especial, ante la
casi imperceptible y burlona sonrisa de sus breves y delicados labios. No sé
explicarlo. En realidad, ni yo mismo lo entiendo. Mi vista y mi corazón que-
daron atrapados en la dulce y al mismo tiempo burlesca expresión del rojizo
rostro. Tuve la clara sensación de que, a pesar del vacío de sus ojos, la di-
vinidad me transmitía algo. «Esto es ri dículo», concluí al término de la in-
tensa observación. Y girando sobre mi s talones, lancé una mirada a la es-
tancia. La enigmática sonrisa de Astarte -ahora a mi espalda- siguió
viva y
flotante en mi memoria.
«Un momento … »
Aquella intuición -lo sé- no fue cosa de mi torpe entendimiento. Y
la
«fuerza» que me acompaña me impuls ó a girar la cabeza, al encuentro de
los ojos de la diosa.
«Un momento … »
Fui a colocarme a la izquierda del pe destal que sostenía la figura, tratan-
do de seguir la dirección apuntada por tan fascinantes ojos. No habí
a duda.
Astarte «miraba» al centro geométrico de la sala cuadrangular. La lógica se
reveló de nuevo.
«¡Estás chíflado!», me reproché al punto.
Muy posible. Pero también era cierto que muchas de estas «locuras» me
han brindado estimulantes sorpresas… Un familiar relampagueo en las en-
trañas me puso sobre aviso. Ya no podía retroceder. La curiosidad había
echado a volar. Me encaré nuevamente con Astarte y, esta vez, la sutil son-
risa se acentuó en mi imaginación. ¿O no fue cosa de mi imaginación?
Di media vuelta y, sin atreverme a mover un músculo, espié el pedestal
que se levantaba a cuatro o cinco metros. ¿Qué contenía? ¿Por qué su sim-
ple contemplación alteraba mi pulso? La situación era ridícula.
A fin de
cuentas, tarde o temprano habría llegado hasta él… ¿No estarí
a exageran-
do? ¿Por qué prestar tanta atención a una oscura sonrisa y a unos ojos de
barro?
59
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Siempre me ha encantado disfrutar de situaciones límite. Estados que
pueden desembocar, o no, en sorpresas o en logros altamente provechosos.
Así que, midiendo cada Paso, fu i acercándome al negro pedestal –
probablemente metálico- sobre el que descansaba una urna cúbica. A
su
derecha, desde mi posición, a un nivel in ferior al del arca de cristal, un pie
igualmente de metal se abría en un atril.
A mitad de camino me detuve. Estaba seguro, pero quería cerciorarme.
Giré y busqué los ojos de la diosa. En efecto sostenían la trayectoria que
conducía a la columna. Una punzante mezcla de ansiedad y zozobra me re-
tuvo unos segundos. Mi vista relampagueó por la cara del pedestal, sin des
cubrir el obligado rótulo explicativo. Seguramente se hallaba en el interior
de la urna. La tensión se desencadenó y, de un salto, me arrojé sobre el ar-
ca. El instinto me gritaba que allí, entre las paredes de vidrio, tenía que es-
tar lo que perseguía: la milenaria moneda de Hazor, con el búho re
al.
Fue un mazazo. Mi orgullo, fantasía y locas esperanzas se volatilizaron.
No pude despegarme de la urna. En su interior no aparecía el apreciado
stater Tan sólo tres objetos, en hue so o marfil, pertenecientes a un ajuar
femenino. La decepción me hirió tan pr ofundamente que ni siquiera reparé
en las reducidas etiquetas mecanograf iadas que aclaraban la naturaleza y
origen de los utensilios a la vista. Estaba hipnotizado por el desencanto, con
las manos aferradas a las aristas de aquella maldita urna de 45 centímetros
de lado. Y allí mismo maldije a la diosa y, obviamente, mi necia precipita-
ción.
Me revolví con rabia y, clavando los ojos en los de Astarte, me interrogué
a mí mismo. ¿Cómo podía ser tan ingenuo y estúpido a un t
iempo? No tenía
solución…
En esos momentos, mientras fulminab a la pétrea y burlona sonrisa de la
divinidad desenterrada en Hazor, el subconsciente, de manera subliminal,
resucitó la imagen de una de las piezas depositada en la urna.
« ¡Dios! ¿Qué era lo que acababa de contemplar a mis espalda
s?»
Pestañeé nervioso. Y la máscara de ar cilla, como sucediera poco antes,
pareció confirmar mis sospechas, en sanchando su mueca desde la pared y
haciéndome vacilar.
« ¡No, es posible! »
Me incliné hacia la vitrina. Comprobé que lo que descansaba en su interior
no era un mal lance de mi desenfrenada imaginación y, a renglón seguido,
devoré el rótulo que yacía al pie del objeto.
Una sacudida me hizo retroceder. Demudado, presa del susto, sólo acerté
a escapar de allí, refugiándome en uno de los ángulos de la sal
a.
* ¿Qué clase de juego era aquél? »
60
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*… y sus alas te llevarán al guía. »
El criptograma se encendió en mi cerebro.
«¡Era absurdo! ¡Todo lo era … !»
«Mira, envío mi mensajero delante de ti … »
La cabeza de la diosa. La enigmática sonrisa. Sus ojos vacíos. Y a
hora…
«aquello».
«¡Dios!»
Sabía que estaba prohibido fumar. Pero encendí un pitillo, dejando que el
recio y obediente humo suavizara los ne rvios. Lo aplasté con la segunda y
relajante bocanada, retornando decidido hasta la urna.
«¡Increíble!»
Completé una vuelta en tomo a la caja de cristal, observándola desde dis-
tintos ángulos.
«… el número secreto de sus plumas.»
Todo parecía encajar. ¿0 era mi ale gría la que, atropellada y falsamente,
estaba concibiendo un nuevo fantasma?
Me supliqué serenidad. Abrí el cuaderno «de campo» y, casi sin pulso, co-
pié la leyenda, en inglés, que escolt aba mi descubrimiento. Decía textual-
mente: «DECORATED BONE BUNDLE. Ha zor, 9th. century B.C.E. Probably
part of a mirror or sceptre, the hadle shows a winged figure grasping the
open volutes of a “tree of life” in relief.
Traducido venía a decir que aquella pieza -un mango de hueso decorado-
procedía de Hazor. Su antigüedad, a juicio de los arqueólogos, se remonta-
ba a la novena centuria antes de Cristo. El rótulo añadía que, probablemen-
te, se trataba de una parte de un espe jo o cetro en la que aparecía, en re-
lieve, una figura alada asiendo las volutas abiertas de un «árbol
de la vida».
¡Una figura alada! ¡Y originaria de Hazor! ¡Un ser con alas, infinitamente
más atractivo que el búho!
Pegué la nariz al cristal, absorto y maravillado. El delicado relieve
-
trabajado sobre un cilindro de hueso de unos 20 centímetros de altura por
otros 6 o 7 de diámetro representaba, en efecto, una especie de ángel con
cuatro grandes alas extendidas. Dos nacían de sus espaldas y las restantes,
dirigidas hacia tierra, de la cintura. Presentaba el típico perfil eg
ipciobabiló-
nico, con los brazos ligeramente desp egados del cuerpo. El derecho exten-
dido hacia adelante y el izquierdo hacia atrás. Las manos, como rezab
a la
leyenda, agarraban sendas ramas (? ) de un achaparrado arbusto. Aquella
criatura híbrida llenaba la casi totalid ad de la superficie del mango. En
cuanto al «árbol de la vida», había sido labrado en la cara
opuesta.
Las dos piezas que acompañaban al «ángel» -así lo bauticé
desde el pri-
mer momento- no llamaron mi atención . Una consistía en una cuchara de
marfil, utilizada seguramente en cosmética, con el mango labrado a base de
61
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palmas invertidas. Un pequeño espejo rectangular situado en el piso de la
urna permitía ver su cara inferior. La otra -también desenterrada en las rui-
nas de Hazor- era una parte de una copa o recipiente cilíndrico, confeccio-
nado igualmente en marfil.
Pero si el hallazgo del mango de hueso con el «ángel» fue vital, la obser-
vación del dibujo exhibido en el atr il contiguo a la urna lo fue mucho más.
Los responsables del museo, con un acertado y providencial criterio, habían
trasladado al papel el desarrollo íntegr o y exacto -minuciosamente exacto
diría yo- del altorrelieve labrado en el mencionado cilindro. Allí, las caracte-
rísticas y detalles del «árbol de la vida» y del personaje aparecían con total
nitidez.
Me arrodillé frente al esquema y, d urante largo rato, permanecí ensimis-
mado y saboreando lo que, a primera vista, parecía una importante clave.
Desgraciadamente, a intervalos, el recuerdo del stater de plata venía
a en-
turbiar mis pensamientos. ¿Cuál de lo s dos tenía que ver con el criptogra-
ma? ¿Y si no fuera ninguno? En el museo quedaba mucho por mirar.. Las
circunstancias exigían una especial frialdad. Convenía analizar y desmenu-
zar ambas pistas, siempre a la luz del texto del mayor.
Mira, envío mi mensajero
delante de ti, MARCOS 1.2.
Hazor es su nombre
y sus alas te llevarán
al guía MARCOS 6.2.0.
El número secreto de sus plumas
es el número secreto del guía,
el que ha de preparar tu camino, MARCOS 1.2.
Un primer flash me hizo saltar de ale gría. ¿Cómo no lo había intuido an-
tes? La palabra «mensajero» también podía ser interpretada o traducida
como «ángel». En sentido literal, és e es su genuino significado. Aquella
criatura -con cuatro alas y aferrada al bíblico «árbol de la vi
da»- tenía que
simbolizar al famoso ángel guardián de l Paraíso: el querubín cuya misión
era custodiar el árbol de la inmortalidad . Tanto si el mango de hueso había
sido obra de judíos como de persas, ambos conocían y eran depositarios de
la misma tradición.
« Mira, envío mi mensajero -¿mi ángel?- delante de ti. »
¿Estaba, por tanto, ante el «mensajero» citado en el criptogram
a?
En cuanto a la tercera frase Hazor es su nombre»-, quizá el juego de pa-
labras del mayor estaba insinuando que el ángel o mensajero llevaba d
icho
nombre.
62
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La cuarta y quinta frases se resistie ron. Si aquél, realmente, era el men-
sajero alado, ¿cómo o de qué forma sus alas podían llevarme
al guía?
Impaciente, salté a la sexta y séptima referencias: las plumas y el núme-
ro secreto. Al sumarlas, el resultado me confundió. Incrédulo, repetí la ma-
niobra.
« ¡No puede ser! Quizá la réplica del atril sea defectuosa.
»
En el fondo, conociendo la eficacia de los judíos, sabía que tal posibilidad
era una quimera. Pero, por seguridad, fui a reunirme con el original y, con
una franciscana paciencia, conté las pl umas esculpidas en el cilindro. No
había error. Y la certeza de que me hallaba ante el «Hazor» del enigma
conquistó terreno en mi corazón.
No podía desperdiciar un minuto. La imposibilidad de fotografiar la pieza y
el dibujo -las cámaras estaban prohibidas en el museo- me obligó a recurrir
a una fórmula intermedia: copiar el desarrollo. Tiempo habría de localizar la
documentación correspondiente y actuar en consecuencia.
Perfilada mi rústica «obra de arte» y ansioso por encerrarme a
estudiarla,
a punto estuve de tomar el camino de salida.
Fue menester una carga extra de disciplina. El magnetismo del «áng
el»
de la sala 309 tiraba de mí hacia el hotel. Sin embargo, como digo, un inna-
to sentido de la responsabilidad me amarró al lugar. Había que rev
isar el
resto de las dependencias. Al meno s, apurar aquellas que guardasen rela-
ción con las excavaciones y hallazgos del tell de Galilea.
Poco antes del cierre del museo -ren dido y excitado di por rematada la
exploración. Paradójicamente, la infructuosa búsqueda me tranqu
ilizó. Nin-
guna de las salas albergaba el menor rastro de cerámica, escultura, p
intura
o enseres con representaciones o símbolos alados de Hazor. En cuanto
a la
moneda acuñada en Tiro, ni rastro.
Y con un prudencial optimismo lo disp use todo para el «asalto» a la
enigmática figura del «ángel de Hazor». ¿Había llegado
el gran momento?
«El número secreto de sus plumas
es el número secreto del guía … »
Estas sentencias -sexta y séptima re spectivamente fueron mi principal
obsesión en aquella larga noche del mi ércoles. Admitiendo que el mayor -
que podía haber visitado el museo de Israel exactamente igual que yo
hubiera puesto sus ojos en tan bella y simbólica imagen, convirtiéndola en
el eje de su enigma, ¿qué reservada información había enterr
ado bajo el
concepto de «número secreto de sus plumas»?
Cada una de las alas superiores presentaba 12 plumas. Ello hacía un total
de 24. 0 sea: 2 + 4 = «6». Curioso.
63
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Las inferiores, en cambio, arrojaban un resultado diferente. La dibujada
junto a la pierna derecha disponía de 10 plumas. En la cuarta sólo se dis-
tinguían 5. Lo desconcertante es que la suma última -la de las plu
mas de
las cuatro alas- también daba el mismo dígito: 42. Es decir, 4 + 2 = «6».
Este número -el endiablado «seis»- aparecía invariablemente,
tanto si lle-
vaba a cabo las sumas individuales en las alas superiores o inferiores como
en la mencionada adición final. (@ + 12 = 24 = 2 + 4 = 6, que sumado a
10 + 8 = 9 era igual a 6 + 9 = 15 = 1 + 5 = «6».)
Durante horas, aquel aparente juego me catapultó a un universo de espe-
culaciones, maniobrando con las alas y los números en todas direccion
es,
por activa y por pasiva, hasta el agot amiento. La postrera y provisional
conclusión fue la misma que había divi sado en los primeros análisis, en la
sala 309 del museo de Israel: quizá el número secreto de las
plumas de aquella criatura fuera el «seis». (Idéntico al que a
rro ‘ jaban
los peldaños que conducían a los túneles de las ruinas de Hazor
.)
Si estaba en lo cierto, «el número se creto del guía» tenía que ser, obvia-
mente, el mismo.
Había, además, otro pequeño-gran detalle que -dado el peculiar estilo del
mayor- fortaleció mi seguridad. La fr ase alusiva al críptico número secreto
de las plumas hacía, justa y «causalm ente», la número seis en el enigma.
¿No era mucha coincidencia?
Sin embargo, lo más importante -cruc ial a mi modo de ver- continuaba
oscuro y lejano.
«… y sus alas te llevarán al guía MARCOS 6.2.0.»
Aceptando, insisto, que aquél fuera el ansiado «Hazor» ¿Cómo interpretar
el sentido de ambas frases? ¿Qué debía entender? Las palabras «
te lleva-
rán» sólo Podían esconder un significado puramente simból
ico. El cilindro de
hueso se hallaba enclaustrado en una urna. Eso era obvio. No hacía falta
una especial inteligencia para deducir que las alas en cuestión eran quizá un
medio, una fórmula o una desnuda or ientación para acceder al no menos
confuso guía. Así me lo planteé. Lo sabía por experiencia: aunque aparen-
temente complicado, el «lenguaje» de los criptogramas del oficial nortea-
mericano resultaba siempre mucho más directo y elemental de lo que yo
mismo me empeñaba en imaginar. «T e llevarán», en suma, podía ser aso-
ciado a «te conducirán» o «te guiarán».
Desafortunadamente, la modesta copia que yo dibujara en mi cuaderno
«de campo» no me permitió mayores alardes. Estaba claro. Habí
a que ins-
peccionar las alas in situ. Quizá la posi ción u orientación de las mismas en
el cilindro escondiese «algo» que no había advertido. Estos razonamientos -
64
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elementales por otra parte- ganaron lo suyo cuando, en uno de los infinitos
paseos a lo largo y ancho de la habitación, me vino a la memoria otra de las
claves del criptograma: la formada por la primera palabra de cada una de
las frases. «Mira delante de Hazor y a Él. Es él.» Leyendo entre líneas, el
enigma era un continuo sobresalto. La ca ja de las sorpresas -y de los true-
nos- había sido destapada.
Suele ocurrirme con frecuencia. Aquellos que hayan sabido de mis peripe-
cias y desventuras por el mundo, está n al tanto de los bruscos giros que,
con más asiduidad de lo recomendado, experimento y experimentan las in-
vestigaciones en las qué me veo envuelto. Pero así es la vida.
A la mañana siguiente, con todo a p unto para la exploración sobre el te-
rreno, cambié de pensamientos. Retrasaría esta fase del trabajo en benefi-
cio de un más redondo conocimiento bi bliográfico del origen, naturaleza y
simbología del «ángel de Hazor». Había, además, otra p
oderosa razón. So-
bre mi espartana y metódica concienc ia -suponiendo, claro, que aún quede
algo de ella- seguía pesando la densa relación de libros y documentos inédi-
tos que hablaban del tell de Galilea. No me sentiría en paz conmigo mismo
hasta su total revisión. Este despreci o de lo que muchos llaman intuición
calmaría mi espíritu, sí, pero me haría perder un tiempo pre
cioso.
Dicho y hecho. En las jornadas siguie ntes -desoyendo como un necio Uli-
ses las continuas «llamadas» de la sala 309-, mi tiempo e inteligencia fue-
ron inmolados en la biblioteca del museo de Israel. La batalla con los fiche-
ros, catálogos y volúmenes fue tan agotadora como inútil. Y al mediodía del
viernes, a un paso de la rendición y seguramente a causa del nerviosismo,
tuve el feliz gesto de mostrar a las pacientes bibliotecarias el dibujo
que
había copiado en el cuaderno «de camp o». Al ver el «ángel», la más joven
me guiñó un ojo, exclamando:
-¿Y por qué no lo dijo antes?
A los pocos minutos, complacida y sonriente, ponía en mis manos un li
bro
de tapas ocres. Se trataba de una obra Yigael Yadin -Hazor- editada en
Nueva York en 1975. Impaciente, revoloteé sobre sus doscientas ochent
a
páginas, todas ellas cuajadas de imág enes y gráficos relacionados con las
excavaciones del célebre profesor judío. De repente, una fotografía en blan-
co y negro -a toda plana- me dejó clavado en la página 156. Abrí el cuader-
no de notas y, antes de proceder, di gracias al cielo.
« ¡Al fin! »
Pero el estallido de euforia iría apagándose lenta e inexorablemente, con-
forme fui apurando el texto que acompañaba las ilustraciones.
En la mencionada lámina se mostraban tres excelentes tomas del cilindro
que había descubierto en el museo. La de la izquierda presentaba la cara
65
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más aplanada del hueso, con el «árbol o arbusto de la vida». Las dos res-
tantes correspondían a la superficie convexa, con el altorrelieve del «án-
gel». En la página contigua, reforzando el texto en inglés, Yad
in reproducía
un dibujo de 4 X 6 centímetros, idéntico al que se exhibía en e
l atril de la
sala 309. Al pie de la gran fotografía de la izquierda podía leerse el siguien-
te texto: «El espejo de la vecina de la señora Makhbiram.»
En la página precedente reconocí también -en esta oportunidad e
n color-
la cuchara de marfil, igualmente depositada en la urna y que, según el tex-
to, había sido propiedad de la tal seño ra Makhbiram, en la ciudad-fortaleza
de Hazor.
Como es fácil suponer, no quedó una sílaba de aquellas setenta
y una lí-
neas de texto -incluyendo los dieci nueve versos de un poema del profeta
Amós acerca de un terremoto que asol ó la región- que no fuera escudriña-
da. Sin embargo, como decía, las aclar aciones de los arqueólogos en torno
al «ángel» resultaron poco menos que nulas. Las únicas noved
ades -si es
que se las puede denominar así fueron que la pieza había sido desenterrada
en el estrato VI de Hazor (el «6» pa recía indeleblemente fundido a toda la
historia), siendo propiedad de una an ónima vecina de la pudiente señora
Makhbirarn. Estos enseres fueron sepu ltados en el año 763 a. de J.C., a
causa del referido terremoto. Por descontado, la figura del querubín-
guardián del jardín del Edén ponía de manifiesto una notoria influencia de
las civilizaciones fenicias y cananeas en los israelitas asentados en el norte
del país. En cierto modo, aquel símbol o -si es que en verdad constituía la
auténtica pista del enigma encajaba a las mil maravillas en la hipoté
tica vo-
luntad del mayor de resguardar su «tesoro». ¿Qué mejor «g
uardián» del
propio criptograma que el mítico ángel del Paraíso?
Hubo también otro sutil factor que, francamente, me dio qué pensar. En
opinión de los expertos, la cabeza de mujer que adorna la cuchara de cos-
mética podía ser la efigie de Astarte, la diosa de la fertilidad. Sé que el ar-
gumento resulta endeble, pero durante un tiempo no pude disociar la enig-
mática sonrisa de la divinidad que había hallado en la pared de la sala 309
de esta otra réplica, tallada en un ex tremo de la cuchara de marfil y que,
casualmente, acompañaba en la urna al cilindro de hueso. Pero esto, lógi-
camente, sólo pertenecía al reino de las sospechas o, como mucho, al de
las íntimas creencias que, al fin y a la postre, no servían para materializar
lo que tanto ansiaba. La verdad, fría e inalterable, es que los textos científi-
cos no aportaban indicio alguno sobre el «ángel» ni sobre sus a
las. La con-
sulta sirvió también para precisar las dimensiones exactas del cilindro de
hueso: 18 centímetros de altura por 5, 5 de diámetro. Gracias a Dios, ahí
concluiría mi penosa y dilatada incursió n a las bibliotecas de Israel. Y con
idéntica amabilidad, las bibliotecarias accedieron a fotocopiar ,algunas de
66
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las páginas del libro de Yadin. Un volumen que, de haberlo hojeado a tiem-
po, me habría ahorrado más de una calamidad. Pero el cielo -no me cansa-
ré de insistir en ello- escribe derech o con renglones torcidos. Lo malo es
que un servidor parece gozar de una especial habilidad para, encima, «re-
torcer lo torcido»…
El declive de aquel viernes me forzó a olvidar la sala 309, al menos
hasta
las diez horas del día siguiente. La jo rnada, sin embargo, no se iría de va-
cío.
Digo yo que no tiene otra explicación. Desde el instante en que empecé a
trabajar sobre el desarrollo del «ángel», descubriendo que quizá el número
secreto de sus plumas era el «6», una idea venía germinando en los reco-
vecos de mi subconsciente.
A primera hora de la tarde, mientras contemplaba el sinuoso resbalar de
la lluvia en los cristales del bus 9, de cidí probar fortuna. Aunque la opera-
ción era de lo más inocua e inocente, tomé precauciones. Mi súbito interés
por aquellos documentos podía inquietar a los, de momento, tranquilos ser-
vicios de Información judíos. Rehusé ut ilizar el teléfono del hotel y, desde
una cabina pública, marqué el 282936. Instantes después, uno de mis ami-
gos franciscanos del convento de la Flagelación, en la Ciudad Vieja,
me pro-
porcionaba la información necesaria.
El tiempo apremiaba. Y, casi a la carrera, me planté en la direcció
n exac-
ta: la confluencia de las calles Jaffa y Shlomzion Hamalka. En dicha esquina
-tal y como me había especificado el buen monje-, frente por frente a un
comercio de flores, en el segundo pi so, encontraría lo que buscaba. Tuve
suerte. Aunque la oficina estaba a punto de cerrar, uno de los funcionarios,
de origen sefardí, se mostró encantad o de poder servirme y, de paso, de
refrescar su arcaico castellano.
La verdad es que no tenía muy claro cuál de aquellos mapas militares po-
día ser el idóneo. Así que, curándome en salud, arrambié con media doce-
na, seleccionando diferentes áreas del norte, centro y sur del territorio.
Hasta ahí todo fue de perlas. Pero un funesto presagio me conmovió de pies
a cabeza cuando, al abonar las cartas topográficas, el empleado del Gobier-
no reclamó mi pasaporte, tomando buena nota de mi filiación. El imprevisto
contratiempo -insalvable por otro lado- traería cola…
Los mapas -a escala 1:100 000- eran mi nuciosos. Perfectos. Y entusias-
mado por la adquisición y, en especial, ante la atractiva idea de poder veri-
ficar la hipótesis acerca de las alas, apresuré la marcha, enclaustrándome
de nuevo en el hotel.
« … Y sus alas te llevarán … »
67
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Busqué una guía de carreteras entre mis papeles. Al desplegarla, l
os de-
dos temblaron. No sé explicarlo. Yo sabía que algo estaba a punto de suce-
der.
Elegí la ciudad de Jerusalén como cent ro del «ensayo». Allí, después de
todo, se encuentra el museo de Israel y el «ángel». A continuación dibujé
dos líneas rectas sobre el mapa. Una vertical o eje de ordenadas, siguiendo
la dirección norte-sur, y la segunda, ho rizontal o eje de abscisas, de este a
oeste. La Ciudad Santa, repito, ocupaba la intersección de dichos eje
s.
Examiné de nuevo la fotocopia del libro de Yadin, reafirmándome en
lo
que ya sabía: si tomaba la silueta de la criatura alada como imaginario eje
vertical, cada una de las alas venía a ocupar un cuadrante.
El viejo presentimiento tomaba cuerpo…
Pues bien, de acuerdo con este planteamiento, las plumas más largas,
co-
rrespondientes a cada una de las alas, podían ser asociadas a otras tantas
direcciones o rumbos. Las dos superiores marcarían así el noreste y noroes-
te, respectivamente, y las inferiores, el sureste y suroeste, también respec-
tivamente.
Aquello parecía válido. Si las alas -como aseguraba el enigma- deb
ían
conducir al guía, era lógico supone r que ocultasen alguna información.
Quién sabe si la posición de una ciudad, de un pueblo, de un monumento o
de un accidente geográfico. Para despej ar el dilema sólo intuí un camino:
trabajar con las plumas.
Las alas que nacían en la espalda del querubín -como ya fue dicho-
su-
maban 24 de estas plumas (@en cada una). El paso siguiente era elemen-
tal. ¿Qué sucedía si transformaba lo s números en grados? Ello desemboca-
ba en cuatro rumbos muy precisos : 012, 098, 190 y 282 grados, respecti-
vamente, tomando como base, insisto, el número de plumas de cada ala
(L 8, 10 y 12) y estos mismos dígi tos como la magnitud angular a consi-
derar, partiendo de los ejes base de cada uno de los cuadrantes. Al carecer
de un transportador o de una regla graduada, tuve que ingeniármelas a ba-
se de paciencia. Dividí cada cuadra nte en diez ángulos más o menos igua-
les, emprendiendo entonces una meticu losa revisión de los 40 rumbos. En
un primer momento, el abigarrado ha z de rectas me desmoralizó. Cada lí-
nea «pisaba» decenas de poblados, montañas y ciudades israelitas. ¿Estaría
allí la respuesta?
Tenía que empezar por alguna parte. As í que me decidí por lo más cuer-
do: el rumbo 010′. Es decir, la primera de las divisiones. La mecánica de
exploración fue igualmente simple: partiendo del centro de los ejes -de Je-
rusalén-, fui siguiendo la línea que hab ía dibujado a lápiz sobre el mapa,
primero en dirección norte y, acto seguido, hacia el sur. La lectura de aquel
rumbo no me dijo nada. La mayoría de las poblaciones -árabes o judías- re-
68
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sultó impermeable. No hallé una sola relación con Hazor o con el «ángel».
Salté a la segunda dirección -020′- y, al cruzar el mar de Galilea
, el nombre
de Hazor me atrapó. Las ruinas del te ll, rigurosamente registradas en el
mapa, quedaban entre ambos rumbos, muy cercanas a los 010′. Aquella
aparente casualidad me dejó un tanto perplejo. Pero, sin prestarle mayor
atención, continué el paciente rastreo.
Dos horas más tarde, con el bloc ga rrapateado por un sinfín de inútiles
anotaciones, me di por vencido. Había fallado de nuevo. Los cuarenta rum-
bos sólo eran una maraña de vanas ilu siones. No me fue posible descubrir
la más remota conexión entre los ciento s de enclaves que coincidían con el
paso de las líneas.
Desmoralizado, me tumbé en la cama, negándome a pensar.
Pero el Destino acostumbra a no darme tregua. A los pocos minutos, tre-
pando por encima del desencanto y de la melancolía, esa misteriosa «
fuer-
za» que jamás me abandona removió mi memoria, sacando a la luz el ya
olvidado lance de la posición de la ciudad-fortaleza de Hazor entre los rum-
bos 0 10 y 020 grados. Visualicé en mi imaginación la airosa figur
a del «án-
gel» e, instantáneamente, reparé en un detalle que, a fuerza de tenerlo a la
vista, había escapado de mis pensamientos.
«¡Demonios!»
Como impulsado por un resorte me se nté en la cama, sorprendido ante
mis propias especulaciones.
« ¡Doce plumas! Pero no -rectifiqué sin poder olvidar el rosario de des-
aciertos- Seguro que no coincide. Eso sería un milagro.»
La semilla de la duda estaba sembrada.
«Además -remaché para mis adentros -, para comprobarlo necesitaría un
transportador .. »
Fue inútil. Aquel forcejeo conmigo mismo estaba sentenciado desde el
principio.
«¿Y dónde localizo un maldito transportador?»
Consulté la hora. Las cuatro y media. El dichoso sábado judío e
staba al
caer. Caminé hacia la ventana, dando fe del raudo oscurecimiento de J
eru-
salén.
« Sí, quizá aún pueda… »
Escapé del hotel como una exhalación, urgiendo al taxista para que
me
condujera a la puerta de Jaffa, en las murallas de la Ciudad Vieja. Tanto los
árabes como los cristianos aprovechan el masivo cierre de los comercios y
establecimientos judíos en el sabbath, ofreciendo los suyos a la miríada de
extranjeros que acierta a circular por sus respectivos barrios.
69
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Con la precipitación no reconocí mi e rror hasta que, en pleno corazón de
la Old City, comprendí que había equivocado la puerta de entrada a
la tor-
tuosa y negra ciudadela.
Por la de Damasco, algo más al norte, el acceso al sector cristiano habría
sido directo. Pero no eran momentos para lamentaciones. Lo importante era
encontrar una librería, una papelería o cualquier bazar donde adquirir el
instrumental necesario para mis indagaciones.
Sin rumbo fijo fui penetrando en las animadas y pestilentes callejuelas,
preguntando a los recelosos musulmanes.
-Book-shop?
Los escasos árabes que terminaban po r entender mi propósito de visitar
una librería me arrastraron invariablemente- a su propio negocio, o al de un
pariente o amigo, metiéndome por los ojos los típicos y tópicos libros sobre
Tierra Santa, embarullados siempre entre una constelación de souvenirs. La
fuga de algunos de aquellos cuchitrile s fue laboriosa. Y desplomada ya la
noche, rendido por el incesante trotar de pasadizo en pasadizo y de bazar
en bazar, renuncié a mi empeño, descubriendo con desolación que
-para
colmo de males y desventuras- me h allaba irremisiblemente perdido en las
entrañas del nada recomendable barrio árabe. Los que conozcan este negro
laberinto -en especial si lo han atravesado durante la noche- comprenderán
la angustia que empezó a filtrarse en mi ya resentido ánimo. Ignoraba cuál
de las puertas de la muralla -Jaffa, Nueva, Damasco o Herodes- podía estar
más a mano. En cuanto a las parcas indicaciones de los cada vez más esca-
sos transeúntes, sólo contribuyeron a marearme, hundiéndome en
callejo-
nes fétidos y tenebrosos, poblados de gatos y sombras furtivas. Si algún
malnacido se percataba de mi problema, mi suerte y los dólares que porta-
ba quedarían listos para sentencia…
A eso de las nueve de la noche, al in gresar en una de las callejas, tan
exiguamente iluminada como las precedentes, me concedí un respiro. Tenía
que zanjar aquella estúpida e irritante situación.
«Si al menos tuviera la fortuna de en carrilar mis pasos al convento de la
Flagelación … »
Le pegué fuego a uno de los últimos Ducados y, sin más, como en otras
ocasiones límite, levanté los ojos hac ia el borrascoso cielo, suplicando ayu-
da. El lector incrédulo puede imputar lo que aconteció después -y está en
su perfecto derecho- a una mera ca sualidad. Lo comprendo y respeto. Yo,
afortunadamente, hace muchos años que no creo en la casualidad. Por eso,
cuando apenas transcurridos treinta se gundos, vi aparecer por el extremo
de la calle las inconfundibles siluetas de dos monjes, no pude reprimir una
generosa sonrisa. Una sonrisa -dirigida a los cielos- que sólo mi corazón en-
tendió.
70
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Los solícitos franciscanos, aunque no llevaban el camino de la Flagelación,
se desvivieron por ayudarme, orient ándome hacia la vía Dolorosa. Desde
allí, el resto fue sencillo. El prior del celebrado convento -padre Justo Arta-
zar Ocerinjaureguin-, paisano y amigo, me puso en manos de otro ilustre
fraile -el sabio Frederic Manss-, que resolvió mi papeleta.
Y a las once de esa noche del viernes -transportador en ristre- me dispu
-
se a comprobar lo que, poco antes, yo mismo había casi desestimado.
-Si resulta -me sorprendí a mí mismo hablando Solo-, no tendré
más re-
medio que creer en los milagros…
Deslicé el humilde semicírculo de plásti co azulón sobre el mapa del terri-
torio israelí, ayudándome en la medición con el canto de un lib
ro.
-¡Santo cielo!
Repetí la operación y el rumbo 0 12 encajó matemáticamente. No había
duda ni error posibles. Con relación al meridiano de Jerusalén, las ruinas de
Hazor se hallaban a 012 grados.
-Fantástico!
Acaricié el dibujo del «ángel» y, todavía incrédulo, m
e pregunté una y
otra vez cómo era posible. ¡La suma de las plumas del ala ubicada en el
primer cuadrante coincidía con el rumbo de Hazor! Un rumbo exacto. Sin la
menor desviación. Directo.
Y mi espíritu, al (in, se sintió reconfortado.
«… y sus alas te llevarán
al guía MARCOS 6.2.0.»
El criptograma, en parte, cobraba ci erta lógica. Algunas de sus frases
empezaban a ponerse en pie. Creo que en aquellos momentos de júbilo -
como obligada consecuencia de lo anterior- las tres enrevesadas menciones
al evangelista Marcos aparecieron ante mí, por primera vez, como lo que
quizá eran en realidad: un semijuego del mayor, astutamente dispuesto pa-
ra confundir. Días más tarde comprendería que tal deducción era correcta…
a medias.
El resto de la noche, hasta el clarear del nuevo día, lo dediqué a una más
profunda revisión del rumbo que, naci endo en Jerusalén, pasaba por Hazor
(
‘o N 12′E), así como a los indescifrables dígitos «6.2.0»
. Mi excitación
era tal que el sueño y el cansancio debieron huir, espantados.
«Ran…, el monte Bet El, Mizrat Sh arkiye…. la montaña denominada Shi-
loh… Karyut… Talpit … Salim…, el monte Ein Faria… Mueir… Gazit… Sha-
rona … Migdal… Amiad y Hazor. »
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Ninguno de aquellos pueblos y cimas sobre los que «volaba» el refe
rido
rumbo me infundió confianza. «Las alas deberían llevarme al guía.» Pero ¿a
qué lugar? ¿Quizá a lo alto de alguno de los tres picos mencion
ados? ¿En
contraría allí al misterioso guía? ¿0 no se trataba de un se
r humano?
No puedo negarlo. A pesar del pequeñ o-gran triunfo que había supuesto
el hallazgo del rumbo 012′, el enigma vomitaba tanta niebla que fueron ne-
cesarias dosis especiales de calma y resignación para no enviar el asunto al
mismísimo infierno. La posibilidad de tener que ascender a las montañas de
Bet El, Shiloh y Ein Faria, sinceramente, me desmoralizó.
Investigué también el rumbo opuesto al de Hazor -192′-, pero los frutos
no fueron mejores. La entrañable ciudad de Bethlehem (el Belén de los cris-
tianos) rozaba casi la imaginaria línea. Según el transportador,
el lugar del
nacimiento de Jesús se asienta en una dirección de 190′. Es decir, dos me-
nos que el que yo exploraba. En esos instantes no caí en la cuenta de otro
curioso «detalle»…
El susodicho rumbo, en fin, se perdía en el desierto del Néguev, «sobre-
volando» el pico de Zior y la ciudad de Amasa, muy al sur.
Cansado de lucubrar alrededor de los poblados y montañas que coincidían
con el 012-192′, cambié de táctica. Entonces, la magia de los nú
meros se
apoderó de mí. Y el nerviosismo se disparó nuevamente. Por pura inercia
me entretuve en averiguar los kiló metros existentes entre Jerusalén y
Hazor, siempre en línea recta y siguiendo el mencionado rumbo Norte 1
2′
Este. La cifra -142,5 kilómetros- tampoco me pareció significativa… Pero, al
sumar los dígitos, el resultado me intrigó. Arrojaba un número muy fami-
liar: 12. ¿Otra coincidencia? El sentido común no replicó. Allí
había «algo»
oculto y embriagante.
Y en mitad de una selva de cálculos, las indagaciones fueron a topar con
otro singular hecho. La longitud de Hazor -35′ 31′ E-, una vez sumados es-
tos dígitos, también daba 12. En cuanto a la latitud -33′ 00′ N-, para mayor
suspense, sumaba «6». 0 todo era frut o del azar -el disfraz favorito de
Dios- o el mayor intentaba reafirmar el importante asunto del número se-
creto: el temido «6». No supe a qué atenerme. La confusión y
el optimismo
se hermanaron sin compasión.
Recapitulé por enésima vez. El ala superior derecha (en realidad, la situa-
da a la izquierda del «ángel»), con sus 12 plumas, apuntaba a
Hazor.
(Rumbo 012′.) La distancia entre el lu gar donde se exhibe el «ángel» y el
punto donde fue desenterrado también sumaba 12. Otro tanto sucedía con
los dígitos de la longitud de las ruina s (|). La latitud, en cambio, presen-
taba un «6». Llegué a dudar, incluso, del número secreto. ¿Y si fuera el 12?
Lo extraño es que, fundiendo estas cifras -grados, kilómetros, longitud y la-
72
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titud-, el resultado era «6». Mis neuro nas flaquearon. ¡El total de plumas
del «ángel»-42- coincidía con la suma anterior.
Era muy difícil de creer que «aquello» fuera pura y simple casualidad. Te-
nía que obedecer a una metódica y co ncienzuda preparación. Y la querida
imagen del mayor se materializó en mi memoria, con su inconfundible píca-
ra sonrisa. Él, seguramente, había disfrutado lo suyo elaborando e
l cripto-
grama e imaginando mis penurias. No se lo reprocho. Yo, a mi manera,
peor que bien, también trabajaba con un inagotable espíritu deportivo. Y
estaba dispuesto a llegar hasta donde fuera menester.
La extrema precisión de estos cálculos y medidas -en lo referente
al ala
del primer cuadrante- me hizo compre nder que, quizá, las pesquisas des-
plegadas sobre el rumbo opuesto a Hazor no eran correctas. En mi torpeza
,
olvidaba que debía ajustarme siempr e a lo sugerido o marcado por el
«mensajero» que tenía delante. En este caso, la dirección o rumbo que se
desprendía del número de plumas del ala del tercer cuadrante era 190′ (€
+ 10). En mi obcecación, al prolongar el rumbo 012 hacia el suroeste (ter-
cer cuadrante), estaba errando en dos grados. Pues bien, dado que no
había mucho que perder, tracé la línea correspondiente, con la nueva mag-
nitud - 190′-, enfrascándome en la revisión del rumbo que dictaba la referi-
da ala inferior izquierda. El primer punto que llamó mi atención fue Belén.
Como ya señalé, se encuentra al suroes te de Jerusalén, justamente en los
190′. El resto de la proyección se perd ía igualmente en las arenas del Né-
guev, sin apenas referencias dignas de mención.
«¿Belén?»
«… y sus alas te llevarán al guía MARCOS 6.2.0.»
¿Qué pintaba la ciudad de David en aquel embrollo? Marcos, el evangelis-
ta, no habla de Belén. Su Evangelio arranca con la predicación de Juan el
Bautista. No captaba la posible relación con Hazor o con la frase del cripto-
grama. A pesar de ello, saltaba a la vista que, entre los nombres localizados
en ambos rumbos -012 Y 190-, los de Belén y Hazor se erigían notablemen-
te sobre los demás. Eran, en definitiva, los que reclamaban la atención des-
de el primer momento.
Dejándome aconsejar por el instinto, repetí el baile de números, tomando
el nuevo rumbo y la ciudad de Bethle hem como referencias. Las sorpresas
no se hicieron de rogar. La distancia de Jerusalén a Belén -7,5 km- volvía a
sumar 12. Y los 142,5 km que separan Ha zor de la Ciudad Santa, añadidos
a estos 7,5 km, arrojaron ante mis na rices el pegajoso «6» (b,5 + 7,5 =
150 = 1 + 5 = 6).
«¡Santo cielo! Aquello era demasiado.»
73
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Probé asimismo con la longitud y latitud de Belén. El número último -121
= 4- no parecía relacionado con el ra cimo de «12» y «6» precedente. (Los
amantes de la Kábala, en cambio, sí sabrán estrujarlo.)
La verdad es que, para una noche, fue más que suficiente. Los números
cantaban. Aquella desconcertante sinton ía Belén-Hazor de la mano de los
rumbos y de los dígitos- sólo podía en cerrar un significado. Pero debía ase-
gurarme. Intuía que mis pasos eran acertados. Sin embargo, necesitaba
nuevas pruebas. Era vital un exhaustivo «reconocimiento» del «ángel», in
situ. Si la intuición no me traicionaba , quizá en el interior de la urna del
museo de Israel pudiera detectar algún indicio o información complementa-
rios. El mayor, hombre concienzudo donde los haya, tenía que haberlo
pre-
visto.
Lo que no fui capaz de prever -¿cómo imaginarlo siquiera?- es que esa
misma mañana del sábado, 29, «alguien» a quien había olvi
dado me forza-
ría a suspender las investigaciones, a rrojándome, en cuestión de horas, a
otra aventura sin par.
Medio dormido por tan precario descans o, y absorto en mil cavilaciones,
necesité unas dos horas para descubrir que estaba siendo «controlado». A
decir verdad, fueron «ellos», no yo, quienes desvelaron su «jue
go»… Pero
antes, en mitad de la sala 309 de las de arqueología del museo de Israel,
tendría lugar otro descubrimiento, bastante más venturoso.
A las diez horas y pocos minutos, apen as abiertas las dependencias, di-
gamos que tomé posesión de la solitaria sala en la que se exhibe e
l mango
de hueso de Hazor. No voy a silenciarlo. Después de lo averiguado la última
noche, mi encuentro con el «ángel» fu e especialmente emotivo. La figurilla
se había convertido en algo querido y familiar. Un motivo otro más- que me
unía, aunque sólo fuera espiritualmen te, al fallecido y añorado mayor nor-
teamericano. (Algún día me atreveré a narrar lo que jamás he revelado so-
bre este hombre singular. Los lectores que hayan podido seguir mis investi-
gaciones en estos quince años y qu e conozcan algunos de mis veintidós li-
bros publicados, no se extrañarán si les digo que, por múltiples razones, a
veces no doy a la luz pública ni el 10 por ciento de lo que realmente
llega a
mi poder. Pero todo se andará.)
Después de un saludo mental -curios amente, en mi «locura», termino
siempre por dialogar con las cosas, y el altorrelieve del querubín no fue una
excepción- lo dispuse todo para el «chequeo» definitivo: brújula, mapas mi-
litares, cinta métrica y el cuaderno de «campo».
Desconecté el seguro de la aguja magn ética y fui a depositarla sobre el
cristal de la urna. Justamente, en la vertical del «ángel». Agotada la natural
74
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oscilación inicial, la brújula se inmov ilizó, marcando el norte magnético.
Inspiré hondo antes de verificar la posición de la criatura alada.
«Norte … »
Inseguro, repetí la comprobación.
«¡Jesús!»
Un cosquilleo inconfundible me sacó de este mundo. Pero, pragmátic
o y
tozudo hasta decir basta, quise demo strarme que no soñaba. Recuperé la
brújula y, adelantándome hasta uno de los ventanales, busqué al
guna refe-
rencia conocida. A lo lejos se distin guía parte de la airosa Knesset, el par-
lamento israelí. Desplegué un plano de Jerusalén, situando ambos mapa y
brújula- sobre el alféizar de la ventana. La aguja, fiel y obediente a su natu-
raleza, fue a marcar el rumbo lógico: el norte. Satisfecho, rodeé el dibujo
de la Knesset con un círculo rojo. Grave error que no tardaría en
lamentar..
La brújula de aceite funcionaba a la perfección. Su dictamen, por tanto,
era fiable.
La devolví al punto que me interesaba -en la vertical del cilindro-, proce-
diendo a una tercera lectura de las mediciones.
«Norte…, noreste.»
A pesar de tenerlo a la vista, me costó trabajo creerlo. La figura del guar-
dián del «árbol de la vida» se hallaba -y se halla- orientad
a al noreste. Es
decir, en la dirección de Hazor. La brújula, además, ciega e imparcial, fijaba
un rumbo harto conocido y significativo: ¡012!
Con el alma arrugada por la sorpresa, no supe qué hacer ni qué pen
sar.
¿Cómo era posible? Por un lado, en el desarrollo del «ángel», el ala ubicada
en el primer cuadrante había revelado la dirección de las ruinas y el conoci-
do rumbo 012′. Y ahora, «sobre el terreno», el mismísimo altorrelieve lo ra-
tificaba. Era para enloquecer.
La idea de que el mayor hubiera manipulado el cilindro, colocándolo e
n su
posición actual, me pareció descabellad a. La urna de cristal férreamente
atornillada al pedestal metálico, era invi olable. Todo aquello emitía un halo
mágico…
El penúltimo sobresalto llegó a continuación, al explorar las direcciones de
las cuatro alas y del «arbusto sagrado». Al hallarse la pieza encarada al no-
reste, tanto el «árbol de la vida» como el ala de diez plumas -la opuesta a
la que apuntaba hacia Hazor- señalaban otro importante rumbo: sureste
.
En otras palabras, el de la ciudad de Belén. La confirmación fue d
efinitiva.
La mencionada ala de diez plumas, co mo ya expliqué, había sido la llave
para trazar el rumbo 190′. Todo enca jaba. Las incógnitas parecían despe-
jarse.
Anoté minuciosamente estos postreros hallazgos y, rendido a la eviden
-
cia, utilizando la urna como improvisado pupitre, escribí:
75
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«MIRA, ENVÍO MI MENSAJERO
DELANTE DE TI, MARCOS 1.2.»
(El mayor advierte de la existencia-presencia de un «ángel» o «mensaje-
ro»…. delante de mí: criatura híbrida depositada en el museo de Israel, sa-
la 309. Correcto.)
Nota: el mayor aprovecha la frase del evangelista (Marcos 1.2). Si leo
de
corrido los versículos 1, 2 y 8 del crip tograma, coincide con lo manifestado
por Marcos en su primer capítulo: «Mir a, envío mi mensajero delante de ti,
el que ha de preparar tu camino.» Ti ene sentido. El «ángel» y sus claves
son el medio para avanzan Aunque ta mbién por separado parece viable:
¿será el «guía» quien deba disponer mi camino?
«HAZOR ES SU NOMBRE. »
(El del mensajero-ángel: Hazon No di stingo otra explicación. De allí es
oriundo. Hazon por tanto, es su gracia.)
«Y SUS ALAS TE LLEVARAN
AL GUÍA MARCOS 6.2.0.»
(Las alas parecen «guiar» o «condu cir» a dos lugares prácticamente
opuestos: Belén y el tell de Hazon Eso creo, al menos … )
Nota: «Marcos 6.2.0», ¡incomprensibl e! ¿Cómo debe entenderse esta
quinta frase del enigma: ¿guía Marcos ?, ¿guía. Marcos 620?, ¿guía Marcos
6.2.0? ¡Ojo!, puede no ser un hombre. ¿Quizá un determinado documento o
dirección? Hasta ahora, exploración negativa.
«EL NÚMERO SECRETO DE SUS PLUMAS
ES EL NÚMERO SECRETO DEL GUIA.»
(Conviene barajar las cifras más significativas: «42», « 12
» y « 6 ». Me
inclino por la última, aunque la suma total también remite al «
6».)
Nota: estoy lejos de imaginar el significado de «número secreto de
l
guía». Ni idea…
Frase vertical:
«MIRA
DELANTE DE
HAZOR
Y
A
76
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ÉL.
Es
ÉL. »
(Nada que objetar. Estoy seguro que el querubín de Hazor es la clave. Es
él.)
No tuve opción de redondear aque lla suerte de balance-memoria de lo
conquistado hasta esos momentos. Alguien, con delicadeza, tocó mi hom
bro
derecho. Me sobresalté. Al volverme, tres individuos me sonrieron al uníso-
no. Ni siquiera los había sentido acercarse. El más bajo, de mediana edad y
revólver al cinto, pidió disculpas por la interrupción. Se iden
tificó como vigi-
lante del museo, rogándome que atendi era a los que le acompañaban. Se
trataba de dos jóvenes, correctamente vestidos y de modales impecables.
Sin dejar de sonreír, uno de ellos echó manó al bolsillo posterior del panta-
lón, mostrándome una diminuta cartera de plástico marrón. La abrió y me
dejó leer: «Agaf Hamodiín.»
Instintivamente levanté la guardia. El Agaf es el servicio de Inteligencia
del ejército judío. Junto con el célebre Mossad (Mossad Lemodún vetafkidim
Meiujadim o Instítuto de Información y Operaciones Especiales), la máquina
más perfecta del espionaje mundial.
Traté en vano de pensar. ¿Qué demonios sucedía?
-No se alarme -intervino el de la cred encial adivinando mi inquietud-, me
llamo Tzipori. Mi compañero lvri y yo deseamos hacerle unas preguntas
…
-Pero, ¿cómo saben … ?
El que decía llamarse Tzipori guardó la cartera y, perforándome con sus
ojos azules, zanjó la estúpida pregunta.
-Nuestra obligación es saber, señor Benítez. Sabemos que es usted vas-
co, periodista y que, entre otras cosas, ha adquirido cierta cartografía mili-
tar…
-No comprendo.
Con un calculado ademán de su mano derecha, el israelí animó a su com-
pañero a que refrescara mi memor ia. Como un autómata, Ivii fue enume-
rando los mapas que, en efecto, yo había comprado el día anterior:
-Sheet nueve: Jericó. Cuatro: Teverya. Seis: Bet Sheian. Sheet dos…
-Entiendo -respiré aliviado. E intenté aclarar el malentendido. Pero los ju-
díos abortaron mis deseos con otras preguntas.
-Díganos: ¿por qué los ha comprado? ¿Y por qué las sheets trece y cator-
ce?
Hice un esfuerzo, pero, la verdad, no recordé a qué parte del terr
itorio
correspondían estas láminas o sheets. Mi sincera ingenuidad los co
nfundió.
-¿Trece y catorce?… ¿A qué zona pertenecen?
77
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-¡Al Néguev! -aclararon con gravedad.
En segundos creí descubrir el moti vo de tanta preocupación. Estúpida-
mente me había metido en una ratonera . Aquellos planos del sur de Israel
contienen dos enclaves de especial interés estratégico-militar: un
a base aé-
rea y el controvertido silo atómico de Rifidim. Según mis noticias, en la
primera de estas instalaciones -tal y como había comentado con el entonces
embajador judío en Madrid debía hallarse aún uno de los motores
del avión
de pasajeros de Iberia, siniestrado en el monte Oíz, en las proximidades de
Bilbao, en el País Vasco. Por supuesto , como ya especifiqué en su momen-
to, no tenía la menor intención de aven turarme en semejantes parajes. Pe-
ro una cosa eran mis íntimos propósitos y otra, muy distinta, las suspicacias
del Agaf. Estaba pisando un terreno resbaladizo.
-Es muy sencillo -me defendí, endulz ando las palabras-. Tengo intención
de reconstruir el histórico viaje de María y José desde Nazaret a Belén de
Judá, y esos mapas resultan insustituibl es. El doctor Liba, del Instituto de
Relaciones Culturales, el consulado español en Jerusalén y el propio Samuel
Hadas, el embajador de ustedes en mi país, están al corriente.
-También lo sabemos -contraatacaron con terquedad- Y usted no ignora
que el desierto del Néguev queda muy lejos de la ruta que pretende recons-
truir..
Estaba atrapado. Gracias a Dios, la impaciencia de Tzipori evitó males
mayores.
-¿Cuándo piensa emprender esa marcha?
-Si no hay inconvenientes, mañana mismo. Quizá el lunes…
La fulminante improvisación vino a relajar las duras miradas de los agen-
tes de la Inteligencia militar, llenándome a cambio de incertidumbre.
Aca-
baba de hipotecar mi tiempo y las inmediatas y, sin duda, cruciales investi-
gaciones. Pero los patinazos no terminaron ahí.
-Está bien.
Tzipori me tendió la mano y, al desped irse, soltó algo que, al parecer, le
quemaba la lengua:
-No sabíamos que le interesase tant o la arqueología… en especial, esta
sala.
Comprendí la indirecta. Muy posiblemen te -mejor dicho, con seguridad-
los servicios de Información israelíes venían controlando cada una de mis
acciones y movimientos. La prueba es que me habían «encontrado»
.
Debí morderme la lengua. Pero, en mi afán por aparentar transparencia,
les mostré el cuaderno «de campo», metiendo nuevamente la pata.
-Se trata del «ángel de Hazor» -les expliqué, al tiempo que Tzipori, astuto
y vigilante, me arrebataba el bloc, curioseándolo todo- Un tesoro del
siglo
78
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noveno antes de Cristo que puede servirme para la elaboración de un futuro
libro…
Ignoro si los agentes leían español. El caso es que, sin el menor pudor,
fueron trasteando las hojas y planos , intercambiando rápidos comentarios
en hebreo. De pronto, lvri, al desplegar el manoseado mapa de Jerusalé
n
sobre el que había trabajado con la brúj ula, reclamó la atención de su ami-
go, señalándole un punto. Yo, como un perfecto tonto, seguí mi perorata en
torno a las excelencias del tell de Hazor. Noté, eso sí, cómo T
zipori cerraba
sus mandíbulas, chequeando la totalidad del mapa con agrio semblante. Al-
go sucedía.
Al fin, metiéndome el plano por los ojos, preguntó sin miramientos
:
-¿Y esto?
Correspondí con idéntica sequedad, apartando con firmeza la mano que
sujetaba el mapa. Sin inmutarme bajé la vista, examinando el lugar por el
que se interesaban.
¡Maldita sea! Era el dibujito trazado por M. Gabriel¡, autor del referido
mapa, representando la Knesset. Mecáni ca e inconscientemente lo había
encerrado en un círculo rojo, al verificar la fiabilidad de la aguja
magnética.
Les dije la verdad, mostrándoles incl uso la brújula. Dudo que aceptaran
tan peregrina salida. La siguiente pregunta confirmaría mis sospechas
:
-Muy bien. Pero ¿por qué la Knesset ha sido marcada en rojo y las restan-
tes direcciones y lugares en azul?
Sagaces y desconfiados, no se les e scapaba una. Imaginé lo peor. Aque-
llos tipos -o la legión de agentes camuflados en Israel- podían estar al tanto
de mis contactos con los árabes y, dada mi condición de vasco, asociarlos a
otra terrorífica actividad que, natur almente, detesto. ¡Dios santo!, ¿cómo
explicarles que todo aquello era una cadena de desafortunadas coinciden-
cias?
-Piensan que soy un terrorista? -estallé.
Los judíos me devolvieron el cuade rno de «campo» y, parapetándose en
una irritante suficiencia, Tzipori dio por cancelada la entrevista con una fra-
se que no olvidaré:
-Si usted lo fuera, amigo, ya estaría muerto…
No hubo más comentarios, consejos ni aclaraciones. Tal como habían lle-
gado, así desaparecieron. A partir de entonces, mi estancia en Israel se
convertiría en un sinvivir.
Atemorizado ante el cariz de los ac ontecimientos, no lo dudé. Cumplirla
mi promesa. Las pesquisas alrededor del enigma podían esperar. Tampoco
era cuestión de contrariar a los peligrosos servicios de Inteligencia
. Y esa
misma tarde preparé la gran marcha. Siguiendo las prudentes recomenda-
ciones del doctor Liba -dada la alta co nflictividad y teórica peligrosidad de
79
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uno de los tramos del viaje: la franja fronteriza entre Israel y Jordania-, te-
lefoneé a varios de mis colegas y co rresponsales de prensa en Jerusalén y
Tel Aviv, con el fin de anunciarles mi ob jetivo. De esta forma, si la noticia
saltaba a los medios de comunicación judíos, mi aventura podría verse res-
paldada; en especial, de cara a los puestos de control militar que jalonan la
margen derecha del río Jordán. No tuve mucha suerte. La noticia, que yo
sepa, jamás se publicó en Jerusalén. No me desanimé. Lo intentada a
«tumba abierta». Después de todo, así resultaba más excitante. Al alba, un
autocar me trasladó a Nazaret. Y a eso de las nueve y media, con una
flagelante mochila roja a la espalda y el espíritu encendido ante semejante
reto, inicié la andadura. Tras una lacónica plegaria ataqué el descenso hacia
las llanuras de Jezreel, rumbo a Bet Sheian, la antigua Scythópolis, final de
la primera caminata. Mi plan contemplaba cuatro etapas -de algo más de 40
km cada una-, descendiendo en paralelo al Jordán, con un segundo desc
an-
so al pie del monte Sartaba. La tercer a jornada, en pleno desierto de Judá,
concluiría en el oasis de Jericó y, desde allí, por último, remontando las du-
ras pendientes que caen desde la Ciudad Santa, cubrir, en esa cuarta y pos-
trera etapa, la distancia que separa Jerusalén de Belén. En total, unos 170
km.
Pero, como ya señalé, no es éste el momento ni el lugar para da
r fe de
tan memorable y accidentada «excurs ión». Modestamente, eso sí, creo
haber contribuido a demostrar que la ruta más lógica para un viaje como el
que emprendieron María y José, no es la de Samaria por el centro de Israel-
, sino la del río Jordán. Un español, en fin, y me enorgullezco de ello, ha si-
do el primer «loco» en reconstruir el decisivo peregrinar de los padres te-
rrenales de Jesús, desde la Galilea a la ciudad de David.
Volvamos, pues, a lo que importa: el criptograma y las peripecias en las
que -¡cómo no!- me vi envuelto hasta el final.
El miércoles, 3 de diciembre de 1986, amparado por la luz neutra del cre-
púsculo, avistaba -al fin- la ciudad de Belén. Con un caminar inseguro y re-
cortado -más propio de un anciano que de un hombre de cuarenta años, ló-
gica consecuencia del fuerte castigo, de los malparados pies y de aquel
in-
domable dolor en la columna- fui a culm inar la odisea ante los blancos mu-
ros de la iglesia de la Natividad.
Quizá fuera una casualidad (?). La cuestión es que, al cerrar la marcha en
la explanada pavimentada y recostarme sin resuello contra el pedestal so-
bre el que se levanta la estrella de cinco puntas, el volteo de una de l
as
campanas del sagrado recinto llenó mi rendido corazón. Levanté
la mirada
hacia el púrpura provisional de los cielos y agradecí la oportuna «señal» y la
benevolencia del Gran Padre, que me había permitido llegar hasta allí
. Du-
80
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rante un tiempo, ajeno a todo, lloré en silencio, quemando así los miedos,
angustias y soledades de aquellos días. El frío y el mudo tintineo azul de las
primeras estrellas secaron mis lág rimas y la plácida melancolía que me
inundaba.
Regresé al punto a Jerusalén. En el ho tel no había novedades. Los servi-
cios de Inteligencia -apostaría la vida -, estaban al tanto de mis andanzas,
pero supieron guardar las distancias. A partir de esos momentos, sin em-
bargo, debería extremar los cuidados. Al menos durante unas horas, no se-
ría yo quien rompiera la tregua. Mi único deseo era disfrutar de un intermi-
nable baño y de un indefinido descanso. El cielo y los hombres respetaron
mi voluntad, pero, a eso de las nueve de la mañana del día siguiente, el te-
léfono -diabólico y pertinaz- me sacar ía de un casi cataléptico y reparador
sueño de catorce horas.
Al incorporarme en el lecho, un fo rtísimo y generalizado dolor muscular
despertó como un león hambriento, derribándome. Imposible alcanzar el
auricular. Al quinto o sexto repiqueteo, dejó de sonar.
-¡Dios mío!, ¡No puedo moverme!
Las inevitables agujetas -nada grave a decir verdad, pasaron factura. Es
-
peré una hora y, ante el riesgo de perderme en un nuevo sueño, apreté los
puños, emprendiendo una lenta y más que cómica huida de la cama. Varias
pastillas de glucosa, una ducha y una severa aplicación de linimento alivia-
ron momentáneamente tan comprometido y deplorable estado.
Me preocupaba no haber atendido al te léfono. ¿Quién podía ser? Presentí
detrás el silencioso planear de los servicios secretos y, en previsión de ma-
les mayores, decidí averiguarlo. Marqué el 528658 y, al momento, m
i buen
amigo Elías Zaldívar, corresponsal de la Agencia Efe -con quien había man-
tenido contacto en la primera etapa de la marcha a pie-, satisfizo mis du-
das, negando ser el autor de la llamada. Ni siquiera sabía de mi retorno a
Jerusalén. Se alegró de oírme, prometiéndome enviar a España una reseña
de mi pequeña hazaña.
No tuve que darle vueltas al asunto. Nada más colgar, Rachel me local
i-
zaba, declarándose responsable de la fallida llamada. Aquello me dio qué
pensar. En realidad, no sé por qué me sorprendía. Así y con
todo, continué
sopesando la sospechosa puntualidad de la funcionaria del Gobierno judío.
Resultaba demasiado casual que marcara el teléfono de mi hotel, justo a las
pocas horas de mi retorno.
Al confirmarle la culminación de mi aventura por tierras del Jordán, mos-
tró cierta incredulidad y -directa, co mo siempre- pasó a recordarme las
reuniones pendientes. Una de ellas, concertada en el museo de la Medicina
Antigua de Israel, me vendría como anillo al dedo. Hoy, sinceramente, me
arrepiento de la locura cometida.
81
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Cedí, como era lógico y natural. Ac udiría sumiso a cuantas entrevistas
fuera menester. De esta forma, la ca si totalidad de mis movimientos que-
daban «controlados». Ni que decir tiene que, a pesar de estas ataduras ofi-
ciales, mi plan seguía en pie. Ya me las ingeniaría para romper el cerco y
reanudar las investigaciones en torno al criptograma. Para empezar, hast
a
las cuatro de la tarde, hora prevista para la primera de las reuniones en la
Universidad Hebrea, disponía de un margen que no estaba dispuesto a mal-
gastar. Durante las ocho horas que cami né en solitario a lo largo de cada
uno de aquellos cuatro días, tuve todo el tiempo del mundo para reflexionar
sobre el enigma. Las frases cuarta y quinta -«… y sus alas te llevarán al
guía MARCOS 6.2.0»- ocuparon buena parte de esas dilatadas meditacio-
nes. La palabra «guía» podía ser valo rada de muy distintas formas: como
una persona que conduce a otra o le enseña el camino; como un guía turís-
tico, tan abundantes en Israel; como un maestro o guía espiritual; como un
poste o pilar que sirve de indicación; como un libro o tratado de preceptos
o, en fin, entre otras traducciones, incluso como el sarmiento o vara que se
deja en las cepas y en los árboles al podarlos. Teniendo en consideración
que las alas del « ángel » parecían cond ucir a Hazor o a Belén, lo obligado
era buscar en dichos extremos. El tell de Galilea, influido por los recuerdos
de mi desastrosa visita y también por lo retirado de la ciudad-fortaleza, fue
relegado a un segundo plano. Belén me atraía mucho más. Fijada, pues, la
decisión de explorar en la ciudad de David, el siguiente paso no resultaba
tan cómodo. ¿Cómo y dónde atacar? No sé si lo correcto -p
ero sí lo más
asequible- fue aparcar las interpretaciones engorrosas del término «
guía.»,
limitando el campo de acción a una de las facetas más fácil de comprobar:
la de guía turístico. Sé que iba a ciegas y que lo de «conductor turístico»
sonaba de lo más prosaico. Pero, co mo digo, por algún sitio tenía que em-
pezar. En mi indomable fantasía -lamentable error- seguía viva la
imagen
de un «guía» igualmente fantástico, oculto por los velos del misterio y quizá
inasequible. Una vez más olvidaba la peculiar sencillez y el estilo directo del
mayor.
Era imposible captar lo cerca que me hallaba de la definitiva resolución
del jeroglífico y los correosos suceso s que la escoltarían. Los teléfonos del
Ministerio de Turismo de Israel 240141 y 4661516- comunicaban insisten-
temente. Así que, a pesar de los do lores que me acuchillaban, adopté la
única fórmula viable para despejar aq uella primera incógnita. Tres cuartos
de hora más tarde, tras invocar los no mbres de dos de mis contactos en el
citado Ministerio -los señores Hod y Kotzer-, uno de los funcionarios me
presentaba a la responsable de los st affguide, dependientes -en su mayo-
ría- de los cientos de agencias de turismo radicadas en el país.
82
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-Si no he comprendido mal -repuso la hebrea con exquisita amabilidad-,
usted desea consultar las listas de los guías oficiales de turismo de Hazor y
Belén…
Asentí impaciente.
-¿A qué guías se refiere, exactamente?
-No comprendo.
Con excelente precisión matizó su pr egunta, aclarando que los guías au-
torizados a trabajar en la ciudad de David pasaban de quinientos.
La cifra me desalentó. De improviso, el anaranjado parpadeo de una de
las líneas del teléfono interrumpió la co nversación. La mujer escuchó aten-
tamente durante uno o dos interminables minutos, alternando sus concisos
monosílabos con varias y esquivas miradas hacia mi persona. No le concedí
mayor importancia. Sin embargo, al reanudar el diálogo, percibí un notable
cambio en el tono de su voz. La cordialidad inicial, aunque presente en todo
momento, descendió de nivel. Fue algo instintivo. En el despacho empezó a
respirarse un tufillo de mutua desconfianza. Aquella llamada, sin duda,
te-
nía mucho que ver con mis viejos amigos del Agaf…
-El asunto cambia -prosiguió, recuperando el hilo de la explicación- si us-
ted se refiere a los que residen de fo rma habitual en Belén o en el tell de
Hazor y, al mismo tiempo, desarrollan su actividad en dichas zonas.
Sus ojos destellaron con una mal contenida curiosidad. Y aguardó mi res-
puesta. La verdad es que no disponía de muchas opciones. Si era menester,
quemaría las cejas sobre la extensa lista, a la búsqueda del má
s nimio de
los indicios. Pero bueno sería acometer la empresa por lo más cómodo. Así
que me decidí por lo último. En buena lógica, los guías legalmente autoriza-
dos, que habitan en Belén o Hazor, no podían ser muy numerosos. Y confié
en mi buena estrella.
Mientras la hebrea revolvía en su me sa, a la captura de la referida rela-
ción, me asaltó una incómoda duda: ¿y si no fuera un guía oficial? Es un se-
creto a voces que, en Israel, los que viven como guías ocasionales o clan-
destinos -muy especialmente los árabes- son legión. Yo solo me complicaba
la existencia…
-Aquí está -intervino la israelita, ec lipsando mi repentina incertidumbre-
Veamos.
Repasó los folios plastificados de una gruesa agenda negra y, localizados
los guías de Belén y Hazor, alzó la vista, rogándome que me sentara. Agra-
decí la atención. Mis Piernas palpitaban de dolor.
Recorrió con el dedo índice izquierd o una columna de nombres, direccio-
nes y teléfonos y, saltando a la siguiente página, murmuró casi
para sí:
83
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-Tal y como suponía, en Hazor no re side ningún guía. Los más próximos
(que se ocupen de las visitas al tell) viven en Teverya, Nazaret y, por su-
puesto, aquí, en Jerusalén.
Recibí la información con alivio. Aque llo simplificaba la búsqueda. Y sin
previo aviso se descolgó con dos preguntas que esperaba desde el prin
ci-
pio:
-Por cierto, ¿por qué le interesan esas personas? ¿Ha pensado en alguna
en particular?
En tan críticos momentos no advertí las segundas intenciones de mi inter-
locutora. Luego, al hilvanarlo todo, comprendí.
Como pude y Dios me dio a entender, le aclaré que deseaba visitar la zo-
na y que, en consecuencia, precisab a los servicios de un guía serio y com-
petente.
-Respecto a la persona en concreto -disimulé con frialdad-, no tengo
pre-
ferencias.
-Comprendo…
Una densa pausa me hizo presagiar nuevas complicaciones.
-En fin, no hay mucho donde escoge r -concluyó con fingido desaliento-
Véalo y decida usted mismo.
A veces sucede. Aunque los dedos se me hacían huéspedes, en esos ins-
tantes, impaciente por atrapar la lista, no reparé en la hábil man
iobra. ¿0
será que veía infiltrados y espías por doquier? Fue después,
al tomar un
taxi y comprobar que me seguían, cuando caí en la cuenta. Lo lógico hubie-
ra sido que ella misma se brindara a recomendarme a cualquiera de los
guías. Pero no. Astuta y premeditadamente, me dejó hacer. Y yo, como un
ganso, mordí el cebo.
Invoqué a todos los santos. Pero los escasos gramos de serenidad que
aún conservaba se me fueron por las manos, justo al recibir la agenda. El
escandaloso tembleque del cuaderno de direcciones no pasó inadvertido pa-
ra mi felina observadora. Segura de sí misma, continuó escrutando mis re-
acciones. Tropecé un par de veces con su inquisidora mirada, pero baj
é los
ojos, impotente. Más inquieto y ofu scado por el ingobernable temblor que
por la lista que se abría sobre mis rodillas, no me centré en ella
hasta la se-
gunda o tercera lecturas. Finalmente, una vez enganchado en la relación de
guías autorizados que residen habitualm ente en Belén, los nervios se apa-
garon, dando paso a otra no menos furiosa emoción.
En la página izquierda, bajo el brillo saltarín del plástico, aparecía una se-
rie de nombres y apellidos, precedidos por sendos números de cinco dígitos
que, francamente, no supe interpreta r. A continuación, los respectivos do-
micilios, teléfonos, apartados de Co rreos, nacionalidad y raza, la fecha de
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inicio de su actividad como guía y la o las agencias turísticas con las que
venían trabajando.
La hebrea, desde su silencio, pareció sorprendida ante mi rápida r
ecupe-
ración. Abrí el cuaderno «de campo» y, dispuesto a desafiarla, fui copiando
la lista. Por razones obvias, me veo ob ligado a omitir parte de la informa-
ción allí reunida.
Lo primero que llamó mi atención fu e el hecho de que la mayoría fuera
árabe. En el fondo resultaba de lo más natural, ya que buena parte de la
población belenita lo es. Terminadas las minuciosas anotaciones, pasé a co-
tejarlas con el original. Al alcanzar la mitad de la relación, el corazón pegó
un respingo. Retrocedí estupefacto, re leyendo las filiaciones precedentes.
Por último, ansioso, descendí hasta el último de los guías c
onsignados.
La funcionaria captó mi excitación. Y, sin poder sofocar su venenosa cu-
riosidad, rompió el mutismo:
-¿Qué le sucede? ¿Ha encontrado a su hombre?
-Bueno…. no sé -titubeé, haciendo un esfuerzo por acallar el júbilo que,
como un tornado, casi me levantaba del asiento- Así, de pronto…
Insatisfecha con la evasiva, presionó sin piedad.
-¿Le suena alguno? ¿Quiere llamarle desde aquí?
Transmutó el acero de su semblante por una acogedora sonrisa, descol-
gando y ofreciéndome el auricular del teléfono. Esta vez, la Providencia se-
lló mi peligrosa espontaneidad. Adem ás, tampoco estaba seguro. Convenía
sopesar aquellos datos, lejos de posibles maledicencias oficiales…
-No, gracias -corté sin tapujos- En vista de la general y notable antigüe-
dad en el servicio -añadí con una teatralidad que todavía me maravilla-: to-
dos parecen buenos candidatos. Lo pensaré…
Sin concederle tregua, le devolví la «milagrosa» agenda, interesándome
por los enigmáticos números que encabezaban cada una de las filiac
iones.
La mujer acentuó su sonrisa, pagándome con la misma moneda:
-Eso no es de su incumbencia… Digamos que se trata de un código secre-
to y cifrado, de uso exclusivo del Gobierno.
-¡Un número secreto!
Mi exclamación, el torrente de ale gría y la mal disimulada sorpresa que
provocó en mí la parca pero revelador a insinuación, agotaron su paciencia
y, supongo, su capacidad de entendimiento. El desliz de la funcionaria ponía
punto final a la visita a la sede del turismo judío.
Estreché su mano con fuerza. El aparente gesto de
amistad y gratitud la desconcertó de l todo, correspondiendo con una im-
precisa sonrisa.
Segundos después, eufórico, abandona ba el lugar, apretando contra mi
pecho la valiosa información. Caminé tr es o cuatro metros por el largo co-
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rredor y, asaltado por una mortal curios idad, giré sobre mis talones, retro-
cediendo. La vieja táctica daría sus frutos. Violando las más elementales
normas de educación, empujé la puer ta de cristal del despacho que me
había acogido, asomando medio cuerpo. Mi inesperada aparición pill
ó des-
prevenida a la funcionaria, justo cuando , teléfono en mano -y en hebreo-
ponía sobre aviso de mi partida a Dios sabe quién. Eso fue lo que deduje de
su visible nerviosismo. Poco más ta rde, el taxista que me conduciría al
hotel, al traducir las tres frases que alcancé a escuchar y anotar, confirma-
ría mis sospechas.
Más o menos, éstas fueron las palabras que, como digo, pude retene
r:
«Haish sheljá iachá ka-rega… Beseder.. Eeséh ma she-ujal.» Que, vertidas
al español, no ofrecían demasiadas dudas: «Su hombre acaba de salir.. Está
bien. Haré lo que pueda. »
Al reconocerme interrumpió la conversación telefónica, pegando el auricu-
lar al pecho.
-¡Disculpe! -me excusé sin soltar el pomo de la puerta- Olvidé preguntar
la tarifa oficial por jornada…
-Eso, señor, lo fija la agencia -vomitó airada desde el fondo de su escrito-
rio.
-¡Ah, claro! Perdone.
La tela de araña de los servicios de Información seguía cubriéndome, in-
visible y certera. Pero -insensato de mí- el peligroso juego, lejos de atemo-
rizarme, desencadenó mi adrenalina, excitándome. No había nada de qué
avergonzarse. Así que, con una temera ria inconsciencia, me propuse des-
pistarlos. (Ahora rememoro con pavor ese viejo y sabio adagio popular que
testifica que «la ignorancia es osada».)
No fue difícil advertir la presencia en el vestíbulo de aquel indi
viduo re-
choncho, de poblado mostacho y paraguas al brazo. A pesar de esconder su
cara de luna tras un ejemplar del Jerusalén Post, nuestras miradas coinci-
dieron. Los sucesos vividos en el despacho hablaban por sí solos. Aquél po-
día ser el hombre que acababa de telefonear. Pronto lo sabría.
El número 24 de la calle King George, sede de la Oficina de Turismo, no
se encuentra muy lejos del Morili Jerus alén Hotel. Podría haber cubierto el
trayecto a pie. Pero, debido a los in misericordes dolores musculares y a la
morbosa curiosidad de comprobar si me seguían, elegí lo más cómodo y se-
guro.
A las puertas del edificio, parcialmente encaramado en la acera y con dos
ocupantes en su interior, se hallaba estacionado un Mercedes gris, 300-D
.
La populosa avenida no es, precisamente, un lugar donde se pueda aparcar
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de semejante guisa. Aquello me hizo desconfiar. Y mientras aguardaba el
paso de un taxi, memoricé la matrícula: «699-518», placa ama
rilla.
Al acceder al primer taxi libre que acertó a pasar, dudé. ¿Me dirigía al
hotel o daba un rodeo por las calles adyacentes? Si el Mercedes -como sos-
pechaba- pertenecía a la Inteligencia jud ía, no tardaría en averiguarlo. Por
otra Parte, solicitar del conductor qu e despistara al potente automóvil se
me antojó arriesgado. Lo prudente era retornar al Moriah. Intencionada-
mente, me senté al lado del chofer, espiando las maniobras de los hipotéti-
cos agentes Por el espejo retrovisor. En efecto, nada más arrancar, el gor-
dinflón del periódico se coló de rondón en el Mercedes, que
fue a posicio-
narse -camuflado en el flujo de coches a poco más de cincuenta metros
por
detrás de nuestro turismo.
Quince minutos después, frente a las puertas amarillas del hotel, simulé
un inexistente regateo con el taxista. Me explico. Para un observador exte-
rior, mis gesticulaciones y braceos sheke1s en mano- podían ser interpreta-
dos como un rutinario «forcejeo crematístico», tan común entre los turistas
avisados y los profesionales del taxi en Israel. En realidad, la conversación
discurría por derroteros muy distintos. La excusa de la traducción al inglés
de las palabras hebreas que había cazado al vuelo en el despacho de la fun-
cionaria me vino al pelo para demorar la salida del taxi, disponiendo así de
un tiempo precioso en el que poder ob servar las evoluciones del Mercedes.
El chofer agradeció la propina y la posibilidad de quebrar la monoton
ía de la
mañana, prestándome, como digo, un es timable servicio. En ese lapsus, a
caballo entre el retrovisor y las prolij as explicaciones de mi oportuno tra-
ductor, comprobé con un malvado rego cijo cómo mis perseguidores frena-
ban la marcha. Dudaron dos o tres segundos y, convencidos de que me dis-
ponía a ingresar en el hotel, giraron a su izquierda, enfilando la rampa de
acceso al aparcamiento subterráneo de l Moriah. Ése, en el fondo, fue un
error. Si mis intenciones hubieran sido otras, podría haberlos despistado,
bien alejándome de la zona en el mism o taxi o sirviéndome de cualquiera
de los autobuses que tienen sus parada s frente al edificio del hotel, a am-
bos lados de la calzada. Pero, de momento, mi objetivo no era ése.
Ardía en deseos de sentarme tranquila y sosegadamente y proceder a un
exhaustivo análisis de lo que había descubierto en el Ministerio de Turismo.
Recogí la llave de la habitación y, cuando estaba a punto de entra
r en uno
de, los elevadores, lo pensé mejor. Aq uella situación me divertía. Faltaban
dos horas para mi cita en la Univer sidad Hebrea y, esperando sacar algún
provecho, me acomodé en un ángulo de l vestíbulo, de forma que pudiera
observar y ser observado sin dificultad. A los cinco minutos, como imagina-
ba, el «cara de luna» y un segundo individuo empujaban la puerta giratoria.
Me incliné hacia el cuaderno «de campo», aparentemente ajeno a
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cuanto me rodeaba. La llegada de una de las camareras me recordó que
estaba prácticamente en ayunas, regalándole a la escena una mayor natu-
ralidad. De reojo, mientras pedía un va so de leche y una porción de pastel
de queso, fui siguiendo las evoluciones de mis contumaces «amigos». Los vi
intercambiar algunas frases, mirarme de soslayo y, finalmente, avanzar
hacia la recepción, solicitando la presencia de uno de los empleados. La dis-
tancia -alrededor de veinte metros- y el hecho de que los sospechosos me
dieran la espalda, anularon cualquier intento de comprensión de la escena,
aunque, en los cinco o diez minutos que duró el «cónclave»,
lo imaginé to-
do o casi todo. Lo único que acerté a captar fue cómo el compañero del
gordinflón rebuscaba en los bolsillos posteriores de su raído pant
alón va-
quero, echando mano de algo -quizá un pequeño bloc de notas- en el
que
llevó a cabo unas menguadas anotacione s. Acto seguido, con idéntica dis-
creción, tras comprobar cómo devoraba mi frugal almuerzo, abandonaron el
hotel. A decir verdad, la desaparición de los supuestos agentes no me
sirvió
de consuelo. Seguro que tramaban alg o. Tentado estuve de asomarme al
exterior. Pero comprendí que lo más inteligente era seguirles el juego,
haciéndoles creer que ignoraba su pr esencia. Esto me proporcionaba una
cierta ventaja.
« … y sus alas te llevarán al guía MARCOS 6.2.0.
El número secreto de sus plumas es el número secreto del guía .
.. »
Aquello sí era importante. El Destin o, cansado quizá de. tanto laberinto,
acababa de echarme una inestimable ma no. En la relación de guías autori-
zados por el Ministerio de Turismo de Israel, con residencia habitual en Be-
lén, figuraban doce nombres. (¡También era «casualidad» que fueran preci-
samente «12»!) De éstos, cuatro -Toufite, Abraham, Mike y Elí
as desempe-
ñan su labor en la propia ciudad de Da vid. El resto -Emin, Raimundo, José,
Michel y otros tres Elías- conducen a lo s turistas y peregrinos a lo largo y
ancho de Tierra Santa. Con total prem editación, sólo he mencionado once
de los doce profesionales que recog ía la lista. El último, que aparecía me-
diada la citada relación oficial, fue el causante de mi ya referido júbilo. En la
sucinta referencia -de la que silencio algunos datos por razones de seguri-
dad- pude leer y copiar lo siguiente:
«00006. Marcos Gabriyeh. Domicilio… Apartado postal 620. Belén. (Care-
ce de teléfono.) Árabe cristiano. Ej erce desde 1965. Habla hebreo, árabe,
inglés, español, francés, italiano y portugués. Trabaja para la Agencia… Di-
rección… P.O.B… Teléfonos… Cable… Télex… Jerusalén
. »
Como habrá intuido el lector, en es tas telegráficas líneas destellaban al-
gunos datos reveladores que colmaron mi excitación. Para empezar, aquél
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era el único guía de Belén que respondía al nombre de Marcos. En cuanto a
los tres dígitos del apartado de Co rreos, ¿qué podía suponer? ¡620! La
misma cifra que acompañaba a la inicialmente supuesta cita bíblica
:
MARCOS 6.2.0.
«… y sus alas te llevarán
al guía MARCOS 6.2.0.»
El rompecabezas encajaba. Las alas del «ángel» de Hazor estaban «lle-
vándome» a un guía, de nombre MA RCOS, cuyo número secreto oficial -
00006- coincidía o sumaba lo mismo qu e el de las plumas del querubín:
«6».
Estudié el criptograma, sin dar crédito a lo que ahora, después de tantos
esfuerzos y quebraderos de cabeza, resplandecía ante mí como lo más cris-
talino del mundo. Y recordé estremecido la caria de Munich.
Si todo aquello era algo más que un espejismo, mis viejas e inseguras
deducciones habían acertado de plano. El mayor, jugando a desorientar,
supo extraer la justa utilidad del nombre y de los textos del evangelista, in-
crustando un segundo «Marcos» en el punto exacto. Y como ocurriera en el
primero de los «mensajes», el que me llevó a Washington, las sucesivas
claves fueron arropadas por lo que podría definir como «piezas com
plemen-
tarias », con un papel de apoyo o ratificación de lo esencial.
En suma, aceptando que mis pasos y lucubraciones estuvieran acertados,
el enigma parecía llegar a su fin. Pero , a pesar de lo sólido de las aparien-
cias, mi desconfiado espíritu no termin aba de asimilarlo y, lo que era más
importante, de encajar que hubiera triunfado. Supongo que es mi forma de
ser.
Naturalmente, seguí contemplando la posibilidad de que el dichoso «
guía»
fuera una cosa o persona diferente. El sentido común, sin embargo, se re-
belaba.
Aquello traslucía un innegable sentido. Todo engarzaba en la prodigiosa
rueda de la lógica. Y me dejé arrastrar por los sueños. « Quizá el mayor -no
sé cuándo- conoció a un hombre llamado Marcos. Quizá fue su amigo y qui-
zá le confió “algo” que prepararía mi camino… ¿Por qué
no?»
Prescindí de tales pensamientos y, sujetando en corto mi imaginación,
anoté lo que entendía como de inmediato y obligado cumplimiento:
«Localización y entrevista con el tal Marcos, de Belén. »
Desconocía lo que me aguardaba y, po r tanto, calculé los riesgos, esti-
mando que dicha cita debería producirse al margen de testigos; en especial,
fuera de la órbita de la Inteligencia militar israelí. En aquellos esperanzado-
res momentos, a la vista del abanico de datos y sucesos que se abría ante
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mí, me felicité por el silencio guardado en el despacho de la funcionaria de
turismo. No podía olvidar -y los servicios secretos mucho menos- que la re-
gión de Belén constituye uno de los focos más virulentos del terrorismo en
Israel, habiéndose convertido en una «cantera» de la que brotan
infinidad
de palestinos, dispuestos a pelear por sus legítimos derechos. De haber
pronunciado el nombre de Marcos, o cualq uier otro, mis dificultades con el
Agaf habrían sido dramáticas. En definitiva, entre otras, ésta
podía ser una
de las razones del espionaje judío para mantenerme controlado.
Era del todo necesario organizarse co ncienzuda y meticulosamente. Y mi
insensato cerebro empezó a maquinar un plan.
La climatología empeoró. El frió y la lluvia se ensañaron co
n Jerusalén y,
no de muy buena gana, me dispuse a tomar el bus 4A, que debería trasla-
darme a la Universidad Hebrea en el monte Scopus, al norte de la ciudad. El
compromiso me irritó. Pero, resignado, comprendí que no convení
a dar un
solo paso en falso.
Durante los paseos bajo la marquesina escruté los alrededores del hotel,
a un tiro de piedra de la parada. En especial, la boca del aparcamiento
sub-
terráneo y la puerta giratoria del vestíb ulo. Del Mercedes y de sus ocupan-
tes, ni rastro. Parecía como si se los hubiese tragado la tierra.
Una pareja de judíos ortodoxos, con sus funerarias levitas, los inconfun-
dibles tirabuzones desmayados a ambo s lados de sus pálidos rostros y los
sombreros de terciopelo negro protegid os del agua con sendas fundas de
plástico, se unieron a mi espera. Después, con idéntica desconfianza, vi lle-
gar a una espigada y atractiva mujer de rasgados ojos azabaches. Al desfi-
lar frente a ella sostuve su inquieta nte mirada. No sabía a qué atenerme.
Cualquiera de aquellos ateridos semblantes podía ocultar un astuto ag
ente
secreto.
« ¿Por qué me obsesiono? -me reproché al punto- Mi visita a, Scopus está
“bendecida”. Quizá hayan desistido, por el momento … »
Sin embargo, decidí salir de dudas, en la medida de mis posibilidades. El
autobús frenó puntual y rechinante y sus puertas hidráulicas resoplaron,
franqueándonos el acceso. Los judíos, sin la menor consideración, tomaron
la delantera. La señorita, más prudente, quedó rezagada. Y, como digo, pu-
se en marcha la primera de las pruebas.
Inmóvil sobre los peldaños que conduc ían al chofer y cobrador, toqué el
hombro del que me precedía, preguntándo le -en inglés- si aquél era el bus
de la universidad. Sabía que estos fanáticos de la religión -vecinos quizá del
barrio de Mea Shearim- llevan su radicalismo al extremo, incluso, de no dia-
logar en otra lengua que no sea la hebrea. De haber sido un miembro de la
Inteligencia militar, lo más probable es que se hubiera dignado correspon-
90
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der a la inocente cuestión de aquel ex tranjero. No fue así. Giró la cabeza.
Me inspeccionó de pies a cabeza y, co n el más olímpico de los desprecios,
prosiguió su conversación con el segundo hassidim, ignorándome.
«Perfecto», repliqué en mi fuero interno, encajando el revelador desplan-
te.
Ya sólo faltaba la mujer. Lo normal, en el supuesto de que fuera lo que
sospechaba, es que portara una arma. Había que descubrirlo. Le cedí el pa-
so gentilmente y, una vez en el pasillo del autocar, me situé a su espalda.
La brusca arrancada fue la excusa idónea para asirme a su cintura con am-
bas manos. El incidente -tan común en estas circunstancias- no pareció dis-
gustarle demasiado. Con su grácil br azo izquierdo levantado hacia una de
las barras de seguridad, resistió el tirón. Solté mi presa y, aprovechando el
cabeceo del vehículo, provocado por la entrada de la segunda velocidad, re-
currí de nuevo al cuerpo de la señorita . Esta vez la tomé por debajo de las
axilas, resbalando mis manos -sin el me nor pudor- por los tersos costados.
Recompuestas estabilidad y figura, me excusé, aliviándola de la firme pre-
sión de mis manos. La joven, impasi ble, sonrió con picardía, guiñándome
un ojo. Mi sonrojo llegó hasta los pies…
Los temores eran infundados. La hermosa hebrea no iba armada.
A la hora convenida, Daniel Schwariz, profesor de Historia del Pueblo de
Israel, me recibía en uno de los desp achos del edificio Truman. Por espacio
de una hora, en presencia de Pessy Druker, miembro también del profeso-
rado de la citada Universidad Hebrea, el joven científico satisfizo mi curiosi-
dad, hablándome de sus investigaciones en torno a Poncio Pilato. Dicho sea
de paso, algunas de las audaces teorías de Schwartz coincidían con lo ex-
puesto en el diario del mayor norteamericano, acerca de este discutido e in-
justamente denostado gobernador romano.
Aunque presté toda mi atención a la entrevista, la verdad es que mi cora-
zón se hallaba lejos. Para ser exacto, en Belén. Mi plan inicial no fijaba la
búsqueda del enigmático Marcos hasta el día siguiente. Sin embargo, con-
forme avanzó la tarde, le di la vuelta a mis pensamient6s. Actuaría de in-
mediato. Ni los nervios ni la curiosidad hubieran perdonado que me cruzara
de brazos.
Dicho y hecho. Al filo de las seis, de regreso al Moriah, activé la recién
bautizada Operación Marcos. Busqué al recepcionista que había dialogado
con los propietarios del Mercedes, in teresándome por algo que conocía so-
bradamente: la zona comercial más próxima. Plano en mano me recomendó
el triangulo formado por las céntricas calles de Jaffa, Ben Yehuda y George
V. En efecto, todo un paraíso para el comprador.
No había prisa. Así que, desafiando la lluvia y el torrentoso malestar ge-
neral que roía mis huesos, emprendí un despreocupado paseo, Keren Haye-
91
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sod arriba. El tránsito peatonal, muy escaso, jugó a mi favor. No estaba se-
guro pero, como medida preventiva, llevé a cabo una pausa frente a un es-
tablecimiento de música que se alza en la misma acera del hotel, a cosa de
cien metros. El silencio de la calle me trajo un precipitado taconeo. Alguien
se acercaba. No me moví, aparenteme nte absorto en los discos que se ex-
hibían en el escaparate. El reflejo de un hombre grueso, de baja estatura,
se presentó en el cristal que se leva ntaba a dos palmos de mi nariz. Dobló
la cabeza hacia el lugar donde me encontraba y, automáticamente, aflo
jó el
paso.
«¡El “cara de luna”!»
Indeciso, pasó el paraguas de mano, continuando su camino. Esperé diez
o quince segundos y, sin querer sofocar mi regocijo, reemprendí la marcha.
Tenía gracia. De perseguido me había convertido en perseguidor.
El aturdido agente, ante lo penoso de la situación, sólo acertó a volver el
rostro en un par de oportunidades, comprometiendo aún más su labor. Mi
objetivo se hallaba todavía a medio k ilómetro y, disfrutando como un niño,
le dejé seguir. Inteligentemente, cambió de acera y, con toda natu
ralidad,
se detuvo en una de las paradas de au tobús. Al llegar a su altura, el «cara
de luna» varió de táctica. A partir de entonces, el seguimiento se registraría
a una prudencial distancia y siempre en paralelo, desde la banda opuesta a
la que yo utilizaba.
Mi estrategia -elemental- consistía en ganar la concurrida confluencia de
las referidas calles de Ben Yehuda y George Y Una vez allí, con unos gramos
de suerte, trataría de darle esquinazo. Sin embargo, al rebasar el hotel Pla-
za -mediada ya la avenida de George V-, tuve una idea mejor y más arries-
gada.
Tal y como suponía, el gordinflón, que no perdía ojo, quedó desconcerta-
do. Casi con seguridad, la información recibida del recepcionista le hizo con-
fiar en mi propósito de visitar tiendas y efectuar algunas compras. P
or eso,
al descubrir cómo me detenía bajo la marquesina del bus número 9, su de-
solación debió de ser notable. A pesa r de todo, tengo que reconocer que la
fortuna estaba de su lado.
Si en aquellos precisos instantes hubiera llegado un autocar, la burla
habría sido redonda. Muy a pesar mío, el primero de los vehículos de trans-
porte público que asomó por la avenida lo haría con el suficien
te retraso
como para permitirle cruzar la calle y mezclarse entre el reducido grupo de
personas que nos cobijábamos en la garita.
Al ingresar en el bus, mi contrariedad fue en aumento. «Y ahora, ¿qué? »
El «cara de luna», impertérrito, pasó a mi lado, acomodándose en uno de
los asientos del fondo, muy cerca de la puerta de salida. Yo permanecí de
92
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pie, frente por frente a la portezuela de doble hoja situada en el centro
geométrico del vehículo y que era acci onada en cada una de las paradas.
Tenía que actuar. Pero ¿cómo?
El número de pasajeros se incrementó en las dos siguientes paradas.
Aquello podía beneficiarme. De soslay o, parapetándome entre los viajeros,
procuré vigilar al individuo. Naturalmente, él hizo otro tanto.
No disponía de muchas alternativas. Era menester jugárselo a una carta,
aunque aquello me delatara. Nervioso, aguardé la siguiente parada. Al divi-
sar el inminente cruce con la vía de H illel, alguien pulsó el timbre, previ-
niendo al conductor. El bus se detuvo y, al abrirse la puerta, descendí sin
prisas. Fue cuestión de segundos. La sorpresa ralentizó la reacció
n del
agente, quien, a duras penas, terminó por bajar. Era lo que yo espera
ba.
Su sentido profesional hizo que, nada más poner los pies en el suelo, me
diera la espalda, en un elemental gesto de disimulo. Aquél fue su error. An-
tes de que alcanzara a comprender, salté como un gato sobre el descan
sillo
de la puerta central, justo en el mo mento en que un bronco rugido tiraba
del bus. La doble hoja me aprisionó, pero, segundos después, logra
ba re-
chazar el sistema hidráulico, liberándo me. El «cara de luna», desarmado,
no se movió. Ni siquiera hizo un mal gesto. Los que también quedaron ató-
nitos fueron los pasajeros más próxim os, que no terminaban de entender
mi extraño comportamiento. La mayoría, quiero suponer, lo atribuyó a un
error a la hora de identificar la parada.
Un kilómetro más adelante abandonaba definitivamente el salvador b
us,
perdiéndome en la noche. Esta vez hab ía ganado. Pero ¿y la siguiente? La
pequeña peripecia, aunque me hubiera regalado la libertad de acción, podía
provocar consecuencias imprevisibles. Ahora, «ellos» sabían que yo tam-
bién lo «sabía»… Mal asunto.
De todas formas, pasase lo que pasase, no tenía intención de desperdiciar
mi temporal ventaja. Tomé un taxi y, cuarenta minutos después, descendía
frente a la basílica de la Natividad, en Belén. Me aposté en una de las puer-
tas del templo, dispuesto a comprobar si el familiar Mercedes, o cualquier
otro vehículo sospechoso, hacían acto de presencia en la explanada. A la
media hora, convencido de que no era así, requerí los servicios de un taxis-
ta belenita, que me condujo con precisión al domicilio que obraba en mi po-
der y que, según la Oficina de Turism o de Israel, pertenecía al guía y su-
puesto amigo del mayor: Marcos Gabriyeh.
La suerte estaba echada. Ahora, frente a aquella casa de una planta, el
mar de dudas que me golpeaba se en crespó. ¿Había elegido el buen cami-
no?
vacío que, en forma de nudo gordiano, se enroscaron en mi vientre al
tras-
pasar el umbral del portón. Puede que nadie lo crea: la justa verdad es que
mi mente se vino abajo. Me quedé en blanco. ¿Por dónde empezaba? Si,
realmente, aquél era el sujeto que perseguía con tanto encono, ¿qué frases
tenía que dirigirle? ¿Cómo me presen taba? Considerando -que quizá sea
mucho considerar- que guardara «algo» para mí, ¿cómo persuadirle para
que me lo entregara?
Temblando como la llama de una vela, pulsé el timbre. Cinco, diez, quince
segundos… Silencio. Alarmado, insistí co n bríos. ¿Y si no estuviera en Be-
lén? Dada su condición de guía oficial, todo era posible.
… Veinte, treinta segundos. Llamé por tercera vez. La respuesta fue
idén-
tica. La casa parecía desierta.
«¡ Maldita sea! »
De la incertidumbre y el pasmo pasé a una rabia sorda. Aquello no era
justo.
Fue inútil. Nadie respondió a la med ia docena de timbrazos. Decepciona-
do, di media vuelta, parándome en mitad de la solitaria calle. El mom
ento,
negro como boca de lobo, se abatió sobre mí. Incapaz de reflexionar y deci-
dir, las esperanzas, al igual que la mans a lluvia, se derramaron por el relu-
ciente asfalto.
Pero mi caritativa y buena «estrella» -aunque no pudiera verla- se
guía en
lo alto. De improviso, una voz me reclamó desde una ventana contigua a la
casa del desaparecido Marcos. Era una mujer. Lamentablemente sólo
hablaba árabe. Por lógica comprend í que había escuchado mis llamadas.
Pronuncié el nombre de Marcos lo má s despacio posible, vocalizando como
un párvulo y señalando hacia el domicilio de aquél. La señora replicó en su
lengua, indicándome, a su vez, el fo ndo de la calle. Tras unos minutos de
estéril diálogo, se retiró de la ventana, rogándome por señas que esperase.
Al poco retornaba en compañía de un muchacho con el que sí pude
hacerme
entender. Amable y bien dispuesto, se prestó a acompañarme hasta el local
donde, al parecer, se hallaba su veci no y amigo. «Marcos -según el joven
árabe- estaba trabajando en la puesta a punto de un restaurante.»
Después de un presuroso callejeo nos adentramos en un desahogado sa-
lón en obras. A la parca luz de algunas bombillas enroscadas a las co
lum-
nas, confundidos en una atmósfera de yeso fresco y madera recién aserra-
da, cuatro individuos trajinaban tablones y martillos. Uno de ellos, encorva-
do hacia un caldero de cemento, canturreaba una doliente melodía á
rabe.
Cerré los puños, comido por la emoción. ¿Cuál de aquellos afanosos obre-
ros era el depositario de lo que tanto ansiaba?
94
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Tras identificar a nuestro hombre, mi acompañante sorteó a los operarios
más próximos, saludándolos con sendas y amistosas palmadas en l
as es-
paldas. Le vi llegar hasta el que removía la masa e, inclinándose,
le susurró
algo al oído. Ambos se incorporaron, observándome desde la penumbr
a. La
irregular iluminación le preservó de mi desatada curiosidad. Pero me quedé
quieto, tal y como me había sugerido el improvisado guía.
Digo yo que el tronar de mi corazón tuvo que ser escuchado en un amplio
radio. Pero nadie alteró su faena.
Concluido el breve diálogo, el que hac ía de albañil arrojó la paleta en el
mortero y, restregando las manos en los flancos del pantalón, avanzó hacia
mí.
No pude remediarlo. Me eché a te mblar. ¿Había llegado el gran momen-
to? ¿Qué podía decirle? ¿Cómo atacar tan peregrina y crí
ptica historia?
Un foco amarillento, compasivo ante mi desazón, borró al fin la negrura
de la silueta que se acercaba, mostrándome al hombre. Parecía instalado en
esa edad indefinida que sólo florece a partir de los cincuenta. Como buen
árabe, conservaba una ensortijada y generosa mata de pelo negro, algo ce-
nicienta y descuidada. Un vientre ca mpanudo hinchaba una camisa caqui,
salpicada aquí y allá por lamparones de cal, robando altura y prestancia a
su escaso metro y sesenta centímetros. Un rostro terso, más ancho que al-
to, formaba un todo con el fornido cue llo. Y en mitad de la bronceada piel,
unos ojillos recogidos, en perpetuo ir y venir pero, a la par, sonrientes y
confiados, como en todo hombre de bien.
Presumo de pocas virtudes. Sólo, y arriesgando mucho, de destapar a las
gentes con un par de atentas miradas. Pues bien, este pequeño don -fruto
del oficio- me hizo confiar. Espontáneamente me tendió su maciza y vigoro-
sa mano, y yo, como un torpe paquebot e a la deriva, sólo acerté a corres-
ponder, estrechándola con fuerza. Creo no equivocarme cuando digo que,
en general, un sincero e intenso gesto de esta índole abre muchas puertas;
sobre todo las de la amistad. Aquel apretón de manos, a pesar del mutuo
desconocimiento, se prolongó más de lo normal. Tanto el guía como yo -lo
sé- sintonizamos.
-Usted dirá…
La voz recia de Marcos, sin un ápice de reserva, me animó. Le sonreí. Y el
buen hombre, expectante, hizo otro tanto.
-Verá-, -arranqué finalmente, sin saber muy bien qué rumbo tomar-, de-
searía conversar con usted.
-¿Conmigo?
-No se alarme -atajé- Se trata de un asunto privado que requiere un poco
de calma. Nada grave.
95
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Me maravilló que no profundizara o que -cargado de razón- no tante
ara
mi insólita visita con algunas preguntas de rigor.
-Puede esperar un minuto?
Asentí, creo, con un vago movimiento de cabeza. La tensión me tenía
embarullado.
Se despidió de la compañía y, marc ando la salida con ambas manos, nos
invitó a precederle.
-Iremos a mi casa -puntualizó.
El joven árabe y yo obedecimos en silencio. A los pocos minutos, seña-
lando a sus espaldas y con una franquez a que jalonaría todo el encuentro,
abrió su corazón, lamentándose de la cris is por la que atravesaba el sector
turístico en aquellos momentos. La falt a de trabajo les había impulsado -a
él y a otros guías de Belén- a pluriemplearse en la aventura de
l restauran-
te. Me gustó el detalle y la confianza. Marcos era un hombre sin dobl
ez.
Abierto, incluso, con los que no conoc ía. El gesto me espoleó. Camino del
domicilio tomé la firme decisión de entrarle sin tapujos ni medias verdades.
El muchacho que me había hecho tan providencial servicio nos dejó solos.
Un par de minutos después casi sin poder creerlo- me vi sentado &ente al
guía belenita, en su austero y solitario hogar.
A pesar de mis buenos propósitos, el asunto se resistió. Me sentía despla-
zado, impotente y hasta ridículo. ¿Cóm o explicarle quién era y por qué es-
taba allí?
Penetrante y sagaz como un halcón, Marcos adivinó el revoltijo de nervios
que enroscaba mis manos. Se levantó y, cordial y entregado, me ofreció un
té.
No podría jurarlo. Sin embargo, a tr avés del vaporoso humo de la infu-
sión, creí intuir en su mirada el porqué de mi visita. Yo mismo me censuré.
Eso era imposible. No obstante, aquella «luz» y el atronador silencio de sus
ojos siguieron inquietándome. En de finitiva, me tendieron un salvador
puente.
Le hablé de mí. De mi trabajo y del histórico día en que conocí al mayor.
No hubo interrupciones. Dejó que me explayara. Su imperturbable atención,
distendida sólo por alguna que otra sonrisa de complicidad, me convenció
de que no hablaba en vano. De no haber sido el hombre que buscaba, ¿qué
sentido tenía tan paciente y generosa escucha? Al detallarle, por ejemplo,
mis venturas y desventuras en la resolu ción del criptograma, lo razonable
por su parte habría sido cortar tan prolijas y extrañas explicacio
nes. Al con-
trario. Mis enredos en Washington le cautivaron.
Apuré el reconfortante té y, sin mediar palabra, me sirvió una
segunda
taza, invitándome, con su respetuoso mutismo, a que prosiguiera. Lo hice
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como un potro salvaje, sin orden ni concierto y con una exaltación progresi-
va que, por supuesto, no escapó a su inteligencia.
Hubo un par de detalles, eso sí, que oscurecieron su mirada, traicionán-
dole. El primero fue la alusión a la muer te del ex oficial de la Fuerza Aérea
norteamericana. El segundo, la sorda batalla con la Inteligencia militar ju-
día. Poco faltó para que, ante tan elocuente hundimiento obviara el resto de
la historia, pasando a la cuestión que me consumía. Pero, no deseando for-
zar los acontecimientos, rematé la narración. El último movimiento consistió
en mostrarle el cuaderno «de campo», con el texto del segundo enig
ma y
los dibujos del «ángel de Hazor». Tomó, en efecto, el bloc,
repasando el
criptograma con brevedad. Acto seguido, en tono grave, me rogó que le
mostrara el pasaporte. La inesperada petición me pilló a contrapié
.
-Tranquilo -terció, suavizando el calibre de sus palabras- Se trata de una
mera comprobación.
Mi desconcierto siguió vivo. ¿Me había equivocado de persona? ¿Era el tal
Marcos otro esbirro de los servicios de información? La explicación del guía
puso punto final a mi inquietud.
-Compréndalo -sonrió satisfecho, devolviéndome el documento- Debo es-
tar seguro…
-Entonces, usted…
Mi estallido de alegría le conmovió. Pero no dijo nada. Abandonó su
asiento y, dirigiéndose a la ventana, me ditó unos instantes. Al volverse, su
pregunta enfrió mi expectación.
-¿Cree posible que le hayan seguido hasta aquí?
Negué con firmeza.
-Y otro asunto que me intranquiliza. ¿Saben o sospechan «ellos» mi iden-
tidad?
Repetí la negativa, poniéndole en antecedentes de mi silencio en la Ofici-
na de Turismo y de cómo había dado con su persona. Marcos sabía de la
astucia de los servicios de Inteligenc ia de Israel y las aclaraciones no apa-
garon su desasosiego. Sin embargo, al menos por el momento, dejó de lado
el espinoso asunto. Su faz recobró la primitiva luminosidad y, tendié
ndome
ambas manos, resumió lo único que ansiaba oír en aquel momento:
-Hace años que espero esta visita…
Aunque la intuición había abierto mi alma desde tiempo atrás, la garganta
quedó anudada por la emoción. Fui incapaz de responder. Tomé sus manos
y, sencillamente, las estreché, transmitiéndole así los meses d
e pesadilla,
desaliento y esperanza. Las miradas hablaron por sí solas. A partir d
e ese
imborrable momento, fue él quien tomó la iniciativa, sacándome de dudas.
Había conocido al mayor a lo largo de l año 1973, en Jerusalén, y por moti-
vos ajenos a los que ahora nos reunían. Entre ellos nació una corr
iente de
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hermandad y, años más tarde, desde el remoto Yucatán, volvió a tener no-
ticias del viejo piloto norteamericano . Le encomendó la custodia de «algo»
que sólo podría ser entregado al hombre o mujer que acreditara haber re-
suelto y despejado el criptograma que obraba en mi poder. La última «cla-
ve» del enigma era él mismo. Desde que «aquello» llegara a su poder, a
pesar de sus intentos por conectar co n el mayor, no había vuelto a tener
noticias suyas. ignoraba que hubiera fallecido y, por supuesto, que existiera
un primer mensaje.
Leal y prudente donde los haya, Marcos me aseguró que jamás despre
cin-
tó el «envío» de nuestro común amigo. Le creí.
Y ardiendo en deseos de hacerme con el misterioso «legado», le supliqué
que me lo mostrara. Sonrió con benevole ncia, disculpando mi fogosidad. Al
punto, sin rodeos, me hizo comprend er que aquella justa entrega debía
consumarse en el momento y lugar ad ecuados. Acepté sus razonables pre-
cisiones. El Agaf, con seguridad, pod ía estar al acecho. Si me presentaba
esa noche en el hotel con el preciad o «cargamento» -ésas fueron sus pala-
bras-, mis sacrificios, los suyos y los del mayor corrían el riesgo de ser in-
molados, en beneficio de los servicios de Inteligencia. Merecía la pena espe-
rar.
-Éste es mi plan -simplificó, exponi endo la idea que acababa de concebir
y que, así, de bote y voleo, me hizo soltar una carcajada, si no recordaba
mal, la primera de este infeliz en toda su estancia en la Tierra Prometida.
Accedí ilusionado. «Aquello» resultaba excitante y, sobre todo, eficaz. Me
sometí a su voluntad y no volví a interrogarle ni a presionar acer
ca de «lo
que le había encomendado el mayor». Un «legado» cuya naturaleza presen-
tía.
La tertulia -sembrada de confidencias- se prolongaría hasta altas horas de
la madrugada. Fue así como entramos en el mutuo conocimiento de hechos
y circunstancias, íntimamente ligados al mayor, que, amén de enriquecer-
nos, multiplicaron -si cabe- nuestra sincera estima hacia aquel hombre sin-
gular y aguerrido.
Pasadas las cuatro horas, un segundo taxista belenita orillaba su turismo
en el cruce de las calles Smolenskin y Keren Hayesod, a trescientos metros
del Moriah Jerusalén. Por seguridad, despedí al chofer y amigo de Marcos
en un lugar lo suficientemente retira do del hotel como para conjurar cual-
quier tropiezo o «malsana curiosidad»…
Caminé decidido. La zona, iluminada y dormida, parecía en paz. En los
aledaños del Moriah no se distinguía un solo vehículo. Crucé frente a la
rampa del aparcamiento subterráneo y, de pronto, sentí miedo. Me detuve.
Inspeccioné la oscura y solitaria boca del parking, sin divisar al guarda.
¿Qué hacía? ¿Entraba por el sótano? Desde allí, con la ayuda de los ascen-
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sores, el acceso a la habitación era menos comprometido. Finalmente,
re-
nuncié. Mi apaleado corazón no hubiera resistido otro «susto». Además,
¿qué importaba que me vieran entrar por el vestíbulo? A estas a
lturas del
«negocio» todo estaba consumado…. para bien o para mal.
Encogido y receloso empujé despacio la puerta giratoria. En el vestíbulo,
a media luz, no respiraba una alma. Mi ento: a la izquierda, en uno de los
butacones, roncaba un vigilante. Salvé de puntillas los siete u ocho
metros
que me separaban de los elevadores y, escurridizo como una serpiente, me
quité de en medio. Ninguno de los recepcionistas -posiblemente tan arroba-
dos como el agente de seguridad dete ctó el retorno de aquel trasnochador.
Pero los sobresaltos -en el fondo soy un ingenuo- seguirían llegando.
..
Feliz como unas castañuelas, me dispuse a descansar. Me planté ant
e la
puerta de la habitación y, de pronto, medio mundo se vino abajo: había ol-
vidado la llave en conserjería.
-¡Ésta sí que es buena!…
No supe si reír o llorar. El nuevo registro de mis ropas fue tan inútil como
el primero. ¡Increíble! En segundos, la euforia se transformó en cólera. Los
que me conocen saben que ya sólo me indigno conmigo mismo. Pues bien,
ésa fue una sonada ocasión para ejer citar una de mis actividades predilec-
tas: maldecir mi sombra y mi proverbial despiste.
Pujé por hallar un remedio. Todo me nos bajar y delatar mi presencia.
También era posible que no ocurriera nada, pero ¿y si ocurría?
El análisis de la necia situación arrojó dos únicas alternativas. Una: inge-
niármelas para forzar la puerta. Dos: acomodarse en el pasillo y resistir
hasta el alba. La última no fue de mi agrado. Así que, malhumorado, hice
inventario de cuanto llevaba encima. El recuento no me estimuló: la carte-
ra, el pasaporte, tabaco, un encendedor , el «cuentapasos», una batería de
rotuladores -a los que soy tan aficio nado- y el cuaderno «de campo», con
tres o cuatro hojas sueltas, repletas de nombres y direcciones y prendidas a
la masa del bloc mediante sendos clips labiados de acero inoxidable.
-¡Escaso arsenal! -me lamenté- Si al menos el mechero hubiera sido de
gasolina…
Como ya había «practicado» en otras locas peripecias, bastaba c
on inyec-
tar el combustible en el ojo de la cerra dura y prenderle fuego. En general,
dependiendo, claro está, del tipo de engranaje, el pequeño incendio-
explosión terminaba por descomponer el mecanismo. Éste no era el caso.
Sólo cabía una solución: los «clips». Desbaraté uno de ellos, y con el alam-
bre resultante, confeccioné una ganz úa. Fue absurdo que mirase a uno y
otro lado del solitario corredor. ¿Quién podía mirarme a tan in
tempestiva
hora?
99
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La rústica «llave» hurgó en los entr esijos del pomo, a la búsqueda del
pestillo. A la tercera o cuarta acometid a, un musical clic vino a recompen-
sarme, franqueando el paso.
El Destino, aunque uno ya no sabe qué pensar, lo tenía todo calculado.
Incluso, que yo no recogiera la llave de mi habitación, dando a entender -a
propios y extraños- que había pasado la noche fuera.
Lo suponía. A primerísima hora de la mañana del viernes, cuando me dis-
ponía a salir, sonó el teléfono. Imagin é el origen de la llamada y, haciendo
caso omiso, escapé de la habitación, abriendo así la operación planeada por
Marcos.
De momento creí oportuno seguir ocultando mi presencia en el hotel. Así
que, con el fin de soslayar engorrosos encuentros, me dirigí directamente al
aparcamiento subterráneo. Allí me ag uardaba otra sorpresa. Conforme ga-
naba la salida, uno de los vehículos -aparcado a escasa distancia de
la ba-
rrera de control- reclamó mi interés. Al poco, alerta, fui a ocultarme al am-
paro de una de las columnas. No cab ía duda. ¡Era el Mercedes 300-D! Es-
cudriñé temeroso su interior. Nadie lo ocupaba. Tampoco en los alrededores
había rastro de los pegajosos agentes. Era obvio que la situación del vehí-
culo en el sótano -tan estratégicamente dispuesto para una fulminante par-
tida- no era casual. En la calle, fren te a las puertas del hotel o en sus
proximidades, habría llamado mi atención de inmediato. Por otra parte, si
se hallaba desierto, ¿dónde ubicar a sus pasajeros? «No muy lej
os», calcu-
lé.
Si «ellos» estaban al tanto de mi prolongada ausencia, lo lógico era supo-
ner que, en tales momentos, merodeas en por el vestíbulo. La llave conti-
nuaba en conserjería…
¿Qué camino debía tomar? Por supuesto, rechacé la idea de presentarme
en el vestíbulo. ¿Y si vigilaban el exterior? No había elecció
n. Correría el
riesgo. Salí del escondite y aposté por la rampa del subterráne
o.
El empleado del peaje -derrotado po r el largo turno de noche que ahora
expiraba- me lanzó una rutinaria y cansina mirada. Le saludé con un escue-
to movimiento de cabeza y, de repe nte, mi vista tropezó con algo que -
quién sabe- quizá pudiera servir. Le hice una señal para que abriera el cris-
tal de la garita y, una vez frente al aburrido y somnoliento personaje, le
sonreí, señalándole una gorra azul que colgaba del respaldo de
la silla.
-¿Está en venta?
La pregunta le dejó perplejo. Y ante s de que abriera la boca le mostré
cinco billetes de diez dólares.
-Perdone -arremetí-, es que soy coleccionista…
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El individuo debió de tomarme por un adinerado y chiflado turista. Y sin
encomendarse a Dios ni al diablo atra pó el dinero, entregándome la polvo-
rienta y descolorida prenda. Incrédulo, contó los papeles. Para cu
ando quiso
articular palabra, yo me alejaba del parking con la gorra calada hasta l
as
cejas. (A mi regreso a España, al co mentar la anécdota con la persona que
más quiero, ésta, inteligentemente, me hizo ver que una gorra no es el me-
dio más discreto para pasar inadvertido. Le di la razón. En ese caso fue la
Providencia quien permitió que saliera indemne del trance.) Sea como fue-
re, lo bueno y provechoso es que, a la hora pactada, me reunía con una de
las relaciones públicas de la Universidad Hebrea -Gina S, de acuerdo con lo
prometido al Instituto de Relaciones Culturales. Tal y como le detallé a Mar-
cos, convenía seguir dando una de cal y otra de arena… La joven judía me
introdujo en la Academia Rubin de Músi ca, ayudándome a localizar una pe-
regrina serie de libros sobre instrumento s bíblicos musicales. Satisfecha mi
curiosidad, le rogué que me acompañara al Moriah. Y a las once hor
as, to-
mándola por el brazo, irrumpimos en el hotel. El trasiego de turistas no me
permitió explorar el vestíbulo con pr ecisión. Si la Inteligencia militar se
hallaba en el lugar, nunca lo supe. Recibí la llave y, sin soltar a G
ina, la
convencí para que subiera. No recuerdo muy bien la excusa, pero creo que
le hablé de un libro hebreo, escrito por el gran especialista en el mar de Ti-
beríades, Mendel Nun, que yo había comprado días antes y sobre el que
precisaba cierta información. La nobl e y complaciente mujer se brindó en-
cantada. Pero antes de tomar el ascens or, rizando el rizo, solté su brazo y,
regresando hasta el mostrador de cons erjería, me interesé por la fórmula
más rápida para hacer llegar a la habitación una botella de champaña y dos
copas. El comentario, en un tono de v oz más elevado de lo habitual, surtió
efecto. Varios de los recepcionistas, al oírme, fijaron sus miradas, alternati-
vamente, en mi acompañante y en un servidor. Las sonrisitas que dejé a mi
espalda fueron la guinda de la estratagema.
Una vez en la habitación, me liberé de la chaqueta e invitándola a tomar
asiento, puse en sus manos el referi do volumen de Nun: Sea of Kinnereth.
Le pedí que lo hojeara, aclarándole qu e necesitaba una traducción de la bi-
bliografía. La verdad es que ni siquiera sabía si el libro aportaba relación bi-
bliográfica alguna. Gina, creo que algo decepcionada, puso manos a la obra,
al tiempo que cruzaba sus piernas provocativamente. No sé qué pudo
pen-
sar. Quizá que le había tocado en suerte un tímido o un excéntrico. En par-
te, acertó. Simulé que buscaba algo. Me hice con la documentación, las tar-
jetas de crédito y algunos dólares y, con el manido pretexto de bajar a
comprar cigarrillos, desaparecí de su atónita mirada.
El resto fue menos angustioso. Repetí el descenso hasta el sótano, ale-
jándome de¡ hotel por la boca del aparcamiento. El Mercedes contin
uaba en
101
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el mismo lugar. Eran las once y vein te. Quince minutos más tarde -con al-
gún que otro remordimiento de conciencia, todo hay que decirlo- embarca-
ba en el bus 22, en la puerta de Jaffa, con destino a Belén.
En aquellos once o doce kilómetros de viaje como justo castigo a mi per-
versidad- otra duda se desató en mi corazón: ¿y si la relaciones públicas
husmeaba en mis papeles? El recuerdo del cuaderno «de campo» sobre el
escritorio de la habitación me descompuso.
A las doce y media, con algo de retraso, irrumpía en la basílica de la Nati-
vidad. Marcos y un franciscano amigo suyo cuya identidad debe quedar
oculta, me aguardaban en un pequeño recibidor. Solicité perdón y una tre-
gua. Necesitaba oxígeno.
El buen guía me recibió con la mejor de sus sonrisas. Me preguntó si todo
había ido bien y, sin más preámbulos, señaló una de las s
illas.
-No hay tiempo que perder -ordenó.
Obedecí. Y tomando las ropas que descansaban sobre el asiento, las le
-
vanté a la altura de la cara, sin poder re primir una risa nerviosa. El fraile,
disculpando mi torpeza, se apresuró a ayudarme. Eché de menos un espe-
jo.
-Perfecto -sentenciaron al unísono.
-¿Seguro que resultará?
Marcos me miró fijamente, tratando de infundirme ánimos.
-¡Resultará! Ahora conviene esperar -dudó-, al menos una hora..
.
Resignado, agradecí su paciencia y dedicación. En esos momentos, e
m-
bebido en la contemplación del hábito franciscano que me cubría y que for-
maba parte del plan, no presté atención a lo que, desde el principio, ocu-
pando buena parte de la mesa del reci bidor, presidía la estancia. Fue el
árabe cristiano quien me arrastró ha sta la abultada bolsa marrón oscura.
Una vez frente a ella, abrió la palma de mi mano derecha y, radiante, dejó
caer una llave. Tardé en comprender.
-Promesa cumplida -balbuceó con un hilo de voz-; que Dios (el de todos)
te bendiga…
Le miré de hito en hito.
-Entonces…, esto…
Mis palabras, atropellándose unas a otra s, le hicieron sonreír. Asintió con
la cabeza, cerrando mis dedos en torno a la fría y diminuta llave pla
teada.
-Esto es…
Aquellos dos vocablos golpearon la austeridad de la sala. No podía creer-
lo. No podía…
Acaricié la tela, sin atreverme a palpar. Una cremallera y un candado, ca-
si de juguete, cerraban la valija.
102
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Miré a Marcos. Mis ojos, más elocuentes que las escasas y desperdigadas
frases que acerté a construir, le gritaron «Gracias».
Hice ademán de abrirla. Contundente, el guía me detuvo.
-Por favor -rogó con firmeza-. Han sido siete años de fidelidad a nuestro
común amigo… Prefiero ignorar el contenido.
Fui yo quien, en esta ocasión, asinti ó en silencio. Un espinoso bolo cuajó
en mi garganta y todo mi ser fue vapuleado. Mi admiración no tuvo lí
mites.
Ante el mudo franciscano, Marcos me obligó a tomar asiento y, dando un
giro de 180 grados a su tono, lanzó algo que me dejó perplejo y que, con el
paso del tiempo, terminé por aceptar.
-Y ahora, escúchame bien. Por tu pr opia seguridad, y Por la mía, ¡yo no
sé na-da! ¡Na-da! Su mirada, inexplicablemente encendida, remarcó
el én-
fasis de la palabra «nada».
-Nunca conocí al mayor. Nunca me dio na-da. Nunca te entregué na-d
a.
Sé que lo entenderás. Si alguien me pregunta, me encogeré de hombros.
No puedo negar que te conozco. Pero sólo serás un periodista en busca de
emociones e historias fantásticas. ¿Comprendido?
La dureza de las aseveraciones se re flejó en mi rostro. Y mi amigo, pe-
leando consigo mismo, me dio la espalda, yendo a sentarse al otro extrem
o
de la cámara.
Minutos más tarde, envueltos en una silenciosa y embarazosa espera,
consultó su reloj, indicando que debíam os actuar. Cruzamos el sector cris-
tiano de la basílica, accediendo al ex terior por la fachada opuesta a la ex-
planada. Desde allí, por un tortuoso laber into de callejuelas sin aceras, el
guía y el auténtico franciscano me esco ltaron hasta una oficina de viajes.
Marcos y yo habíamos convenido que mi partida de Israel debía ser
fulmi-
nante. No era saludable tentar la fortuna. Cerrado el vuelo para el domingo,
poco antes de las dos de la tarde me acomodaba en uno de los transportes
públicos con destino a Jerusalén. La aparente frialdad de aquella
despedida
me sumió en una dolorosa melancolía. ¿Volvería a verle? A pe
sar de las
apariencias, siempre seré un sentimental… Y hablando de «aparien
cias», al
descender en la Central Bus Station, en los límites de Yafo, la proximidad
de un reducido grupo de franciscanos me hizo palidecer. Afortunadamente
no se percataron de la presencia de aquel falso «hermano» de orden, ale-
jándose en uno de los sherouts, o taxi s colectivos. Recuperado el resuello,
ajusté el ceñidor, recomponiendo los arrugados pliegues del háb
ito. Hacia
las tres de la tarde, aquel «monje», inquieto y feliz, se colaba en el parking
del Moriah, ante la displicente mirada del vigilante. Lo primero que reclamó
mi atención fue el Mercedes. Mejor dich o, su ausencia. La desaparición del
vehículo me inquietó. Abracé la bolsa con pasión, jurándome que, a partir
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de esos instante, no cometería una sola locura más. Ni yo mismo me
lo
creí…
Gina, harta o enfurecida por mi espantada, había volado. Nunca volví
a
verla. Y dudo en lo más profundo que tenga valor para concertar un segun-
do encuentro.
Le di dos vueltas a la cerradura y, nervioso, deposité la bolsa sobre
la
cama, dedicando un tiempo indefinido al chequeo de la habitación y de mis
enseres. Todo seguía en su lugar, intacto y sin viso de haber sido curiosea-
do. Más sereno, me deshice del sayal. La valija -como un ser vivo- había
empezado a «hablar», magnetizándome.
Fue todo un ritual. Aunque herrumbros o, el candado se abrió con docili-
dad. Jugueteé con él entre mis temb lorosas manos, lanzando una lasciva
mirada al bulto. A juzgar por el porte, color, resistencia de la lona y por las
correas de sujeción, parecía un típico petate, como los utilizados por el
ejército judío.
Y suave, ceremoniosamente, fui desengranando la cremallera.
El inesperado repiqueteo del teléfo no hizo brincar mi corazón, propinán-
dome un susto de muerte. Dudé. Pero, acogiéndome a los todavía calientes
y sinceros deseos de no enredar má s la cosa, terminé por descolgar. Era
Rachel. Como siempre, se mostró en cantadora. Posiblemente desconocía
mis andanzas. Y con una contagiosa ex citación me anunció que, venciendo
las reticencias de los expertos en medi cina antigua de Israel, éstos habían
claudicado, aceptando una cita para la mañana siguiente. Tuve que trastear
en la memoria. La tensión y sinsabor es de las últimas horas habían blo-
queado mi cerebro, perdiendo la noci ón de aquella otra actividad «parale-
la».
-Claro. … sí…. por descontado… Mil gracias… ¿A qué hora?… OK … To-
mo nota… Muy bien…. allí estaré…, sí, museo de la Medicin
a Antigua…
El asunto, automáticamente archivado y relegado, resucitaría horas
más
tarde cuando, empeñado en un necio y delicado plan de «distracción» de la
Inteligencia militar, tuve la nefasta idea de adoptarlo como «señuelo». ¡En
mala hora!
Lo sabía. La intuición no me defraudó. Al examinar el interior de la bolsa,
cuatro gruesos paquetes aparecieron ante mi. Eran sumamente pesados.
Medían alrededor de 30 centímetros de longitud por 20 o 25 de anchura y
otro tanto de profundidad. Tomé uno, acariciando la basta tela de estopa
que, cosida por uno de los laterales, lo envolvía y cerraba hermét
icamente.
El fuego de la curiosidad me hizo sudar.
« ¡Dios mío! »
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Lo deposité sobre la colcha, rescatando el resto. Prácticamente no advertí
diferencias sustanciales. Medían y pesa ban por un igual. Y todos, como el
primero, se hallaban cubiertos por una arpillera, tipo saco, amarillenta y
primorosamente zurcida con un azulado y resistente nylon. Fui alineán
dolos
sobre la cama y, durante cinco o diez mi nutos -el tiempo perdió su flecha y
medida-, permanecí embelesado, deja ndo libres recuerdos y sensaciones.
Lo confieso: fue una íntima concesión; como el preludio de un juego amoro-
so…
«¡Dios mío! ¡Gracias! ¡Gracias…. gracias! »
¡Cuán dispares sentimientos pueden acosar a un tiempo! Gratitud, ansie-
dad, miedo…
Lo sabía. Sin abrirlo, yo conocía la naturaleza del legado del mayor. ¿0
fue mi febril deseo el que obró el milagro?
Al fin, saboreando cada movimiento, elegí uno de los paquetes. Rasgué la
costura y, con la delicadeza con que se desnuda a un bebé, retiré la coraza
de estopa.
« ¡Bendito seas! »
Una etiqueta adhesiva sobresalió al punto sobre una espesa funda de
plástico negro. A mano, en rojo, po día leerse un número: «2.» Incompren-
siblemente, olvidé este primer paquete, descosiendo el resto. La estructura
que los envolvía era idéntica: una resi stente e impermeable capa -que re-
sultó doble- de material plástico, refr actaria a la luz. Cada envoltorio pre-
sentaba también un número: del 1 al4.
Me decanté por el primero. (Era mu y capaz de empezar por el último.)
Con las endebles tijerillas del neceser perforé una de las esquinas y rasgué
el plástico.
«¡Bendito, bendito seas!»
.En una reacción difícil de cataloga r, salté de la cama, abandonando el
paquete. Me situé frente al ventana¡ y, levantando las manos hasta
tocar el
cristal, indagué en el borrascoso ciel o de Jerusalén, llegando, incluso, a
abolir las nubes. Mi espíritu e inte ligencia viajaron mucho más allá, hasta
reunirse con el hombre que había sido capaz de descubrirme a un Jesús de
Nazaret «nuevo», «humano», «inconmensurable» y «divino». Y unas silen-
ciosas y apacibles lágrimas corrieron por mis mejillas.
Aquel envoltorio contenía un apretado mazo de folios, manuscritos, co
n
una lacónica y única frase por encabezamiento:
«DIARIO DE … » (con el nombre del mayor).
Los picudos rasgos, en efecto, le de lataron. Aquélla era su letra. Y borra-
cho de alegría desvelé los restantes paquetes.